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August 7, 2017 | Author: Oscar Eduardo Ocampo Ortiz | Category: Edmund Husserl, Essence, Martin Heidegger, Philosophical Movements, Philosophical Theories
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Introducción a la fenomenología

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De Husserl a Derrida

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Bernhard Waldenfels

De Husserl a Derrida Introducción a la fenomenología

HÓPAIDÓS III

Barcelona ■ Buenos Aires • México

Título original: Einführung in die Phánomenologie Publicado en alemán por WÜhelm Fink Verlag, Munich Traducción de Wolfgang Wegscheider Revisión técnica de Joan-Caries Melich La traducción de esta obra se ha llevado a cabo con la ayuda de ÍNTER NATIONES, Bonn Cubierta de Mario Eskenazi

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Ia edición, 1997 Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de Ion ululares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta ubra por cualquier motado n procedimiento, comprendidos la reprografia y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

© 1992 by Wtlhelm Fink Verlag GmbH & Co. KG, Munich © de todas las ediciones en castellano, Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona y Editorial Paidós, SAICF, Defensa, 599 - Buenos Aires ISBN: 84-493-0347-8 Depósito legal: B-213-1997 Impreso en Novagrafik, S.L., Puigcerdá, 127 - 08019 Barcelona Impreso en España - Printed in Spain

SUMARIO

PRÓLOGO

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1. La idea de la fenomenología 1. Entre psicologismo y logicismo 2. Sentido, objeto y acto intencional 3. Retorno a las cosas mismas 4. Esencia y hechos

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2. Ontologías regionales 1, Los círculos de Gotinga y Munich 2, Max Scheler: esencias y valores 3, Román Ingarden: la ontología del mundo y de la obra de arte

25 25 27 32

3. Fenomenología de la conciencia trascendental 1. Reducción eidética y trascendental 2. Capas, fases, horizontes de constitución de sentido 3. Corporeidad, intersubjetividad y temporalidad . . . .

35 35 37 37

4. El 1. 2. 3.

41 42 43 45

mundo de la vida y la historia La crisis de la humanidad europea Funciones del mundo de la vida El sentido en la historia

5. Evolución y reconstrucción de la fenomenología (Ale­ mania, Bélgica, Holanda) 1. La fenomenología de Friburgo y su término 2. Nuevos comienzos en Bélgica y Holanda 3. Resurgimiento de la fenomenología en el área germá­ nica

49 49 52 53

8

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6. El camino de Martin Heidegger a través de la fenomenología 1. Orientación hacia la fenomenología y abandono de la fenomenología de la conciencia 2. La fenomenología hermenéutica del Dasein 3. Sobre la cosa del pensar

57 58 59 62

7. La fenomenología de la existencia corpórea (Francia) 1. Gestación y particularidad de la fenomenología existencial 2. Jean-Paul Sartre: la Nada creativa 3. Maurice Merleau-Ponty: el anclaje corpóreo en el mundo 4. Emmanuel Levinas: en el rostro del O t r o 5. Paúl Ricoeur: la ambigüedad del sentido 6. Tendencias más recientes

63

69 74 78 81

8. La fenomenología como nueva ciencia de la vida (Italia) 1. Antonio Banfi: la apertura de la razón 2. Enzo Paci: campo de referencia del presente vivo

85 85 86

63 66

9. La fenomenología en el contexto de lenguaje y sociedad (Países anglosajones) 1. Umbrales de recepción de análisis lingüístico en Gran Bretaña . . ; 2. La generación de fundadores en Estados Unidos . 3. Alfred Schütz: acto social y mundo social 4. A r o n Gurwitsch: m u n d o de la vida y campo de con­ ciencia 5. Investigaciones autóctonas

89 90 90

10. La fenomenología en los campos de la ciencia 1. Fenomenología y ciencia 2. La psicología 3. Psicopatología, psiquiatría y antropología médica 4. El psicoanálisis 5. Ciencias jurídicas y sociales 6. La pedagogía 7. Lógica, matemática y ciencias naturales 8. Ciencias del lenguaje 9. Estética, teoría literaria y del arte 10. Ciencia de la religión, filosofía de la religión y teología

97 97 98 102 108 111 115 117 120 121 128

89

92 93

SUMARIO

11. La fenomenología en el ámbito del marxismo 1. Alemania: la fenomenología de Friburgo y la Escuela de Frankfurt 2. Francia: fenomenología existencial y marxismo huma­ nista 3. Italia: la crisis de la ciencia y de la sociedad 4. Europa del Este y Centro-Este: la fenomenología como fuerza opuesta al marxismo real existente 12. La fenomenología frente a sus límites 1. El desafío del estructuralismo 2. Las desconstrucciones de Jacques Derrida y las lindes de la fenomenología BIBLIOGRAFÍA ÍNDICE DE NOMBRES

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135 136 137 140 141 145 145 147 151 185

PRÓLOGO

No cabe duda de que la fenomenología pertenece a las formas e intentos de pensamiento que han caracterizado este siglo que está a punto de terminar y que le ha acompañado desde sus principios. En 1900, Edmund Husserl, con sus Investigaciones lógicas* logró un obje­ tivo decisivo. Nació lo que posteriormente se bautizó con el nombre de «fenomenología» y que sorprendió a su fundador, como suele pa­ sar con toda «fundación primaria» {Urstiftung). Desde sus inicios que­ dó abierta la pregunta de cuál sería la finalidad última de esta fenome­ nología. Si hay algo que la mantiene viva hasta hoy, es seguramente el hecho de que no permite que sistemas, escuelas y disciplinas le arran­ quen el estímulo del cuestionamiento y de la investigación de objeti­ vos. Para su fundador siempre se trató de una «filosofía de trabajo» {Arbeitsphilosophié). Con ello dejó radicalmente de lado las querellas de cosmovisión y las fórmulas salvadoras del mundo del siglo xrx que solían presentarse arropadas de vestiduras científicas, o bien sin ellas, y que en algunos casos sólo hoy día están cediendo terreno, o que es­ tán teniendo un esporádico renacimiento bajo otra forma. En una lec­ ción magistral de 1925, Heidegger afirmaría: «La grandeza del descu­ brimiento de la fenomenología no se halla en los resultados fácticos, calculables y criticables.,., sino en el hecho de que representa el descu­ brimiento de la posibilidad de una investigación filosófica» (GA 20, 184). Y Merleau-Ponty lo corrobora al hablar en el prólogo a su Feno­ menología de la percepción de una manera, de un estilo que caracteriza la fenomenología como movimiento: en su seno hay ebullición, como sucede también en las obras de Balzac, de Proust, de Valéry o de Cézanne. No se presta a una lectura canónica. Más bien tiene razón RÍcoeur cuando observa: «La fenomenología consiste en buena parte en una historia de herejías husserlianas. La arquitectura que señala la obra * Logischen Untersachungen.

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del maestro ha contribuido a que no se diera una ortodoxia husserliana» (Ricoeur, 1986a, 156). Esto significa que el movimiento fenomenológico, al Igual que todo pensamiento vivo, no se puede representar como movimiento lineal. Ocurren radiaciones y ramificaciones, anti­ cipaciones y regresiones, variaciones que en parte se solapan y se cru­ zan, que en alguna ocasión viven de espaldas, y que no permiten que sean transformadas en estructura inmutable. La presente introducción quiere ofrecer una orientación general. No puede sustituir las históricas presentaciones globales de H. Spiegelberg (31982) y S. Zecchi (1978), ni el tratado acerca de la filosofía fenomenológica de E. Stróker y P. Janssen (1989); tampoco pretende reemplazar obras globales de orientación regional, como sería el caso de mi propio tratado acerca de la fenomenología en Francia (1983), y ni mucho menos puede sustituir la literatura especializada que trata de las figuras centrales de la fenomenología, y se dedica a áreas especí­ ficas, a la repercusión de la fenomenología sobre determinadas disci­ plinas científicas, o que se refiere a tradiciones nacional-culturales par­ ticulares en el ámbito fenomenológico. No obstante, debería conseguir el objetivo de transmitir una visión al mismo tiempo puntual y mati­ zada de la fenomenología, poniendo algunos acentos específicos y es­ timulando futuras investigaciones y descubrimientos. Por un lado, nuestra intención es la de transmitir una clara impre­ sión no sólo de la diversidad histórica sino también de la diversidad geográfico-cultural de una fenomenología que cada vez más ha venido adquiriendo el carácter de una comunidad filosófica ecuménica, con multiplicidad de centros de acción, a la que nuestra presentación indi­ vidual sólo puede corresponder parcialmente. Por otro lado, nos pare­ ce importante tomar suficientemente en consideración el intercambio entre la filosofía y las distintas disciplinas particulares. Aquí se mues­ tran posibilidades de fenomenologías regionales que sólo un apriorista riguroso puede descalificar como meras áreas de aplicación de una fenomenología filosófica pura. Descuidar esta interacción significaría estrechar artificialmente la visión, fenomenológica y reducir teóri­ camente la verdadera historia de la investigación fenomenológica. Final­ mente, debe hablarse de la controversia mantenida en puntos decisivos con otras líneas de pensamiento. Con ello nos referimos específicamen­ te a la disputa con el positivismo, con el marxismo occidental y orien­ tal, con la filosofía del lenguaje, así como con el estructuralismo fran­ cés y sus derivados. El que sean fluidas las fronteras hacia el existencialismo, hacia la hermenéutica y el desconstructivismo, es algo

PRÓLOGO

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que se da por supuesto. Todo nuestro esfuerzo ha estado orientado a descubrir el potencial de la fenomenología y, en su caso, aumentarlo. El acento está en el «objeto» de la fenomenología que todavía hoy en día puede ser fuente de impulsos, siempre que éstos no se sacrifiquen en aras de una mera sabiduría de textos y habilidad metodológica. Para la fenomenología sería burlarse de sí misma si acabara convirtiéndose en mero archivo y comentario sobre ella misma. La presentación del conjunto tiene la siguiente estructura. En pri­ mer término, damos la palabra sobre todo a Husserl, en las etapas prin­ cipales de su pensamiento (caps. 1, 3, 5), y la repercusión inmediata que tuvo en los primeros círculos de la fenomenología de Gotinga y de Munich (cap. 2). Se sigue la transformación de la fenomenología que tuvo su inicio en Friburgo y que a través de nuevos comienzos en Bélgica y los Países Bajos nos devuelve a Alemania (cap. 5), donde encuentra su punto culminante en la obra de Heidegger (cap. 6). Ya en los años treinta se multiplican las áreas y los centros de influencia fenomenológica, desde Francia, pasando por Italia, hasta llegar a los países anglosajones, desarrollando la fenomenología en cada caso for­ mas y contenidos específicos (caps. 7 a 9). Se sigue un paseo extenso por la investigación detallada e inspirada en la fenomenología dentro del ámbito de las distintas disciplinas, desde las ciencias humanas y sociales, pasando por las ciencias formales, naturales y lingüísticas, hasta llegar a los campos del arte y de la religión (cap. 10). Los dos capítulos finales tratan de la disputa de la fenomenología con el marxismo, área en la cual desempeñan un papel particular Europa oriental y Europa centroriental (cap. 11), así como la controversia mantenida con el estructuraíismo que en la obra de Derrida alcanza la zona fronteriza de una fenomenología marginal (cap. 12), No sólo ahí sino en amplias áreas de la fenomenología se perfila la posibilidad de que ésta haga referencia a sus propias fronteras, en vez de negarlas o saltarlas me­ diante un simple cambio de lugar. En aras de prevenir falsas expectativas, cabe mencionar finalmente aquello que en esta presentación compacta de la fenomenología hubo de ser excluido total o casi totalmente. El peso de la presentación se concentra en aquellos textos y protagonistas donde la fenomenología adquirió carácter propio significativo o donde se perfila un campo de investigación específico, tomándose en consideración casi siempre de manera sólo implícita el inmenso trabajo de investigación puntual en cuanto a autores como Husserl, Heidegger, Merleau-Ponty, o Schütz. Además, en autores como Heidegger, Sartre, Ricoeur, Derrida, o Paci

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se lleva a cabo una ponderación subjetiva. Su obra se considera en la medida en que, con más o menos razón, ésta pueda ser relacionada con la fenomenología. Áreas de acción difusas que no pueden ser rela­ cionadas ni con el tema central de la fenomenología ni con su contex­ to expreso, y donde constituye sólo un elemento entre otros, no se mencionan, a objeto de que el movimiento fenomenológico no se con­ vierta en avalancha incontenible. Algo parecido es válido en casos como Nicolai Hartmann, Helmut Plessner, o Hans-Georg Gadamer en los que la fenomenología desempeña claramente un papel, pero donde el peso de la filosofía se determina de otro modo. Q u e alguno de los lec­ tores encuentre lo que no ha estado buscando, y que otro esté buscan­ do lo que no encuentra; que al uno la fenomenología no le parezca lo suficientemente pura, y al otro no lo suficientemente diversificada —todo ello no lo podremos evitar del todo. Esperamos que las am­ plias notas y referencias bibliográficas compensen a algunos de nues­ tros lectores. Y, finalmente, unas palabras sobre el origen de esta publicación. Su contenido central se remonta a un extenso capítulo, «Fenomenolo­ gía», publicado en la Enciclopedia Italiana. Quisiera dar las gracias a los editores italianos, especialmente a D. Tullio Gregory, por su gene­ rosidad a la hora de permitirme que utilizara el texto elaborado con esa finalidad para la versión ampliada del libro publicado en alemán. Al oír hablar de «Enciclopedia», ¡que nadie se asuste! Los editores ita­ lianos dieron gran importancia a una presentación plástica en que se vieran claramente la génesis, las circunstancias y los obstáculos rela­ cionados con los pensamientos. Esto significa al mismo tiempo que tal presentación no es de origen aleatorio sino el resultado de determi­ nada posición, de determinada escritura. Quien se escandaliza con-ello, que ponga manos a la obra para seguir diversificando sus distintos as­ pectos. Desempeñando mi papel de espectador participante, he inten­ tado no sacrificar la pluralidad de las posibilidades en beneficio de op­ ciones propias. Pero negar éstas no solamente sería pedir demasiado sino sería también una recomendación inservible. Llevar una experien­ cia «a que se pronuncie acerca de su sentido inherente» sigue siendo una empresa paradójica, quiérase o no. Por la tan valiosa ayuda en la redacción del manuscrito quisiera dar las gracias a mis colaboradoras de Bochum, Iris Darmann y Antje Kapust; además, doy las gracias a la señora Annemarie Ernst por su dedicación a la hora de confeccionar el manuscrito. Munich, marzo de 1992

CAPÍTULO 1

LA IDEA DE LA FENOMENOLOGÍA

Sí se quiere hablar de una fase fundacional de la fenomenología, ésta coincide con los años de 1887 a 1901, cuando Edmund HusserI (1859-1939) enseñaba como Privatdozent en la ciudad de Halle. En lo que concierne a la denominación «fenomenología», no es atribuible, como es sabido, aí propio HusserI. Independientemente de su utiliza­ ción más antigua en la terminología filosófica que se remonta a Lam­ ben, Kant, Fichte, Hegel, Lotze, y E. von Hartmann, el término, tal como aparece en investigadores naturalistas como E. Mach, L. Boltzmann, o G. R. Kirchhoff, formaba parte del día a día científico cuando se trataba de oponer la descripción de los «fenómenos» a una explica­ ción teórica de los mismos (Spielberg, 1982, 6-19). Pero sólo en HusserI el término sube de categoría, pasando de una mera etapa del saber cien­ tífico, o de una variante metódica de la investigación científica, a la determinación central de una filosofía que se declara a sí misma como fenomenología, al principio todavía de manera poco decidida. En la introducción al volumen segundo de las Investigaciones lógicas, la «fe­ nomenología» aún se caracteriza mediante el modesto pero equívoco epíteto de «psicología descriptiva» lo cual queda posteriormente revi­ sado en la 2.a edición de 1913, o sea, a nivel de la posición de las Ideas /.*

1. Entre psicologismo y logicismo El punto de partida de la fenomenología se caracteriza por un cli­ ma fuertemente influido por el neokantismo. La filosofía, entonces, * Ideen I.

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se veía obligada a buscar su salvación en parte en un formalismo, en parte en una ciencia unificada, en parte apoyándose en otras ciencias. De este modo, no sólo perdió su autonomía sino también su impor­ tancia para la vida, una pérdida que a menudo fue compensada me­ diante «filosofías de cosmovisión». El mismo Husserl, que había ini­ ciado su carrera en el campo de la matemática, al intentar encontrar un fundamento para la matemática y la lógica, dio con la psicología que estaba tomando el relevo de la filosofía como ciencia fundamen­ tal. Su Filosofía de la aritmética? de 1881, todavía iba a remolque de aquello que Gottlieb Frege, en su recensión de esta obra primera, y el mismo Husserl en el volumen primero de las Investigaciones lógicas denunciarían como psicologismo, es decir, el intento de deducir a partir de sucesos y condiciones realpsíquícos {realpsyckische Vorgánge und Bedingungen) las leyes inherentes de la lógica, así como las demás esferas de validez de la ética, de la estética y la religión. Sin embargo, si el antipsicologismo no debería degenerar en un logicismo platónico que se contentase con la mera «validez» (Gelten) de valores, con «enuncia­ dos y verdades en sí» (Sátze und Wahrheiten an sich), o con «hechos fácticos» [bestehende Sacbverbalté), como por ejemplo en H. Lotze, B. Bolzano y A. Meinong, entonces se trataba de tender un puente entre las leyes ideales y la vivencia real. Una primera sugerencia en este sentido la hizo Franz Brentano (18384917) cuyas lecciones magistrales vicnesas fueron atendidas por Husserl (al igual que por Freud) y que a través de Cari Stumpf (1848-1936), profesor de filosofía de Husserl en Halle, ejercía una gran influencia sobre la psicología de su época. El objetivo de Brentano era una auténtica psicología desde el punto de vista empírico, La psi­ cología desde el punto de vista empírico** como reza el título de su obra fundamental publicada en 1874. Para ello es necesario que la psi­ cología disponga de un objeto cuyas determinaciones no provengan de otras disciplinas. Y para diferenciar entre fenómenos psíquicos y físicos, Brentano les atribuye una «relación en cuanto a un conteni­ do» (Beziehung aufeinen Inbalt), una «dirección hacia un objeto» {Richtung aufein Objekt) que caracteriza como «inexistencia... intencional de un objeto» (intentionale... Inexistenz eines Gegenstandes), remontán­ dose al lenguaje conceptual medieval (Psycbologie..., 1955, 124). No * Philosopbie der Añthmetik. ** Psychologie vom empinscken Standpunkt.

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obstante, una mera paralelización de fenómenos vivibles y realidad fí­ sica deja abiertas muchas cuestiones, entre ellas la cuestión de cómo y a partir de dónde se debe percibir y comprender la dualidad psíquicofísica, sin hacer ninguna concesión a las ciencias reales existentes, con la cual el nuevo enfoque quedaría nuevamente reducido a las aporías del psicologismo y físícismo. Como Heidegger lo formularía más tar­ de, el «modo de ser» (Seinsart) de la intencionalidad queda indetermi­ nado. Más radicales en su argumentación fueron los dos representan­ tes del positivismo, Richard Avenarius y Ernst Mach, intentando el uno la recuperación de un «concepto natural del mundo» (natürlichen Weltbegrifj) mientras que el otro se basaba en un entorno de sensacio­ nes psicofísicamente neutral donde el objeto y el yo se movían hacia la disolución del mundo y la autodísolucion —con las características de una mística profana que ha dejado sus vestigios en El hombre sin cualidades* de Robert Musil.1 Pero Husserl, que conocía bastante bien todos estos intentos (Lübbe, 1972, Sommer, 1985), utilizó los impul­ sos para buscar su propio camino. La afirmación posterior: «Noso­ tros somos los auténticos positivistas» (Hua, 111,46), es indicio de esas primeras vecindades.

2, Sentido, objeto y acto intencional Si la relación entre acto de vivencia y su objetivo último debe sig­ nificar más que una relación real entre conciencia y objeto, entonces lo vivido como tal ha de caracterizarse como «intención referida» (bezügliche Intention) (Hua, XIX/1, pág. 385), de modo que en el caso de acto y objeto el uno no puede darse sin el otro. Esto da origen a una problemática que más tarde se denominará «problemática de co­ rrelación». La adscripción de acto y objeto se orienta en puntos de vista insignificantes e hitos de palabras como «cómo» o «como» [Wie oder Ais) que se pueden considerar el ojo de la aguja de la fenomeno­ logía. De este modo, ya en su Investigación lógica V** (Hua, XLX/1, * Mann ohne Eigenschaften. ** V- Logiscbe Untenuchung. 1. En cuanto a ía relación mas profunda entre Husserl y Musil que de un modo decisivo va más allá de contactos históricos, véase H. Cellbrot, Die Bewcgung des Siniies {El movimiento del sentido). En cuanto a ia fenomenología de R. Musil referente a E. Husserl, Munich, 1988. Acerca de Schücz y Musil, véase ei conocido estudio de P. Berger (trad. al. en: Grathoff/Waldenfets, 1983, véase Bibliografía, C5 (5)).

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414), Husserl establece una diferencia entre «objeto intencionado» (Gegenstand, welcber intendiert ist) y «objeto tal como está intencionado» (Gegenstand, so wie er intendiert ist). El objeto no es sencillamente uno y el mismo; el objeto resulta ser él mismo en la alternancia de modos factuales y modos intencionales, en que es observado desde cerca o desde lejos, desde este ángulo o aquel otro, en que es percibido, recor­ dado, esperado o fantaseado, en que es juzgado, tratado o anhelado, en que es afirmado como real, como posible o en que es considerado dudoso o negado. Este enunciado de variaciones podría ser ampliado, también podría ser histórica y culturalmente concretado, y todo ello deja entrever mucho de aquello que iría a ocupar e inquietar la feno­ menología a lo largo de los años. La característica fundamental del «algo como algo» (etwas ais etwas) que se puede designar como «diferencia significativa» (Waldenfels, 1980, 86,129) nos remonta a la determinación aristotélica del «ente como ente» (des Seienden ais Seienden), pero también a la determina­ ción kantiana del conocimiento trascendental que se ocupa no de los objetos «sino de nuestro modo de conocerlos, tal como sea posible, a priori». Esta característica fundamental anticipa además Ser y tiempo* de Heidegger, donde en el párrafo 33 se distingue entre un «como hermenéutico» (hermeneutisches Ais), como el modo y la manera de cómo algo se interpreta y se comprende, y un «como apofántico», (apophantiscbes Ais) como el modo y la manera de cómo algo se relata y se dice. Husserl trata estos aspectos, en primer lugar, en la forma del sig­ nificado o del sentido mediante los cuales una expresión significante o una intención de significado indica el objeto en cuestión y eventualmente lo hace cognoscible como hecho real. Y, al revés, el acto inten­ cional —trátese de una percepción, de una decisión intencional, tráte­ se de amor y odio, alegría y tristeza— se determina como vivencia que de por sí, de cualquier modo, se refiere a algo. En su obra Ideas I, Hus­ serl denomina esta doble estructura, que es aplicable directa o indirec­ tamente a todas las vivencias de la conciencia, como dualidad de nóesis y nóema. A su vez, el nóema como tal debe entenderse en el sentido de una pura teoría del significado o de una doctrina de la verdad que va más alia —una diferenciación que en los tratados de Husserl fre­ cuentemente queda desdibujada (Bernet, en Ph.F. 8). Lo decisivo es que el «cómo» o «como» (Wie oder Ais), se trate de la delimitación * Sein und Zeit.

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en el espacio, del aspecto temporal, de la modalidad (real, posible, etc.), del carácter cognitivo («dóxíco») o práctico, no constituye ni una ca­ racterística objetiva, o sea, parte del «Que» intencionado, ni compo­ nente real de un acto o de una condición vividos. Con ello, la doctri­ na husserlíana de la intencionalidad socava el dualismo moderno de interior y exterior, del vivir inmanente y de la realidad trascendental. En la medida en que alguien vive o experimenta algo, se encuentra en sí mismo con otro {bei anderem), se halla fuera de sí mismo, se so­ brepasa a sí mismo. Los sucesores de Husserl han sacado de ahí consecuencias mucho más radicales. En Heidegger, que en sus Lecciones sobre la historia del concepto de tiempo* destaca el carácter innovador de la doctrina hus­ serlíana de la intencionalidad, ésta se convierte en extática de la exis­ tencia. De modo parecido, en un ensayo primero, Sartre saluda la in­ tencionalidad como aquello que hace que nuestra conciencia se fragmente al enfrentarse al mundo. Merleau-Ponty descubre debajo del umbral de la «intencionalidad del acto» una «intencionalidad operan­ te» {intentionalité operante) no dominada por la conciencia. Finalmente, Levinas ve en la intencionalidad la «derrota de la imaginación» que lleva a que el pensamiento como tal se descontrole. Pero, a partir de la teoría hussleriana del significado se abre tam­ bién un camino hacia la filosofía analítica. Con la ampliación de la relación dual entre ano y objeto mediante la introducción por Hus­ serl de un elemento intermedio, el llamado nóema, resultan relacio­ nes en cuanto a la diferenciación hecha por Frege entre «imaginación», «sentido» y «significación» (Vorstellung, Sinn und Bedeutung) tal como han señalado D. Follesdal y J. N . Mohanty, e igualmente en cuanto a teorías del comportamiento sujeto a reglas, como han venido desa­ rrollándose en el entorno de Wittgenstein o en Searle (véase cap. 9.5). Entre los fenomenólogos y los analíticos puede entonces plantearse la cuestión de hasta qué punto y en qué medida el significado de ex­ presiones, enunciados y acciones debe atribuirse a intenciones subje­ tivas o a normas públicas, siempre y cuando los unos renuncien a re­ ducir el sentido a vivencias interiores, y los otros, a comportamientos exteriores.

* Vorlesungen zur Gescbkbte des Zeitbegriffs.

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3. Retorno a las cosas mismas Si la fenomenología encontró su propia consigna, entonces ésta con­ siste en la afirmación muchas veces citada «¡Volvamos a las cosas mis­ mas!» (Zurück zu den Sachen selbstí). Es fácil trivializar esta consigna y hasta burlarse de ella. El conde Leinsdorf, secretario honorífico de la «Parallelaktion», que en la Kakania de Musil debe remediar los dé­ ficits de sentido que van surgiendo, posee carpetas llenas de diversas fórmulas de regreso: «Si prescindo del natural deseo de volver a la creen­ cia, uno puede defender todavía un regreso al barroco, al gótico, al estado natural primario, a Goethe, al derecho alemán, a la pureza de las buenas costumbres, y a unas cuantas cosas más». Mientras tanto, este listado podría ampliarse. ¿Cómo debemos, entonces, interpretar la llamada de Husserl? En primer término, la máxima exige una actuación que hace avan­ zar volviendo, o que da un «paso atrás», como podemos leer en Heidegger (GA 9, 343). El mismo Husserl habla varias veces de un movi­ miento en zigzag; no admite ninguna visión pura que se destaque de entre la marcha de las cosas, sino una visión que incluye también la re-visión y la pro-visión. Las cosas mismas de que aquí se trata no se presentan a nuestros ojos descubiertas, están ahí y no están ahí, conocidas y desconocidas al mismo tiempo. Visto negativamente, su descubrimiento significa el ejercicio de una epoché fenomenológica en sentido original (Hua, III, 40 y sig.), un trabajo de desmantelamiento que aún se puede observar en la destrucción de la metafísica llevada a cabo por Heidegger, y en la desconstrucción de textos clásicos realizada por Derrida. Este mo­ vimiento de desmontaje origina distintas líneas fronterizas donde la fenomenología tiene que comprobar su fuerza de renovación. La crítica se dirige, por un lado, contra el ya mencionado natura­ lismo que puede ser calificado como deformación filosófica de las cien­ cias naturales. Ahí las cosas mismas se ven reducidas a hechos elemen­ tales cuya cohesión asociativa y causal se hace de tal manera que pierden su relación con la vida y su sentido de la vivencia. De esta forma, el colorido de las cosas es sustituido por ondas eléctricas, imágenes reti­ culares y ecuaciones funcionales a las que posteriormente se les aña­ den vivencias cromáticas. Se plantean entonces cuestiones disparata­ das, tales como por qué la persona humana ve las cosas correctamente, a pesar de la proyección inversa de la imagen sobre la retina, como

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si la persona no fuera nada más que un fotógrafo cuya conciencia se ha convertido en cámara oscura. Un paso más, y en el entorno de J. St. Mili el mismo enunciado de contradicción se atribuye a mental states mutuamente excluyentes. Existe parentesco entre el naturalismo y cierto tecnicismo que convierte cualquier significado en «significa­ ción de juego» (Spielbedeutung) (Hua, XIX/1, 75) que ya sólo puede definirse sintácticamente en el ámbito de reglas lingüísticas científi­ cas. Las cosas mismas quedan reducidas a su manipulabilidad funcio­ nal. El rechazo se refiere igualmente a cierto historicismo que podría calificarse de deformación filosófica de las ciencias humanas. Las co­ sas mismas se convierten en personajes históricos; su pretensión de verdad queda vaciada o se va perdiendo en mera sabiduría académica. En este contexto, Husserl no se muestra indulgente ni con Dilthey por el cual siente el debido respeto en cuanto a sus logros hístóricohermenéuticos.2 Filosóficamente, la crítica de Husserl se dirige final­ mente contra un pensamiento sistemático, al estilo del neokantismo, con el que Husserl se encuentra sobre todo en la obra y en la persona de Paúl Natorp (Kern, 1964). A una construcción «desde arriba», él le opone una filosofía «desde abajo» donde las leyes de construcción pueden ser deducidas a partir de la descripción plástica de la cosa mis­ ma. En su ensayo programático La filosofía como ciencia estricta* pu­ blicado en 1910 en la revista Logos, toma el clásico criterio científico como punto de orientación, no para sacrificar la filosofía en aras de las ciencias sino para proteger éstas de sus propias arrogancias científi­ cas e intrusiones de cosmovisíón, y para colocarlas sobre una base só­ lida. La filosofía es la ciencia que se autointerroga, y en esta medida es más que una ciencia positiva. Completando una frase de Husserl, podemos decir: «El impulso de la investigación no debe venir» ni de las filosofías, ni tampoco de ciencias positivas o cosmovisiones lega­ das, sino «de las cosas y de los problemas mismos» (Hua, XXV, 61). Heidegger aplica esta máxima a la misma fenomenología cuando al principio de su lección magistral sobre Problemas fundamentales de la fenomenología** en 1927, estipula: «No queremos saber históricamente de qué se trata en el caso de la orientación filosófica moderna llamada

2. En cuanto a la relación entre Dilthey y la fenomenología, véase Pban. Forschungen (Investigaciones fen.) 16 (1984). * Philosophie ais strenge Wissenschafi. ** Grundprobleme der Phánomenologie.

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fenomenología. No tratamos de la fenomenología sino de lo que ésta tiene como objeto». Pero, ¿de qué trata entonces la fenomenología misma? ¿Qué signi­ fica el regreso a las cosas mismas cuando las vemos como positivas? Significa, sencillamente, que los puntos de vista según los cuales se ob­ servan y se tratan las cosas, han de ser desarrollados a partir de la vi­ sión de la cosa, y sobre ningún otro fundamento. La cognición no es otra cosa sino un movimiento que a partir de una distancia de con­ templación inicial (anjunglicher Anschauungsferne) lleva hasta la «pro­ ximidad absoluta» (absoluter Ndbe), y la verdad —tal como se la deter­ mina con precisión en Investigación lógica VI— significa que lo pensado se muestra tal cual como es pensado, y que es pensado tal cual como se muestra. Esta aproximación y este alejamiento de las cosas mismas no deben ser malentendidos en el sentido de una percatación inmediata, de una pura intuición; se trata más bien de un proceso en que están indisolublemente entrelazados el contenido objetivo y el modo de ac­ ceso a éste. «Percibir otra cosa es percibir al Otro», como dice tajante­ mente Levinas (1967, 146). La ya mencionada diferencia entre el Qué y el Cómo, que se vislumbra en la fórmula «algo como algo», da re­ sultados también en este caso. Así, en su famoso Principio de todos los principios* que formula en Ideas /(Hua, DI, 52), Husserl exige «que todo lo que se nos ofrece como primario en la "intuición" (es decir, en su realidad corpórea) sea aceptado sencillamente como tal, como lo que se nos ofrece, pero tan sólo dentro de los límites en que se nos ofrece» (la cursiva es de B. W.). Posteriormente, Heidegger se adheri­ ría a su manera a este planteamiento (véase cap. 6.2). El ser mismo de la cosa no es un ser como tal, sino un modo preferido de lo dado. La fenomenología en sentido filosófico de la palabra empieza sólo ahí donde no solamente se levanta el inventario de «fenómenos» objeti­ vos, sino donde la fenomenaüdad de los fenómenos y su logos mismo se convierten en asunto (Ricoeur, A l'école de la phénoménologk, 141).

4. Esencia y hechos La máxima de una nueva objetividad significó una liberación de la visión, vivamente saludada por muchos contemporáneos, de las ata* Prinzip aller

Prinzipien.

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duras de prejuicios, reservas tradicionales y limitaciones metodológi­ cas. «¡Ten el valor de servirte de tus propios sentidos!», así podríamos modificar la máxima kantiana. Esta liberación beneficia a muchos y desvela una multiplicidad de fenómenos. Construcciones numéricas, leyes lógicas, fórmulas físicas y disposiciones prácticas forman parte de ello, al igual que vasos, ciudades, cuadros, figuras de cuentos de ha­ das, escenas oníricas, fantasías demenciales, imaginaciones infantiles; y hasta partículas sintácticas como el «Y», así como combinaciones verbales sin sentido como un «O verde», con las cuales los surrealistas y los dadaístas desafían la realidad, no quedan excluidas de la refle­ xión. «Esto no quiere decir que Husserl hubiese exigido visión para toda cognición, todo lo contrario. No obstante, buscaba lo visual en toda cognición» (Stróker, en Stróker/janssen 1989, 38). Pero, ¿cómo impedir que el anticonformismo de la mirada se transforme en aleatoriedad y que de ahí surja algo de lo que Husserl y Scheler advertían expresamente: una «fenomenología de tebeos» (Bilderbuchphánomenologié). Una primera barrera contra un deshilvanado puro y simple (puré Zerfaserung) de los fenómenos la ofrecía la muy familiar distinción entre esencia y hecho. Lo que se quiere decir mediante una expresión verbal y lo que se ofrece a la contemplación gratificante, debe ser dis­ tinguido de aspectos casuales y fenómenos concomitantes accidenta­ les. En Investigación lógica II, Husserl liberó la «abstracción eidética» de sus elementos empíricos concomitantes, y en Ideas /habla expresa­ mente de una «visión de la esencia» {Wesenserscbauung) o «intuición de la esencia» (Wesensanschauung), que da lugar a un eidos, una esen­ cia. La neutralidad metódica que en un primer momento se contenta­ ba con dirigir la mirada a lo originalmente dado como tal, evitó que Husserl comprendiera el ser ideal de las esencias en el sentido de un realismo de ideas. Para él, las ideas son objetos en sentido metódico, es decir, algo acerca de lo cual algo se puede decir y afirmar, como si de objetos individuales se tratasee (Hua, XLX/1, 52; ILT, 15, 48). Cuan­ do se dice que las leyes lógicas tendrían validez independientemente de si de algún modo existen o no personas pensantes (Hua, XIX/1, 105), hay que leerlo como expresión hiperbólica de una legitimidad ideal propia cuyo ámbito se extiende a todos los mundos posibles, A pesar de ello, quedan abiertas cuestiones importantes, como por ejem­ plo las siguientes: ¿Cómo se puede diferenciar metódicamente la vi­ sión de la esencia de una simple intuición? ¿Será que la esencia consti-

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tuye un Qué puro, que ya no está subordinado a un Cómo limitado y variable? ¿Cómo se puede determinar el «ser ideal» de objetos co­ munes en un sentido más que puramente metódico? Buscando respues­ tas a estas preguntas hubo las primeras divergencias dentro del enton­ ces aún joven movimiento fenomenológico. La «fenomenología de la esencia» {Wesensphánomenologie} ¿abrió paso hacia una nueva ontología o fue simplemente una etapa en el camino hacia una nueva «feno­ menología de la conciencia» (Bewusstseinsphdnomenologié)}

CAPÍTULO 2

ONTOLOGÍAS REGIONALES

En los años de 1901 a 1916, cuando Husserl estaba viviendo en Gotinga, la fenomenología experimentó una primera fase de consoli­ dación. En 1913 se publicó el volumen I de las Ideas relativas a una fenomenología pura y unafilosofíafenomenológica? Este volumen cons­ tituyó al mismo tiempo una primera contribución al Anuario de filo­ sofía e investigación fenomenológica'^ editado por Husserl entre 1913 y 1930, conjuntamente con Moritz Geiger, Alexander Pfander, Adolf Reinach y Max Scheler, y donde se publicaron otros ensayos impor­ tantes, como el de Scheler, Formalismo en la ética?** y el de Heidegger, Ser y tiempo?'1'** Los nombres de los coeditores señalan al mas amplio círculo de Gotinga y a los fenomenólogos de Munich que, sin embargo, no van más allá de las Investigaciones lógicas de Husserl y se negaron a su nuevo cambio trascendental.

1. Los círculos de Gotinga y Munich Había muchos filósofos incipientes que tuvieron un primer con­ tacto con Husserl en Gotinga, para después seguir sus propios cami­ nos; éste fue el caso del filósofo de la religión Jean Hering (1890-1966), del historiador de las ciencias Alexander Koyré, nacido en Rusia (1892-1964), de Hans Lipps (1889-1941), del editor de una lógica her* Ideen zu einer reinen Phanomenologie und phánomenologischen Philosophie. ** Jahrbucb fur Philosophie und phanomenologtsche Forsckung. " * Formalismus in der Ethik. **** Sen und Zeit. 1! t

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menéutica de orientación lingüística Helmuth Plessner (18914985), que conjuntamente con Scheler fue fundador de una antropología fi­ losófica, de Wílhelm Schapp (1884-1965) jurista, que en los años cin­ cuenta publicó una filosofía de la historia concebida como narración, y finalmente el filósofo ruso Gustav Spet (18794940) que contribuyó a que Husserl fuera conocido en Rusia (véase cap. 11.4). No obstante, el núcleo del círculo de Gotinga (Spiegelberg 1982, 166 a 267) lo for­ maban algunos fenomenólogos más jóvenes que en buena parte se pa­ saron de Munich a Gotinga, como fue el caso de Johannes Daubert (1877-1947), de Moritz Geiger (18804937), de Adolf Reinach (18831917), de Hedwig Conrad-Martius (18884966), de Dietrich von Hildebrand (18894977), y en parte también de Max Scheler y, finalmen­ te, del polaco Román Ingarden, de los que posteriormente hablare­ mos con más detalle. El círculo de Munich, al que Eberhard Avé-Lallemant ha prestado su especial atención (Kuhn, Avé-Lallemant et al., 1975), encontró su caldo de cultivo en el círculo de trabajo formado alrededor de Theodor Lipps (18514914) que se dedicaba especialmente a una forma de la psicología descriptiva que incidía también en la estética. Sin embar­ go, a la filosofía de Lipps no se le ha ahorrado la acusación de psicologismo. Lo mismo se puede decir del término «empatia» (Einfühlung) utilizado por Husserl en su teoría de la intersubjetividad, pero trans­ formándolo trascendentalmente. Un discípulo de Lipps, Alexander Pfander (18704941), finalmente iba acercándose más a Husserl. Tra­ bajaba a nivel de una psicología fenomenológica, tratando de asuntos como motivación, sentimiento y carácter, vinculándolos a una Feno­ menología de la voluntad* (1900) que en la obra de Ricoeur, Philosophie de la volonté, encontró un eco tardío. En conjunto, Pfander repre­ sentó una variante realista de la fenomenología a la que, sin embargo, difícilmente se le puede atribuir el nivel de problemática del «idealis­ mo» husserliano. En esta orientación realista, los más jóvenes fenomenólogos de Go­ tinga y de Munich hallaban algún amparo; no obstante, su portavoz lo encontraron en Adolf Reínach que en su ponencia de 1914, «¿Qué es la fenomenología?» («Was ist Phanomenologie?») llevó a unos extre­ mos desconocidos la variante de una «fenomenología de la esencia» (Wesensphdnomenologié) es decir, la comprensión de esencias, su in* Phanomenologie des Wollens.

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terrelacion y las leyes que las rigen (Wesenheiten, Wesenszusammenhange und Wesensgesetze), convirtiendo la eidética —de modo distinto de Husserl o de Merleau-Ponty— en u n objetivo final a ser librado de condi­ ciones naturales, históricas y lingüísticas. El «regreso a las cosas mis­ mas» se convierte en «pura, no encubierta intuición de las esencias» (reine, unverdeckte Intuition der Wesenheiten) (SW 1, 550). Esta «feno­ menología de objetos» que se unía a una «fenomenología de actos», esta «fenomenología ontológica» que se presentó lado a lado con una «fenomenología trascendental» (Conrad-Martius, Schr. z. Pbilosopbie III, 393 y sigs.), podía conducir más o menos a vías platónicas o aris­ totélicas —pero no alcanzó ni el radicalismo de una experiencia abier­ ta cuyo orden está en juego en la experiencia misma, ni tampoco la perspectiva de un mundo que deja atrás el antagonismo entre esencia y hecho. En cualquier caso, fue fértil esa primera forma de la fenomenolo­ gía en cuanto a la conformación más objetiva de ontologías regiona­ les, menos afectada por cuestiones de metodología. Cabe mencionar los estudios estéticos de Moritz Geiger, donde por primera vez se apro­ vecha la orientación hacia objetos de las Investigaciones lógicas para el análisis de fenómenos estéticos; la ontoíogía natural de Hedwig Conrad-Martius que se ocupaba de cuestiones de espacio y de tiempo, incorporando investigaciones de la física y la biología en el orden es­ calonado de la naturaleza; además, u n estudio del mismo Adolf Reinach que aún vale la pena leerlo: Die aprioristiscben Grundlagen des bürgerlichen Rechts (Los fundamentos apriorísticos del Derecho Civil), de 1913, donde el jurista desarrolla una teoría de los actos sociales y anticipa aspectos importantes de la posterior teoría de los actos del habla (Sprechakttbeorie). Quedan finalmente otros dos autores que, aun­ que influidos decisivamente por el entorno fenomenologico de Gotlnga y de Munich, lo dejan m u y atrás en cuanto a extensión y efecto: Max Scheler y Román Ingarden.

2. Max Scheler: esencias y valores Max Scheler (1874-1928) era el espíritu inquieto del incipiente mo­ vimiento fenomenologico. Le preocupaba menos la ejecución estricta de sus pensamientos que el descubrimiento y la transformación. Te­ nía, como escribiría Heidegger en su necrología, «un olfato excepcio-

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nal en cuanto a la aparición de cualesquiera nuevas posibilidades y fuer­ zas». Su obra era inacabada en el sentido elemental de la palabra, y de él se puede decir algo parecido que en el caso de Schelling: como éste era el Proteo del idealismo alemán, aquél era el Proteo de la feno­ menología alemana. También tuvo sus inicios en el ambiente neokantiano. Como Privatdozent en Jena se encontraba bajo la influencia del filósofo de la cultura Rudolf Eucken, inspirado por un nuevo idealis­ mo. Desde que en los albores del siglo xx entró en contacto con Husserl, era la visión, la visión de la esencia ampliada a cosmovisión, de donde saltaron las chispas que le indujeron a seguir sus perseverantes caminos. Entre 1906 y 1910 enseñó en Munich, de donde le expulsa­ ron finalmente los guardianes de la moral burguesa. En esa época, y también en años posteriores, era aún miembro activo del mencionado círculo de fenomenólogos, manteniendo también él distancia frente al nuevo planteamiento trascendental de Husserl. Los años previos y posteriores a la Primera Guerra Mundial abarcan la época en que se publicaron sus grandes obras sobre la ética y la filosofía de la religión: 1913/1916, El formalismo en la ética y la ética material de los valores;* igualmente en 1913, la primera versión de sus estudios sobre Esencia y formas de la simpatía*'1 y acerca de la Transmutación de los valores;*** en 1921 se publicó el tratado filosófico de la religión De lo eterno en el Hombre**** En aquellos años participaba en una especie de ver­ sión alemana de renouveau catbolique. También intervino en asuntos políticos, primero como alemán entusiasta de la guerra, después como socialista de tendencia cristiana y europea que dio al término sociopolítico de «solidaridad» un toque filosófico. Eran los años en que el impulso fenomenológico se mostraba con más fuerza. Scheler no sólo se remontó a los motivos de la ética del amor y de la enseñanza divina agustinianas, sino que echó igualmente mano de aquello de su época que le parecía importante: la transformación por Nietzsche de los va­ lores cristiano-burgueses, el llamamiento de Bergson al ímpetu vital, la historia de las cosmovisiones de Dilthey, formas pragmáticas del do­ minio del mundo, la teoría de Freud del inconsciente, y, posterior­ mente, también los análisis de Max Weber de la sociedad moderna.

* ** *** ****

Der Formalismos in der Ethik und die materiale Wertetkik. Wesen und Formen der Sympatbie. Umsturz der Werte. Yom Ewigen itn Menschen.

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De cara a tal plenitud de ideas, la fenomenología servía de lugar de orientación y de clarificación. En esta fenomenología se trata nuevamente de una «fenomenolo­ gía de las esencias» en el sentido estricto y exclusivo de esta palabra; se ocupa de «esencias de objetos», «esencias de actos» y de las corres­ pondientes correlaciones de esencias (GW 2, 90). La «experiencia fe­ nomenología» que está relacionada con «hechos fenómeno lógicos», es decir, «hechos puros y absolutos», está cerrada en sí misma hacia dentro y hacia fuera. Aquello que se puede observar en su contenido de Que, está dado sin restricciones, sin refracción óptica y sin inter­ mediación simbólica, y no puede ser cuestionado por ninguna expe­ riencia extra-fenomenológica, sea ésta natural o científica (idem, 67 a 72). En el sentido de este «todo o nada» (Alies oder Nichts) la feno­ menología se considera autarca. Scheler aplica el método fenomenológico oponiendo una ética de valores a la ética tradicional de bienes que parte de un anhelar y de­ sear, así como a la ética del deber kantiana que se basa en imperativos. Esta ética en la que se han incorporado tanto motivos de la logique du coeur de Pascal como la idea augustiana de un ordo amoris, sigue a Bretano y al primer Husserl, ampliando sistemáticamente la inten­ cionalidad hacia un «sentir intencional». Éste no nos aporta conoci­ mientos pero es susceptible en cuanto a las «cualidades y esencias del valor» que se subdividen según valores de objetos y valores de perso­ nas, y que a través de actos de preferencia nos revelan una jerarquía que va ascendiendo desde valores sensuales y vitales hasta llegar a va­ lores espirituales y finalmente valores religiosos. Esta ética de valores está anclada en un personalismo ético; la per­ sona individual, como agente del acto y centro del mismo, representa para Scheler el valor supremo. Muchos estudios individuales que tra­ tan de fenómenos como el pudor, la humildad, el respeto, del resenti­ miento en la moral, de ídolos de la autocognición, de relaciones inter­ personales como el amor, el odio, la simpatía y la antipatía, y que tratan de las distintas formas de la comunidad, ofrecen pruebas concretas en cuanto a la materialidad de esta ética. Siguiendo a Rudolf Otto, el va­ lor de lo sagrado se convierte en el núcleo de una «fenomenología de la esencia de la religión» que se ocupa de lo divino, de formas de la revelación y de actos religiosos. La de-subjetivización de los sentimien­ tos lleva a que la experiencia ética y la experiencia ajena se liberen de barreras racionalistas y empíricas, y que también la cognición y el que-

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rer vuelvan a ser integrados en las correspondientes actitudes frente a la vida. Ahí y en muchos otros lugares, Scheler ha actuado como pionero. No obstante, la despreocupación de su perspectiva fenomenológica se ha obtenido al precio de considerables problemas. A las esencias y los valores que reposan como puros en sí mismos y cuya comprensión se atribuye a una genuina comprensión de esencias, les faltan paráme­ tros vinculantes, les falta fuerza integradora y peso ontológico. En lo concerniente a la teoría del valor, se puede criticar que los valores que­ dan desprendidos de su suelo natural e histórico que los nutre, o se puede objetar con Heidegger que los valores de por sí sólo sirven de Kompensat frente a la banaÜ2ación del ser que queda convertido en mera existencia. Más tarde, Scheler intentaría subsanar estos defectos, colocando en el centro de atención la posición de la persona humana en la sociedad y la naturaleza; con ello, no sólo se desvinculó de sus convicciones teísticas, también se vieron debilitados los impulsos fenomenológicos. Entre 1919 y 1928 enseñó filosofía y sociología en Colonia, y en 1928, poco antes de su muerte, aún le llamaron para enseñar en Frankfurt. En esa época, se publicó en 1925 su sociología del conocimiento, con el título de Las formas del conocimiento y la sociedad;* y en 1928, su antropología, con el título de El puesto del Hombre en el cosmos** En el ámbito de su teoría de las formas del conocimiento, el «conocimiento de rendimiento y de dominio» (Leistungs- und Herrscbafiswissen) de las ciencias positivas, y el «conocimien­ to del saber y de la formación» (Wissens- und Bildungswissen) de una filosofía primaria que es aproximadamente idéntica con la fenomeno­ logía eidética de Husserl, quedan superados por el «conocimiento de redención y salvación» (Erlósungs- und Heilswissen) de una metafísica cuyo trampolín lo constituye la antropología filosófica. La reducción fenomenológica se ajusta al marco antropológico; sirve para eliminar el comportamiento práctico instintivo, y posteriormente se bifurca en una vía apolínea donde nos elevamos del Dasein a un puro ser qué del mundo (vom Dasein zum reinen Wassein), y una vía dionisiaca don­ de quedamos inmersos en una «vida pre-real» (GW 5, 69; 9, 83). Al final, la fenomenología de la esencia encaja en una metafísica de tinte nietzscheano que intenta reconciliar la espiritualidad apolínea con el * Die Wissensforrnen und die Geselkchaft. ** Die Stellung des Menscben im Kosmos.

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impulso vital dionísíaco; ya no se puede hablar de una fenomenología que es filosofía. Helmuth Plessner, que en la misma época presentó su introduc­ ción a una antropología fenomenológica, bajo el título de Los estados de lo orgánico y el Hombre* (1928), no se dejó impresionar por las nue­ vas ambiciones de totalidad y los nuevos anhelos de búsqueda del sen­ tido. Su antropología que en sus contenidos objetivos se orienta aún más fuertemente en Kant y Dilthey, y que queda vinculada a la feno­ menología principalmente por su estilo descriptivo, culmina en la su­ posición desencantadora de una «posicionalidad excéntrica» del ser hu­ mano que sólo admite algo como una inmediatez mediatada, una artifícialidad natural y una posición utópica que no puede ser supera­ da por ninguna especulación cosmológica o histórica. Los impulsos generados por la obra de Scheler son tan variados y contradictorios como la obra misma (Good, 1975). Por un lado, la éti­ ca encontró su continuidad en la ética secularizada de Nicolai Hartmann que, sin embargo, en opinión de Scheler adolecía de una cierta desespiritualización y ontologización (GW 2, 21); por otro lado, tuvo su continuidad en la ética de orientación religiosa de Díetrich von Hildebrand, así como en la conformación sistemática de una ética feno­ menológica que podemos ver en Hans Reiner. La Sociología del cono­ cimiento fue seguida por Karl Mannheim y ha dejado vestigios aún en Jürgen Habermas, en la tripartición de cognición e intereses. La antropología de Scheler tuvo continuidad en Arnold Gehlen aunque bajo una forma liberada de las condiciones metafísicas previas que otor­ ga a la cultura humana un trazo fuertemente compensatorio. Paúl Ludwig Landsberg (1901-1944) dio a conocer en Francia las ideas de Sche­ ler, sobre todo en el entorno de la revista Esprit; en una situación de persecución política sufrida por él, escribió ensayos sobre La experiencia de la muerte11"1 y El problema moral del suicidio?'1'* Para el filósofo y escritor español Ortega y Gasset, que como algunos otros saludó la fenomenología como liberación del pensamiento sistemático neokantiano, oponiendo al mismo tiempo a la filosofía de la conciencia hus-

* Die Stufen des Qrganischen und der Mensch. '* Die Erfahrung des Todes. '* Das moralische ProMem des Selbstmordes.

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serlíana una razón vital y, con cierta proximidad a Heidegger, una «coe­ xistencia con las cosas», Scheler era el «Adán del nuevo paraíso».3

3. Román Ingarden: la ontalogía del mundo y de la obra de arte Cuando empezó a formar parte del círculo de seguidores de Gotinga, el filósofo polaco Román Ingarden (1893-1970) ya estaba prepa­ rado para la fenomenología, gracias al discípulo del Brentano de Lemberg, Kasimir Twardowskí (1866-1938). El contacto amistoso con Husserl, que duraría toda una vida, no excluyó de ninguna manera la disputa académica de la que son testimonio las cartas de Husserl dirigidas a Ingarden (1968), así como numerosas observaciones de éste, como por ejemplo las consideraciones críticas en el apéndice a las Cartesianiscbe Meditationen. En esa disputa que se centraba en el idealis­ mo y el realismo, se trató de la cuestión de si a la constitución del sentido le correspondía o no una «autonomía del ser» de objetos rea­ les o ideales. El concepto de constitución de Husserl, nunca totalmente aclarado, alimentaba continuamente esta controversia. Mientras Hus­ serl intentaba zanjar la disputa mediante el cambio de algunas posi­ ciones, Ingarden insistía en la autonomía fundamental de las cosas que perseguía hasta en el material mismo del sentido; como consecuencia, se produjo una separación estricta entre ontología y teoría del conoci­ miento. Ingarden resultó siendo el representante más agudo de una fenomenología «ontológíca» o «realista» que encontraría su expresión sistemática en la gran obra Der Streit um die Existenz der Welt (prime­ ra versión polaca 1947/1948; versión alemana 1964/1965). Más eficaces que esta disputa ontológico-geneológica que tenía bas­ tantes características de una escaramuza de retaguardia, resultaron los esfuerzos concretos de Ingarden en cuanto a la rehabilitación ontoló­ gíca de la obra de arte. Los análisis minuciosos que tienen su base en el tratado La obra de arte literaria* (1931), que se extienden a la músi3. Ortega, «Necrología a Scheler»: Obras completas IV, 150. En cuanto a la relación entre Ortega y la fenomenología, véase Spiegelberg 1982, 648 y sigs. y/o, más amplia­ mente, 21969, II, 611-620; además: N. Orringer, Ortega y Gasset y sus fuentes germáni­ cas, Madrid 1979. Para el lector alemán, quisiéramos hacer mención especial del «Pró­ logo para alemanes» (o.c. VIII, 9-58). En cuanto a la incidencia en el ámbito castellano hablante, véase Bibliografía, E2. * Das literarische Kunstwerk.

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ca, la pintura, la arquitectura y la forma en Investigaciones sobre la an­ tología del arte* que encuentran su correspondiente teoría del conoci­ miento en el escrito Del conocimiento de la obra de arte*11' (1968), res­ piran el paciente espíritu laborioso de las Investigaciones lógicas. A la obra de arte se le concede una existencia intencional no atribuible ni al mundo real de lo físico o psíquico ni a un mundo intemporal de las ideas. Las obras de arte nacen en un contexto temporal y constitu­ yen creaciones formadas por varias capas que debido a sus perspecti­ vas esquematizadas contienen zonas de indeterminación que deben ser rellenadas nuevamente medíante concreciones y actualizaciones. La lla­ mada estética de la recepción ha retomado este concepto colocando en el centro de la consideración el efecto mismo de la obra de arte (véase cap. 10.9). No se puede afirmar de ninguna manera que la fenomenología po­ laca tal como ha venido desarrollándose hasta el día de hoy, se haya mantenido fiel a la escuela ingardiana de Cracovia. Pero si ha encon­ trado su propio cariz bajo circunstancias políticas adversas, es debido en gran parte a los persistentes esfuerzos del pensamiento de Ingarden. En el escrito último Sobre la responsabilidad**'1' (1970), este pen­ samiento alcanza una solidez moral-política que nos recuerda al Husserl de su -última época, pero también la fuerza de resistencia del fenomenólogo de Praga, Jan Patocka.

* Untersuchungen zur Ontologie der Kunst. * Vom Erkennen des literarischen Kunstwerks. '* Über die Verantwortung.

CAPÍTULO 3

FENOMENOLOGÍA DE LA CONCIENCIA TRASCENDENTAL

Mientras que algunos de los primeros discípulos de Husserl lleva­ ban la autodonacíón de la cosa (Selbstgegebenheit der Sache) hasta una autonomía ontoíógica, Husserl insistió que cualquier existencia real o posible significa una «existencia para ...», o sea, para la conciencia como fuente originaría del sentido donde todo lo que es, se identifi­ ca como tal. El regreso a las cosas mismas significa por tanto eo ipso el regreso a una conciencia trascendental que —tal como indica el nom­ bre— genera toda «trascendencia» (Hua, I, 65); la «fenomenología de esencia» va integrándose en el marco de una «fenomenología de con­ ciencia». Ello constituye un programa que Husserl había presentado en Ideas I, en base al cual siguió trabajando febrilmente, después de que en 1916 se hubiera trasladado definitivamente a Friburgo. Pasa­ rían 15 años hasta que otra de sus grandes obras, Lógica formal y tras­ cendental? pudiese ser publicada. La elaboración de la fenomenología trascendental se realizó en gran medida en el círculo de los discípulos y colaboradores más estrechos.

1. Reducción eidética y trascendental Muchas veces se afirma que la fenomenología constituye un méto­ do. Tal afirmación sólo es correcta cuando por método se entiende una herramienta que no sea neutral, aplicable a cosas dadas, sino lite­ ralmente un camino que nos abre acceso a la cosa. La vinculación es­ trecha de contenido y modo de acceso al mismo da sus frutos, también * Formulen und transzendentalen Logik.

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en este caso. Lo que Husserl llama «reducción», significa reconducir aquello que se muestra a la forma (Gestalt) de cómo se muestra. No es suficiente ni la mirada inocente que queda prendida de contenidos de experiencia, ni tampoco es suficiente una abstención neutral de juicio que acepte la cosa misma, tal cual. El rechazo «antinatural» (Hua, XEX/1,14) de aquello que precisamente se muestra, sirve para una nue­ va aproximación a la cosa. En el prólogo de su Phenomenologie de la perception, Merleau-Ponty habla —apoyándose en Camus— de un «rapprendre a voire le monde». La fenomenología se convierte en escuela del ver. Reducción eidética significa en este contexto la reconducción de lo dado y de lo donable reales o ficticios a su eidos, su esencia, que como forma fundamental y estructura reguladora ya actúa en la experiencia misma, por ejemplo, cuando escuchamos una C alta, cuando vemos una forma circular, o cuando reconocemos determinada clase de ár­ bol. La diferencia significativa del «algo como algo» no es «superada» en la diferencia eidética entre esencia y hecho, por un «que» a ser com­ prendido intuitivamente, más bien el «como algo» solamente se explicita. La esencia no es regalo de una intuición momentánea, sino aque­ llo que se impone como invariable en un proceso de variaciones imaginativas, es decir, cuando se ensayan distintas condiciones y dis­ tintos contextos de experiencia. Sólo hay identidad ahí donde actúan procesos de idealización, formalización y generalización. La reducción trascendental, llamada igualmente «reducción fenomenológica», avanza un paso más, no tematizando solamente el cómo algo se presenta, sino cuestionando a su vez la aparición del «algo co­ mo algo». Una vez más la diferencia significativa no se ve superada por una esfera interior de la conciencia a ser percibida de manera in­ trospectiva donde toda presencia fuese una presencia inmediata; más bien se la explícita en la diferencia trascendental, como la diferencia entre la relación con las cosas y el mundo realizada directamente y tematizada indirectamente. En la transición del enfoque natural al tras­ cendental, no se muestra ningún otro mundo pero el mundo se mues­ tra de otra forma, incompleto, haciéndose, accesible e inaccesible al mismo tiempo, con su sentido in statu nascendi, como lo formula rei­ teradamente Merleau-Ponty. Aquí la fenomenología se encuentra con los novelistas modernos, como Proust, Joyce, Kafka que renuncian al saber-lo-todo ficticio de un «observador comprensivo del mundo» (Überschauer der Welí) (Hua, VI, 331) y que comprenden las parciali-

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dades, incongruencias, estrañezas e indeterminaciones de la experien­ cia como formando parte de precisamente ésta, y no como una qui­ mera de la experiencia.

2. Capas, fases, horizontes de constitución de sentido La reducción eidética y trascendental constituye la obertura de aná­ lisis ricamente instrumentados donde se reconstruye la desde siempre acontecida constitución del mundo de la experiencia. El punto de par­ tida lo constituye un análisis intencional que se inicia a partir del sen­ tido de lo dado. En ello se descubren, desde la perspectiva estática, dis­ tintos elementos y capas de sentido; desde una perspectiva genética, se descubren distintas fases de sentido, remontándonos la génesis acti­ va de actos generadores de sentido a la génesis pasiva de un sentido que está aconteciendo. Además, el análisis del sentido dado incluye un análisis de horizontes de sentido espaciales, temporales y temáticos. Aquello que se muestra, de muchas formas señala más allá de sí mis­ mo; en cada caso hay más que lo meramente dado. En términos de Joyce, el Aquí y el Ahora contienen el mundo en una cascara de nuez, pero en forma de una «indeterminación positiva» (Hua, XIX/1, 410): el subsiguiente paso de experiencia está siempre «preseñalizado» (Hua, I, párrafo 19), ni más ni menos.

3. Corporeidad, intersubjetividad y temporalidad En una labor minuciosa e incansable, Husserl investigó las distin­ tas dimensiones de sentido de la conciencia: en los análisis de la con­ ciencia del tiempo, editados por Heidegger; en los análisis constituti­ vos de la naturaleza y del espíritu que hoy en día son palpables en el segundo volumen de las Ideas; en las reflexiones acerca de cosa y espacio, acerca de la intersubjetividad o acerca de la síntesis de la expe­ riencia. El alcance de esta labor de investigación lo conocemos sólo desde que tenemos acceso al legado de Husserl. No obstante, Husserl no se limita a anclar las ontologías regionales ya mencionadas en una «región primaria» (Hua, III, 174) de la conciencia pura. La dinámica de una filosofía fenomenológíca apunta más allá. La conciencia resul­ ta no ser un puerto de anclaje tranquilo sino un foco de inquietudes

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que arrastra cualquier enunciado de sentido a una vorágine del senti­ do. No es pura una conciencia que nace a partir de la experiencia vivi­ da con las cosas, con los otros y consigo misma, sólo se purifica en un proceso de concíentización (Bewusstwerdung), una forma moder­ na de catarsis. La conciencia está de muchas maneras entrelazada con aquello que en ella se constituye. Ello puede verse claramente cuando observamos las tres dimensiones decisivas del sentido: la experiencia a través de las cosas, la experiencia ajena y la autoexperiencia. Los lu­ gares de descubrimientos fértiles son al mismo tiempo lugares de aporías y paradojas sensibles. La relación en cuanto a las cosas es impensable sin una corporeidad (Leiblicbkeit) constitutiva. La perspectiva, la movilidad y la afección de las cosas apuntan al cuerpo (Leib) cuyo Aquí (Hier) forma el «pun­ to cero» a partir del cual todo se orienta espacialmente, que mueve lo otro moviéndose él mismo, que percibe estímulos ajenos sintiéndo­ se a sí mismo. A este papel de intermediario que le convierte en «lu­ gar de intercambio» (Umschlagstelle) entre naturaleza y espíritu (Hua, IV, 286), el cuerpo sólo puede corresponder en la medida en que ad­ quiera características de un cuerpo que se ve mezclado con las cosas que él mismo co-constituye (mitkonstituiert). La reducción de la cor­ poreidad a una mera conciencia de cuerpo choca con el hecho de que el propio cuerpo resulta ser una «cosa de constitución extrañamente incompleta» (merkwürdig unvollkommen konstituiertes Ding) (Hua, IV, 159). La corporeidad tiene que ver con la relación en cuanto a los otros sin cuya aportación co-constituyente no habría mundo objetivo. En la medida en que Husserl no da simplemente por supuesto la existen­ cia de los otros sino que muestra cómo se presentan en la experiencia ajena, descubre una extrañeza {Fremdheit) que como «accesibilidad de lo originalmente inaccesible» {Zuganglichkeit des original Unzugdnglicben) (Hua, I, 144) pone en su sitio todas las demandas propias del Yo. La subjetividad pasa a la esfera intermedia de la ¿ratersubjetividad, un «Entre» (Zwischen) como lo llama Martin Buber, un «mundo in­ termedio» {intermonde), como lo llama Merleau-Ponty, un «reino inter­ medio» (Zwischenreich) como yo lo he llamado, que pertenece a todos y a ninguno en particular. Aún así, Husserl defiende el que la «apresencia» (Apprásenz) del otro apunta a una «presencia primaria» (Urprdsenz) de mí mismo; la constitución del otro resulta de este modo ser «en-ajenación» {Ent-Fremdung) de un «yo primario» {Ur-Icb) (Hua,

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VI, 189) cuya especificidad no ha sido contaminada por ningún ele­ mento ajeno. Las cosas que no se tienen presentes a sí mismas, y los Otros que en su autoconciencia sólo están co-presentes, apuntan finalmente a una esfera de autopresencia (Selbstgegenwart), de una autoaparición (Selbsterscheinen) que no se puede volver a considerar relativa y que, en tal sentido, resulta absoluta. Expresándolo en términos tradicionales, la conciencia de cosas y la conciencia corpórea así como la conciencia de lo ajeno encuentran su último apoyo en una autoconciencia, como lugar donde tiene sus raíces el «mismo» de cualquier existencia mis­ ma. Pero Husserl no hubiera sido el investigador obsesionado por un afán de objetividad si hubiese simplemente postulado un apoyo tal como dado, sin más ni menos. También este último punto de apoyo tiene que comprobarse como tal. De este modo, se inicia nuevamente un movimiento contrario. La reflexión, como camino comprobado para un retorno del espíritu o del sujeto a sí mismo, siempre ha veni­ do demasiado tarde, como re-flexión (Re-flexion), como «darse cuenta posteriormente» (Nachgewahren), en palabras de Husserl (Hua, VIII, 89). Hasta el mismo Yo trascendental conserva una parcela insupera­ ble de anonimidad (Hua, VI, 111). El intersticio de la temporalidad amenaza con fraccionar al ser-uno-mismo del Yo. Husserl se enfrenta a estas tendencias fraccionarias, que más tarde se volverían virulentas en Lacan, insistiendo, en general, que la percepción como apercep­ ción (Gegenwartigung) constituye el «modo primario» (Urmodus) de la experiencia frente a todas las formas de recuerdo, sea como memo­ ria, como expectativa o como imaginación visual o simbólica. No obs­ tante, los análisis de la temporalidad nos enseñan que todo lo que apa­ rece ahora (jetzt), que acaba de (soeben) aparecer y promete ser aún ahora mismo (sogleich). Las «retenciones» y las «protenciones» forman parte de la percepción misma, y no constituyen ninguna modifica­ ción posterior de una presencia pura. El «ahora» puro constituye sólo un valor limes ideal, como tal es pensable, pero no experimentable. De este modo, la otredad y la extrañeza (Andersheit und Fremdheit) penetran en el arcano de la conciencia pura y de la autoconciencia. Autoconstitución como constitución del ser-sí-mismo (Selbst) en el do­ ble sentido del genitivus objectivus y subjectivus se enreda en sus pro­ pias condiciones previas. La «presencia pura» (reine Gegenwart) siem­ pre es ya de por sí no-presencia (ent-gegenwdrtigt), presencia en-ajenada (ent-fremdet), contaminada; la «presencia viva» (lebendige Gegenwart)

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siempre es ya de por sí presencia vivida; no es nunca vida pura (reines Leben), puro ser-en-sí-mismo (reines Bei-sich-sein), pura autopresencía (reine Selbstgegenwart). Los sucesores de Husserl han sacado distintas consecuencias de las aportas de la fenomenología de la conciencia, concretando la conciencia trascendental en existencia corpórea, o incorporando el sentido subje­ tivo en reglamentaciones estructurales, o también dejando libre curso a la alternancia de presencia y ausencia, identidad y otredad (Selbstheit una Andersheit), idiosincracia y extrañeza (Eigenheit una Fremdbeit).

CAPÍTULO 4

EL MUNDO DE LA VIDA Y LA HISTORIA

Pero concentrémonos primero en la obra última del propio Hus­ serl que sólo después de su muerte alcanzaría la influencia e impor­ tancia que tiene todavía hoy día. Si hablamos aquí de la obra última, ello no significa que Husserl hubiese renunciado a sus ideas iniciales durante los últimos años de su vida —todo lo contrario: dando res­ puesta a nuevos desafíos, se empeña más y sube el tono de su voz que deja oír un «heroísmo de la razón» no quebrantado (Hua, VI, 348). Lo que se hace oír bajo los nuevos términos de «mundo de la vida» (Lebenswelt) e «historia» (Geschichté) se anuncia en distintas partes; por ejemplo, en la disputa mantenida con Heidegger hacia finales de los años veinte que básicamente tiene que ver con la versión definitiva del artículo para la Encyclopaedia Britannica (Hua, LX, 600 y sigs.; tam­ bién Biemel en Naumann, 1973); igualmente, en las ponencias de Pa­ rís de 1929, o en una carta conservada en el Husserl-Archiv, dirigida a L. Lévy-Bruhl que data del año 1935, en que Husserl esgrime «con­ tra el misticismo y el irracionalismo enclenques», una especie de «suprarracionaÜsmo que supere al viejo racionalismo como insuficiente, justificando al mismo tiempo sus intenciones más profundas». Sin em­ bargo, su más fuerte expresión la encontró la nueva polémica en la gran obra La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascen­ dental* en síntesis llamada Crisis, en la cual Husserl trabajaría hasta el final de sus días.

* Die Krisis der europáischen Wissenschaften und die transcendental Pbanomenologie (Krisis).

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1. La crisis de la humanidad europea Husserl no era ni mucho menos el único que en su época hablaba de «crisis»; no obstante, lo hacía a su manera. Lejos de cualquier tipo de enmascaramiento, pero igualmente lejos de cualquier tipo de fatalis­ mo, apostó por las fuerzas de una razón renovada y ampliada. El pun­ to de partida de su crítica lo constituye una crisis de las ciencias euro­ peas, diagnosticada por él, que no concierne sus descubrimientos e inventos como resultados de sus métodos, ni tampoco se limita a la simple mala comprensión de los fenómenos, sino que se apodera de la vida en su totalidad, contribuyendo de este modo a una crisis vital. La reducción positivista de todo aquello que es, a hechos naturales e históricos y a fórmulas matemáticas, así como la mala comprensión objetivista de los propios logros metódicos que consiste en «tomar por auténtico Ser aquello que es método» (Hua, VI, 52), tiene como con­ secuencia que las ciencias no sólo pierdan cualquier significado para la vida —como constata también Wktgenstein en su Tractatus—, sino que degeneren en una tiranía del logos científico, sofocando el mismo germen de cuestiones de razón más generales. Como se ha dicho taxa­ tivamente, «las meras ciencias empíricas generan meros hombres em­ píricos» (Blosse Tatsachetvwissenschaften machen blosse Tatsachenmenschen) (Hua, VI, 4). Husserl le reprocha a la filosofía el que en parte esquive la crisis, banalizándose a sí misma como simple «filosofía de literatos», o encerrándose en posiciones tradicionales que en parte in­ cluso refuerza, adaptándose al nuevo positivismo pragmático de las ciencias o luchando contra éste mediante nuevos sustitutos irraciona­ listas donde tienen la última palabra la vida, la Historia, el Pueblo u otras instancias no comprobadas. Sin embargo, para hacer semejante diagnóstico o, más aún, para de­ sarrollar una terapia, no es suficiente dirigir la mirada a esencias inva­ riables o a la génesis necesaria del sentido. Tampoco resulta suficiente una comprensión fundamental de una conciencia del tiempo o de una ontología regional del mundo histórico; se trata más bien de conside­ rar la posibilidad de que una especie de historicidad trascendental pe­ netre en la esfera pura del sentido. Sólo si la misma razón queda ex­ puesta a la contingencia de la Historia, en todas sus formas de expresión cotidiana, técnico-científicas y filosóficas, la humanidad europea, tal como ha venido desarrollándose y extendiéndose geográficamente, al­ canzará el rango de tema filosófico. Solamente así resulta pensable que

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«la voluntad de un sentido absoluto» encuentre expresión en la «euro­ peización de humanidades ajenas» (Hua, VI, 14), y que ésta no repre­ sente meramente una variante aleatoria de las posibilidades humanas.

2. Funciones del mundo de la vida Lo que Husserl denomina mundo de la vida, desempeña un papel decisivo tanto como foco patógeno como también como remedio. Mu­ cho antes del cambio de siglo, Avenarius había hablado de un «con­ cepto humano del mundo», y el maestro de Scheler, Rudolf Eucken, opuso, en su escrito Conocer y tener vivencias* publicado en 1912, al «mundo de la existencia» diluido por fines racionales, un «mundo de la vida» integrante. El lenguaje de la «filosofía vivida» (Fellmann, 1983) le alcanzó a Husserl cuando éste hablaba de un «entorno natural» (natürliche Umwelt), de un «entorno de la vida» (Lebensumwelt), o tam­ bién —ya desde principios de los años veinte— de un «mundo de la vida» (Lebenswelt) (Hua, IV, 374 y sig.). Pero sólo cuando su pérdida se hacía sentir cada vez más palpable, el mundo de la vida se convirtió en centro de la atención. Como suele suceder no pocas veces, tam­ bién ahí la amenaza de la pérdida agudiza la mirada con respecto a lo que damos por supuesto. El olvido del mundo de la vida es respon­ sable, según Husserl, de desarrollos equívocos que sólo pueden ser sub­ sanados mediante el regreso al mundo de la vida. De antemano, el mun­ do de la vida no es objeto de una simple descripción o, menos aún, meta de una búsqueda que tenga como fin la inmediata plenitud de la vida; constituye más bien el tema de un re-cuestionamiento (RückJrage) metódico y diversificado, como a menudo se dice. Tal re-cuestio­ namiento apunta hacia tres direcciones. Busca el fundamento de unas ciencias que se han quedado sin fundamentaciones; busca, además, el acceso a una fenomenología trascendental orientada en el sujeto que nos permita rendirnos cuentas a nosotros mismos acerca de nuestros logros intencionales; y, finalmente, busca una perspectiva histórica glo­ bal que ataje la desintegración del mundo en una pluralidad de mundos particulares. En este sentido, se puede hablar de una triple función: función de cimentar, función de hilo conductor y función unifícadora (Boden-, Leitfaden- und Einigungsfunktion) (Waldenfels, 1985, cap. 1). * Erkennen und Erleben.

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¿Cuáles deben ser las características del mundo de la vida para que pueda ejercer estas funciones? En un primer término, también para Husserl existen mundos de la vida concretos (konkrete Lebens'welten) donde las vivencias cotidianas se funden con ideas y técnicas genera­ das por las ciencias, y entra igualmente en esta amalgama la forma­ ción filosófica. Los mundos de la vida concretos están en contraste con los mundos particulares específicos (spezifiscbe Sonderwelten): el en­ torno profesional del científico, del político o del filósofo, por ejem­ plo. En la medida en que Husserl defiende las experiencias, ideas y procedimientos cotidianos frente a las construcciones y fórmulas poco plásticas de la episteme científica, consigue rehabilitar la doxa, frecuen­ temente menospreciada dada su relatividad y su imprecisión. Libera­ do de la presión de idealización y de formulación que desde los tiem­ pos de la física de Galileo pesa sobre la experiencia, el mundo de la vida cotidiano va más allá de las esferas culturales de la ciencia, la polí-. tica, el arte y la religión, exponiendo éstas —en palabras de Max Weber— a un proceso de la «cotidianización» (Veralltdglichung). El in­ menso impulso experimentado por la investigación de lo cotidiano que abarca las más diversas disciplinas, no sería imaginable sin la revalorizadón por Husserl de las formas concretas de experiencia que puede medirse perfectamente con la restituición de las formas concretas de vida y juegos lingüísticos de Wittgenstein. Se ve reforzada por la teo­ ría de Scheler del «mundo cotidiano» (Milieu) y de la «cosmovisión natural» (natürliche Weltanscbauung), por la interpretación de Heídegger de la «cotidianidad del Dasein» (Alltaglichkeit des Daseins), los aná­ lisis de Aron Gurwitsch de los «encuentros entre personas en el mun­ do cotidiano» {mitmenschliche Begegnungen in der Milieuwelt), las reflexiones de Patocka en cuanto al «mundo natural» {natürliche Weli), y, finalmente, por la investigación del mundo social realizada por Alfred Schütz que ha contribuido a que encontrara aceptación cierta for­ ma específica de la fenomenología social. Sin embargo, el mismo Husserl no se da por satisfecho con una simple «ontología del mundo de la vida» que se nutre de estructuras universales a partir de mundos de la vida concretos. En respuesta a la crisis de racionalidad, persigue aquel mundo de la vida que ofrezca un primer fundamento a todos los mundos de la vida concretos y es­ pecíficos, unas reglamentaciones definitivas y un horizonte que lo abar­ que todo y que los lleve más allá de sus fronteras individuales. Este mundo de la vida, que como tantum singulare no admite la pluraliza-

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ción y que por tanto queda sustraído a la diferencia entre esencia y hecho (Hua, VI, párrafo 37), significa para Husserl un «mundo de sen­ cillas experiencias intersubjetivas» {Welt der schlichten intersubjektiven Erfahrungen) (ídem, 136). Desde luego, resulta difícil comprender cómo el mundo de la vida debería adoptar al mismo tiempo formas históricas concretas y ofrecer un fundamento universal más allá de la Historia. Husserl intenta escaparse del doble dilema de historicismo y fundamentalismo, estudiando históricamente las consideraciones fundamen­ tales mismas.

3. El sentido en la historia Una vez más resulta ser el fenómeno de la crisis el que obliga a Husserl a pensar la historia de la razón y del sentido no como creci­ miento continuo, sino como cambio aleatorio de figuras históricas, potenciado por acontecimientos fundacionales (Stiftungsereignisse) que abren nuevos horizontes de sentido. Que fuese en la génesis de la filo­ sofía, de la geometría euclidiana, o —como podemos añadir con Hannah Arendt— en el nacimiento de la democracia ateniense, o finalmente en el origen de la física de Galileo, siempre se trata de «fundaciones primarias» (Urstiftungen) que en la retrospectiva permiten ver antece­ dentes y que tienen su continuidad en una historia caracterizada por el perfeccionamiento, el vaciado, el olvido y la disolución del sentido primario, pero que a través de nuevas fundaciones llevan a «configura­ ciones nuevas revolucionarias» (Hua VI, 10). De este modo, Husserl toma en consideración las tradiciones, sin caer en tradicionalismo; por­ que la misma tradición se comprende como «labor continuada viva» (lebendige Fortarbeit) (ídem, 366) mientras no quede petrificada o va­ ciada de contenido. Merleau-Ponty ha retomado esta idea, entendien­ do cualquier toma (prise) de las cosas como simultánea retoma (reprisé) de las mismas. La historia de la que aquí estamos hablando no significa una mera historia externa de hechos, sino una historia interna de sentido cuyas formaciones deben su comprensión a un «apriori his­ tórico concreto» (ídem, 380 y sig.). Desde esta diferencia histórica, en que la diferencia significante del «algo como algo» encuentra su expre­ sión radical, no se dista mucho de los «paradigmas» de Th. S. Kuhn y los Epistemai de Foucault. Incluso se deja vislumbrar la Historia del Ser de Heidegger, como historia de un encubrimiento y descubrimiento

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simultáneos, cuando Husserl describe el descubrimiento de Galileo como «descubrimiento-encubrimiento» (Entdeckung-Verdeckung) (ídem, 53). Pero Husserl rehusa dar el último paso de una historización radi­ cal de la razón; porque para él continúa significando entregarse al historicismo, o sea, al relativismo. De esta manera, sigue defendiendo una historia continuadamente coherente que en nuestro presente tiene su «primicia en sí» (an sich Erstes), pero que se abre hacia un «horizonte universal de interroga­ ciones». El presente nos remonta a un Arkhé que desde siempre está presupuesta en nuestras experiencias, y apunta hacia un Telos que en las mismas siempre está presumido; la alternativa a ello se llama caos, irracionalidad. En una arqueología que se remonta a inicios que siem­ pre ya están hechos, y en una teleología que avanza hacia metas que aún están por conquistar, Husserl logra una totalidad histórica que na­ ce a partir de la reflexión sobre la propia presencia. La fenomenología trascendental encuentra aquí su sitio, no en una «presencia absoluta» en que todo sentido se muestre de una vez por todas, pero sí en una «forma final ... que simultáneamente constituye la forma inicial de una nueva infinitud y relatividad» (ídem, 274). A la crisis de las cien­ cias europeas y de la vida misma, la fenomenología responde median­ te una «crítica universal de toda vida y de todas las finalidades de vida» (ídem, 329) que intenta ayudar a que se abra paso una «racionalidad auténtica y plena» (ídem, 274). Al igual que el retorno a la conciencia trascendental, también el retorno a una historia trascendental del mun­ do de la vida coincide con un retorno inicial a las cosas mismas; en este sentido, para Husserl no está aún soñado plenamente el sueño de una filosofía como ciencia estricta. Se puede decir que Husserl lleva a cabo lo que quizá sea un último intento de englobar la plenitud, la pluralidad y la apertura de la expe­ riencia en un orden racional completo y consecuente que no encuen­ tre su razón en otra base que no fuera la experiencia misma que se ramifica históricamente. La experiencia queda vinculada al «hecho ab­ soluto» (absolutes Faktum) de la historia (Landgrebe, 1982). Sin em­ bargo, este «heroísmo» de una razón combativa encuentra sus límites cuando se le pide que demuestre que esta misma «racionalidad verda­ dera y plena» sólo constituye una idea, concretamente una idea euro­ pea, que no proviene sencillamente de las «cosas mismas». Aquí se anun­ cian cargas posteriores que no pueden ser separadas de los impulsos fértiles de esta obra última, como por ejemplo la dicotomía entre el

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tiempo de la vida (Lehenszeit) y el tiempo del mundo (Weltzeit) que no se subsana medíante fundaciones originarias sino más bien se da por supuesta (Blumenberg, 1986); o la selectividad e incomposibilidad (Inkompossibilitat) de órdenes del mundo de la vida, diametralmente opuestas a la idea de una razón global sin sombras y superadora de lo ajeno (Waldenfels, 1987).

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CAPÍTULO 5

EVOLUCIÓN Y RECONSTRUCCIÓN DE LA FENOMENOLOGÍA (Alemania, Bélgica, Holanda)

I. La fenomenología de Friburgo y su término En los años de Friburgo, Husserl había reunido a su alrededor un círculo estrecho de colaboradores que —antes de que cada uno encon­ trase su propio camino— trabajaban totalmente sus criterios y bajo su encargo. Cabe mencionar en primer término a Edith Stein (18911942) que estaba trabajando en los manuscritos de Husserl de Ideas II, antes de presentar sus propios estudios socio-fenomenológicos, y regresar a la doctrina tomista del Ser. Hay que mencionar, además, a Ludwig Landgrebe (1902-1991) y a Eugen Fink (1905-1975), los más allegados ayudantes de Husserl. Landgrebe, que durante algún tiempo aún podía enseñar en Praga, pu­ blicó ahí en nombre de Husserl la obra Erfahrung und Urteil. En los años de la posguerra, en Colonia, él mismo buscó un Camino de la fenomenología* (1963) que uniera en una sínteses de Fenomenología e historia** (1967) los motivos del pensamiento de Husserl con aque­ llos de Dilthey y Heidegger. Se trata precisamente de motivos tales como el anclaje corpóreo en la naturaleza, la orientación práctica de la historia, y la individuación y facticidad del acontecer histórico me­ diante los cuales el autor logra el reconocimiento del Adiós al cartesia­ nismo*** de Husserl. Fink se hace valer como portavoz de Husserl, sobre todo en la disputa mantenida con sus críticos neokantianos; los ensayos agudizados bajo criterios interpretativos, reeditados como Es* Vfég der Pbanomenologie, * Pbanomenologie und Gescbichte. * Abschied vom Cartesianismus.

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tudios sobre la Fenomenología [Studien zur Phdnomenologie) (1966), fue­ ron objeto de consideración también en Francia y le dieron a MerleauPonty toda una serie de términos de referencia, como por ejemplo «intencionalidad actuante» «reflexión radical». Fink elaboró una VIa meditación cartesiana* publicada en 1988, donde se habla de la reo­ rientación crítica de la fenomenología hacia sí misma. Pero como se puede ver en la recopilación de ensayos Proximidad y distancia** (1967), sobre todo en las ponencias de Bruselas y Royaumont, Fink iba dis­ tanciándose cada vez más de Husserl. El cuestionamiento de la «fenomenalidad de los fenómenos» (148) conduce a vías especulativas, y la tensión entre términos operativos y temáticos en Husserl produce «sombras de una filosofía» (Scbatten einer Philosophie) (186) que se escapan a la visualización: lo ensombrecido constituye «lo no visto porque es el medio del ver» {das Nichtgesebene, weil es das Médium des Sehens ist) (189 y sig.). Son ideas que volvemos a encontrar en la obra última de Merleau-Ponty. En una proximidad crítica a Heidegger, el mismo Fink desarrolla una antropología de dimensiones cos­ mológicas y tecnológicas, de un cariz fuertemente presocrático y hegeliano. Finalmente, enseñaban al lado de Husserl, Martin Heidegger, del que hablaremos extensamente, y Oskar Becker (1889-1964), ocupán­ dose el uno de la parte de ciencias filosóficas y el otro de la parte de ciencias naturales del programa de investigación de Husserl. De he­ cho, Oskar Becker no sólo se destacó por una serie de estudios estéti­ cos, sino también por sus escritos para Beitrágen zur phanomenologischen Begründung der Geometrie así como para Existencia matemática**'1' que fueron publicados en 1923 y 1927, respectivamente, en el Anua­ rio**** fenómeno lógico. En la contraposición de «existencia» históri­ ca y «paraexistencia» pre-, sub- y metahistórica, o, como reza el título de un libro publicado más tarde, en la contraposición de Dasein und Dawesen (1963), intenta arrancar lo matemático y lo estético de las manos de una historización unilateral. Se puede hablar con Otto Poggeler de una «fenomenología mántica» que, descifrando la naturaleza, apoya como elemento corrector las interpretaciones de sentido de la * ** *** ****

VI. Cartesianiscbe Meditation. Ndhe und Distanz. Matbematische Existenz. Jahrbuch.

E V O L U C I Ó N Y R E C O N S T R U C C I Ó N OE LA FENOMENOLOGÍA

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«fenomenología hermenéutica». Entre Husserl y Heidegger se mueve igualmente Wilhelm Szilazi (1889-1966) que después de la Guerra ocu­ paría ía cátedra vacante de Heidegger y que también se preocupaba por una relación abierta entre filosofía y ciencias. El círculo externo lo formaba un buen número de eruditos de todo el mundo que a menudo pasaban paralelamente años de estudios deci­ sivos con Husserl y Heidegger. De este modo, vinieron de Alemania Hans-Georg Gadamer, Karl Lowith, el alsaciano Herbert Spiegelberg y el lituano Aron Gurwítsch; de Austria, Félix Kaufmann y Alfred Schütz; de Francia, Emmanuel Levinas; de Italia, Antonio Banfi; de España, Ortega y Gasset; de Polonia, el ya mencionado Román Ingarden; de Checoslovaquia, Jan Patocka; de Letonia, Theodor Celms; de Estados Unidos, Marvin Farber; del Japón, Hajime Tanabe y Shuzo Kuki... Para hacerse una idea de este impacto a nivel mundial, basta hojear en la crónica hussleriana de Karl Schuhmann. Pero ello sólo representa una cara de la moneda. En su propio país, e incluso en el propio lugar de residencia, Husserl sentía los contra­ vientos que soplaban. Su fenomenología pasó de moda antes de que pudiese convertirse en moda. Probablemente tiene razón Musil cuan­ do escribe: «El saber empezaba a ser considerado anacrónico; el tipo de hombre desdibujado, sin contornos (der unscharfe Typus Mensch), que domina nuestro presente, había comenzado a imponerse». En los tiempos agitados de la República de Weimar, lo tenían más fácil los es­ píritus inquietos como Max Scheler y Martin Heidegger. Dentro del movimiento fenomenológico, el primero se convirtió en adversario lejano, el segundo en adversario cercano de Husserl. Era particular­ mente profundo el desengaño en el caso de Heidegger, en su momen­ to ayudante y posteriormente sucesor de Husserl, cuyo distanciamiento objetivo se vio ahondado de forma ambigua debido a su postura polí­ tica. Algo parecido se puede decir de Oskar Becker. Husserl, lejos de tener un pensamiento político específico —al igual que muchos de sus contemporáneos académicos— finalmente fue al­ canzado por la política. Como judío de nacimiento, después de 1933 le estaba vedada cualquier actividad pública. La «Universidad Alema­ na», cuya «autoafirmación» reclamó Heidegger como rector recién ele­ gido, ya les había cerrado sus puertas a él y a sus compañeros de infor­ tunio judíos. Las ponencias en que Husserl evocaba la crisis de Europa tuvieron lugar fuera de las fronteras del Reich de entonces, en Viena y Praga. En 1935, la primera parte del escrito de la crisis ya sólo pudo

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ser publicada en Belgrado. Empezó la expulsión de eruditos judíos y de cualquiera que no fuera de agrado político.4 Este éxodo afectó igualmente a la fenomenología, en una etapa sensible de su desarrollo. Desde luego, había algunos que lograban invernar en su propio país, y otros que de buen grado se las arreglaban con el régimen, identifi­ cando el suelo del mundo de la vida con suelo y sangre. Pero era in­ mensa la corriente de huida que produjo una tremenda sangría en el ambiente de la investigación alemana. Del círculo más estrecho y más amplio de la fenomenología queremos mencionar aquí algunos nom­ bres. Edith Stein, judía conversa y una de las colaboradoras más estre­ chas de Husserl, perdió la vida como carmelita en Auschwitz; Paúl Ludwig Landsberg, amigo de Scheler, murió en Francia a manos de la Gestapo. Algunos filósofos más jóvenes, como Helmuth Plessner, Karl Lowíth, Moritz Geiger y Helmut Kuhn, encontraron refugio en Holanda, en el Japón y en Estados Unidos. También se vieron afecta­ dos muchos científicos de las ciencias humanas y sociales cuyas inves­ tigaciones tenían que ver con la fenomenología. Debemos pensar en los teóricos de la Gestalt de la Escuela de Berlín, en Max Wertheimer, Wolfgang Kohler, K.urt Koffka y David Katz; también cabe recordar a Karl Bühler, quizás el psicólogo del lenguaje más importante; a Kurt Goldstein que alcanzó renombre debido a sus investigaciones de Frankfurt en el campo de la patología; a Erwin Straus que estuvo trabajan­ do en una antropología de los sentidos fundada en aspectos psiquiá­ tricos; o a individualistas como el teórico social y cinematográfico Siegried Kracauer; al historiador de la civilización Norbert Elias; al psicólogo del arte Rudolf Arnheim, o al investigador de la gnosis y posterior antropoecólogo Hans Joñas. Al morir Husserl en 1938, apar­ tado de la luz pública, la fenomenología por el momento había perdi­ do su derecho de patria en Alemania. Al igual que Richard Grathoff en el prólogo para la obra de Tischner El drama humano* podemos hablar durante bastante tiempo de un «vecindario europeo en el exilio».

2. Nuevos comienzos en Bélgica y Holanda Sólo gracias a la intervención decidida del franciscano flamenco Her­ mán Leo van Breda se salvó el enorme legado de Husserl, de cerca * Das menschliche Drama. 4. Apuntes de Lowith, Mein Leben in Deutschland vor und nach 1933, Stuttgart, 1986.

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de cuarenta mil páginas taquigrafiadas, llevándolas fuera de las fronte­ ras alemanas. 5 En el recién constituido Husserl-Archiv ubicado en Lovaina, pronto iniciaron su transcripción Fink, Landgrebe y Stephan Strasser. El primero a consultar el archivo fue el francés Maurice Merleau-Ponty. Bajo la dirección de H.L. van Breda y el sucesor de éste, Samuel rjssellng, el archivo se convirtió en centro cosmopolita y objetivo de la investigación fenomenológica; mientras tanto, se ha realizado u n equivalente francófono en Louvain-la-Neuve, bajo la di­ rección de Jacques Taminiaux. Constituyen testimonios de una viva actividad la edición iniciada en 1950 de la Husserliana , en la que par­ ticiparon al principio sobre todo Walter y Marly Biemel, así como Rudolf Boehm, y la posterior publicación de la serie de libros Phaenomenologica y de Etudes pbénoménologiques, en La Haya y Bruselas, res­ pectivamente. Con la coparticipación de emigrantes provenientes de Alemania, Austria y Suiza iba creándose una tupida red de investiga­ ciones fenomenológicas en Bélgica y Holanda (Struyker Boudier et al., Ph. E 10). Una de sus características la constituye la simbiosis úni­ ca del ideario alemán y francés en investigadores como Alphonse de Waelhens, Remy Kwant y Marc Richir, en Stephan Strasser, Adriaan Peperzak y Theodor de Boer, en Samuel IJsseling y Rudolf Bernet, donde los textos clásicos de Husserí y -Heidegger se unen a los de Merleau-Ponty, Levinas, Lacan y Derrida, apoyados por los extensos estudios de Jacques Taminiaux, Rudolf Boehm y Karl Schuhmann, donde la fenomenología en su conjunto adquiere relieve histórico. La segunda característica de la fenomenología belga y holandesa la cons­ tituye el amplio efecto que ha venido teniendo sobre las distintas dis­ ciplinas científicas, sobre todo en cuanto a las investigaciones de Lovaina acerca de la filosofía y el psicoanálisis en Albert Michotte, Georges Thinés, Alphonse de Waelhens y Antoíne Vergote, en la filosofía del lenguaje de Henrik J. de Pos, en la fenomenología de la religión de Gerardus van der Leeuw, y finalmente en la escuela de Utrecht que tuvo sus inicios en E J. J. Buytendijk (véase cap. 10).

3. Resurgimiento

de la fenomenología

en el área germánica

Con la expulsión de la fenomenología del territorio alemán, los centros de gravedad de la investigación no se desplazaron sólo a Lovai5. El artículo de P. Van Breda, en Husserl und das Tknken der Neuzeit (Bibliografía, B).

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na y Utrecht, sino también a Praga, Cracovia, París, Milán, Nueva York, y mientras tanto también a Kyoto y Tokio. Para la fenomenolo­ gía germanófona este hecho constituyó un paréntesis tremendo que sólo en los años cincuenta empezó a cerrarse, sin que se hubieran sub­ sanado todos los vacíos. En un primer momento, a la fenomenología le hacía sombra una filosofía de la posguerra que, en medio de una determinación existencialista y de una voluntad metafísica de recons­ trucción, exceptuando al filósofo Helmuth Plessner que había fijado su residencia en Gotínga, mostraba poca paciencia frente a las artes de descripción objetivas del Husserl de su primera época; y el último Husserl era casi desconocido. La situación sólo iría a cambiar cuando en el transcurso de los años cincuenta se volvió a descubrir el pensa­ miento de Husserl, con la publicación de la Husserliana, seguida en 1954 por una edición de las obras completas de Scheler, así como en 1975 por otra de las obras completas de Heidegger. La constitu­ ción de archivos Husserl en Friburgo y Colonia, primero bajo la di­ rección de Ludwig Landgrebe y Eugen Fink, después bajo la de Elísabeth Stroker y Werner Marx, así como la fundación de una «Deutsche Gesellschaft für phanomenologische Forschung»,* iniciada en 1971 por Helmut Kuhn, que fue seguida por una fundación correspondiente en Austria, contribuyeron al resurgimiento de la fenomenología en su área de origen. Se inició una profunda investigación de la fenome­ nología que no sólo abarcaba sus antecedentes tradicionales sino que tomaba igualmente en consideración el entorno histórico del positi­ vismo, la lógica de Frege, la hermenéutica de Dilthey, el neokantismo de Marburgo y el estructuralismo de los países del Este. Coloquios internacionales, como el de Bruselas en 1952, el de Krefeld en 1956, el de 1957 en Royaumont, y el de 1969 en Schwábisch-Hall contribu­ yeron también a la apertura de las fronteras. En lo que se refiere a la investigación de la disciplina fenomenológica en el área germanófona, son más bien los impulsos de la fenome­ nología resistentes al sistema los que se van imponiendo. Constituyen más bien una excepción las síntesis integrales de una Metafísica sin jerarquía** (Rombach, Ph. F. 1,14), como el sistema plasmado en va­ rios tomos de la filosofía de Hermann Schmitz donde los hallazgos fenomenológicos y empíricos se transforman en una antropología cor* «Sociedad Alemana para la Investigación Fenomenológica». ** Metaphysik obtie Hierarchie.

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pórea, o la estructurontología de Heinrich Rombach donde la feno­ menología genética, el pensamiento histórico y existencial se plasman en una génesis global de la estructura, de modo que la cognición hu­ mana se presente como «forma particular de los movimientos de autoilustración de la naturaleza» y se funda con una «fenomenología de la conciencia presente» (1980). N o s encontramos, predominantemen­ te, con una labor sobre detalles que obliga a enfrentarse puntualmen­ te a obras en competición, y que ha llevado a una acentuada colabora­ ción interdisciplinaria, sobre todo con las ciencias humanas, sociales y del arte. Este hecho lo comprueban claramente las Investigaciones fenomenológícas, publicadas desde 1975 bajo la redacción de Ernst Wolfgang O r t h , donde se destacan problemas objetivos tales como tiem­ po, idioma, lógica, comunicación, actuación, ética, técnica e interculturalidad. También es importante la más o menos crítica presencia de la fenomenología en los trabajos de K.-O. Apel, H . Blumenberg, H.-G. Gadamer, M. Theunissen y E. Tugendhat. Sin embargo, no se puede negar taxativamente el peligro de que las «cosas mismas» sean equiparadas a los «textos mismos». Resulta beneficiosa la mirada más allá de las fronteras de nuestra disciplina y nuestro país. Lo muestra, por ejemplo, el debate mantenido desde la publicación del trabajo si­ nóptico de Gerd Brand (1971), y recientemente atizado de nuevo por Hans Blumenberg (1986), acerca del problema del mundo de la vida que no sólo ocupa a la fenomenología (Stróker, 1979; Welter, 1986) sino que también ha originado en los escritos de H.-G. Gadamer, L. Landgrebe, H . Lübbe, Th. Luckmann, R. Grathoff y B. Waldenfels una disputa permanente con las teorías sociales de J. Habermas y N . Luhmann, y que acaba rompiendo finalmente las mismas barreras cul­ turales europeas. Es oportuno recordar aquí particularmente el inter­ cambio llevado a cabo desde hace largo tiempo entre la fenomenolo­ gía alemana y la japonesa aunque en buena parte se trate de expectativas o meras promesas. Finalmente, en lo que concierne la orientación global de la feno­ menología, el panorama resulta polifacético, condicionado en parte por la mayor o menor distancia en cuanto a la filosofía contemporá­ nea anglosajona y francesa, respectivamente. Hay, por ejemplo, inten­ tos de seguir conservando el rasgo trascendental básico o refinarlo formal-lógicamente, como es el caso en Gerhard Funke, Elisabeth Stro­ ker, Theodor Seebohm y Lothar Eley; tender puentes hacia una protológica constructivísta, como en Cari Friedrich Gethmann; transpo-

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ner la eidética husserliana a categorías lingüísticas y cognitivistas, como en Elmar Holenstein; incorporar la fenomenología a una historia superadora de la metafísica, ganándole al mismo tiempo nuevos impul­ sos éticos y políticos, como en Werner Marx, Otro Póggeler, Alois Halder y Klaus Held; o el intento de enfrentarla desde el estatus de la corporeidad y socialidad a su propia sombra del Otro y a la espina de lo ajeno, como en Bernhard Waldenfels. Serían deseables en mayor número intentos más atrevidos y más decididos que ayudasen a ven­ cer las barreras escolares.

CAPÍTULO 6

EL CAMINO DE MARTÍN HEIDEGGER A TRAVÉS DE LA FENOMENOLOGÍA

Resulta singular la posición de Martin Heidegger (1889-1976) den­ tro de la fenomenología. Si no se equiparan sencillamente «las cosas mismas» a «las cosas del pensar», como lo hace Heidegger en unos pocos casos, se puede decir que la evolución de su pensamiento no empezó en la fenomenología ni terminó ahí; pero su camino atravesó la fenomenología de modo tan intenso que los caminos de ella misma han quedado marcados sustancial mente por el pensamiento de Hei­ degger: fuese por la sombra de Heidegger que emergió detrás de Husserl o fuese porque la sombra de Heidegger envolvería a su maestro. La sencilla elección entre Husserl y Heidegger sería tan problemática como la de entre Platón y Aristóteles, de tal modo están entretejidos los hilos de su pensamiento. Nosotros aquí nos limitamos a algunas indicaciones referentes a contribuciones de Heidegger a la fenomeno­ logía que deberían ser completadas por su repercusión sobre la filoso­ fía de la existencia, la hermenéutica y el llamado posestructuralismo —sin mencionar siquiera el pensamiento del ser (Seinsdenken) del pro­ pio Heidegger que se niega expresamente a todas estas rotulaciones y que se refugia en lo «anónimo» (ins Namenslose) (GA 12,114). Más referencias en cuanto a la relación de Heidegger con la fenomenología se encuentran en las grandes monografías de Otto Poggeler y William J. Richardson, así como en breves textos del mismo Heidegger que datan de los años de 1953/54: «Aus einem Gesprach von der Sprache» (en Unterwegs zur Sprache) y de 1963: en una carta-prólogo para el libro de Richardson, y en un esbozo titulado «Mein Weg in die Phanomenoíogie» (en Zur Sache des Denkens).

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1. Orientación hacia la fenomenología y abandono de la fenomenología de la conciencia Heidegger había obtenido ya su cátedra cuando Husserl llegó a Friburgo en 1916 y le invitó para que colaborara con él. Su formación espiritual previa la debió por un lado a la neoescolástica católica y, por otro lado, al neokantismo de Heinrich Rickert y Emil Lask. Tam­ bién recogió pronto estímulos de Brentano, pero —al contrario de Hus­ serl o Scheler— no por la psicología o la ética de éste, sino por el es­ crito publicado en 1862, Von der rnannigfaltigen Bedeutung des Seienden nach Aristóteles, donde encontró términos ontológicos decisivos. Lo que le cautivó en Husserl como por arte de magia —así lo expresa él mismo— fue, como en los primeros discípulos de éste, el avance deci­ sivo hacia las cosas mismas realizado en las Investigaciones lógicas (Logische Untersuchungen) sobre todo en las dos últimas (Taminiaux, 1977). Al mismo tiempo le desagradó el que Husserl no obstante acabara reconduciendo de nuevo a una conciencia trascendental las relaciones entre conciencia y las cosas. Las clases magistrales de Magdeburgo, par­ ticularmente la Prolegómenos a la historia del tiempo (Prolegomena zur Geschichte des Zeitbegrijfs) de 1925 (GA 20), permiten reconstruir de­ talladamente este acercamiento-abandono simultáneo (Biemel, 1978). Ahí también Heidegger saluda como gran descubrimiento de la feno­ menología el modo y la forma de cómo Husserl rompió con su idea de la intencionalidad el espacio de la conciencia, cómo recuperó un a priori sustancial en el a priori de intentio e intentum, y cómo ubicó formas de predicados y verdades de predicados en una esfera prepredicativa de la intuición. Sin embargo, al mismo tiempo acusó a Husserl de no cuestionar realmente el Ser de las cosas (das Sein der Sachen) puesto que lo deja coincidir con su ser-consciente (Bewusst-sein), sin plantear la cuestión del modo de ser de la conciencia y de lo intencio­ nal, ni la del sentido de todo Ser. A los ojos de Heidegger, Husserl seguía vinculado a la filosofía cartesiana del sujeto y, además, a la me­ tafísica que piensa el Ser como «presencia» («Anwesenheit»), En la retrospectiva se podrá decir que tanto Husserl como Heideg­ ger eran, en parte, ciegos para los respectivos esfuerzos de cada uno de ellos. Heidegger no quería ver cómo Husserl minó la autosuficien­ cia de una conciencia constituyente, con la paradoja de una «autoconstitución» iSelbstkonstitution) y «autogestacion» (Selhstzeitigung). Por su lado, para Husserl cualquier intento de atribuir determinado modo

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de ser a la instancia misma constituyente de sentido y garantizante de validez, significaba mezclar lo constituyente y lo constituido. Así, en 1930, en el epílogo para las Ideas, habla —aludiendo claramente a to­ dos los discrepantes fenomenológícos— de un «antropologismo tras­ cendental» o «psicologismo» (Hua, V, 140), como si la facticidad de la existencia y la facticidad (Tatsácblichkeit) empírica fuesen una y la misma cosa. Con toda la precipitación que caracteriza el veredicto husserliano, hay que reconocer que es válido en lo que concierne las for­ mas antropológicas encogidas de la fenomenología. Más tarde, Foucault proseguiría esta crítica de forma radical.

2. La fenomenología hermenéutica del Dasein En Ser y tiempo (Sein und Zeit), la obra fundamental de Heidegger publicada en 1927 en el Anuario (Jahrbuch) fenomenológico, queda totalmente relegada a un segundo plano la controversia con la feno­ menología trascendental de Husseri y la antropología de Scheler. Ahí, Husseri presenta su propia versión de la fenomenología —-desde luego una versión bastante híbrida— que amenaza con diluirse en ontología y, metódicamente, en hermenéutica. En el párrafo 7 de las consideraciones preliminares de Sein und 2eit, cuyas disertaciones concisas han de ser completadas por las mientras tanto publicadas clases magistrales sobre problemas básicos de la fe­ nomenología, Heidegger resume su concepto de filosofía de la siguiente manera: «La filosofía es ontología fenomenoíógica universal, partien­ do de la hermenéutica del Dasein que, como analítica de la existencia, ha amarrado el cabo del hilo conductor de todo cuestionamiento filo­ sófico ahí donde éste tiene su origen y a donde vuelve». Por consiguiente, en un primer momento se trata de una ontología fenomenoíógica, lo cual quiere decir: aquello que se muestra tal como se muestra desde sí mismo, dejar verse desde sí mismo». Recurriendo al griego, aquí el ente (Seiendes, 6vta) se comprende como aparición {Erscheinendes^ cpaivófieva) que se manifiesta en el A,óyoi;. Este «tratamiento» de los «ob­ jetos» concuerda nítidamente con el lema de Husseri «¡A las cosas mis­ mas!» («Zu den Sachen selbst!»). Incluso la afirmación adicional que sostiene que la fenomenología legitimiza «aquello que en un primer momento y normalmente no se muestra* («was sich zunachst und zu-

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meist gerade nicht zeigt»), encuentra en Husserl su aditamento en la rotura con la actitud natural. Heidegger empieza a alejarse de Husserl ahí donde la fenomenolo­ gía, como modo de acceso general, adquiere el carácter específico de una fenomenología hermenéutica (GA 12, 90). El lugar de la fenome­ nología trascendental de la conciencia que traspone el sentido entendi­ do intención alíñente (den intentional vermeinten Sinn) en intuición (Anschauung) y la conciencia operante (das fungierende Bewusstsein) en autointuición (Selbstanschauung), lo ocupa entonces una fenome­ nología hermenéutica del Dasein que en la interpretación de sentido transforma la comprensión previa (Vorverstdndnis) en una compren­ sión expresa del ser y de la autocomprensión (ausdrückliches Seins- und Selbstverstandnis). La «contemplación fundamental» husserliana que busca la razón en la autoconciencia, da lugar a las nuevas «autocontemplaciones» de una «ontología fundamental» que encuentra su ra­ zón en la comprensión del Ser (Seinsverstandnis). Pero sigue habiendo cierta vecindad entre las fenomenologías hermenéutica y trascenden­ tal puesto que eí «análisis existencial» analiza sentido, al igual que el «análisis intencional»; por consiguiente, toma el «algo como algo» (etwas ais etwas) y no retoma ningún «algo» puro (kein purés etwas), y dado que el análisis existencial —al contrarío de posteriores análisis de textos y análisis lingüísticos— obtiene sus elementos constructivos una y otra vez a partir de la comprensión directa de las cosas. En esta medida, hablar de una «fenomenología hermenéutica» no significa un simple tópico; Gadamer, Ricoeur y Kockelmans reiteradamente han subrayado estas correlaciones en su hermenéutica de orientación fenomenológica. Pero si consideramos la hermenéutica del Dasein de Heidegger in actUy ésta empieza a irisar; son posibles distintas lecturas. En un pri­ mer momento, la hermenéutica del Dasein puede leerse como una transformadón-distorcíón (Um- und Verformung) de la fenomenolo­ gía de la conciencia —si así se quiere: como filosofía trascendental con otros medios y a otro nivel. Lo corroboraría también el camino segui­ do por Heidegger a través de la filosofía de Kant. En el análisis husserliano de la conciencia se encuentran conceptos perfectamentes com­ parables en cuanto a los conceptos centrales de Ser y tiempo, como por ejemplo en lo que concierne la distinción entre cosas existentes y co­ sas insignificantes que están por ahí (zuhandenes Zeug), entre entendi­ miento teórico (tbeoretische Einsicht) y cautela práctica (praktische Um-

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sicht); también se encuentran conceptos comparables para la constitu­ ción de la existencia como proyecto, estado de yecto y caída (Entwurf, Geworfenheit und Verfallen) y su correspondiente interpretación tem­ poral; para el discurso como revelación de un sentido; para la relación entre ser-sí-mismo (Selbstsein) y ser-con (Mitsein), hasta llegar al «solipsismo existencial», o también para la desubjetivízación de los afec­ tos en forma de humores y de encontrarse. Sin embargo, tampoco se puede ignorar que las deformaciones puntuales ocurren acompañadas de dislocaciones en la estructura en su conjunto. La temporización radical (radikale Verzeitlichung) del Ser y la fmitizacíón (Verendlichung) del Dasein ya no deja ningún espacio para u n Primero (ein Erstes) del que partamos, para un Ultimo (ein Letztes) hacia donde nos dirigimos, ni para un Total verdadero en el que se disuelva todo sentido. La meta no sólo es inalcanzable de hecho, sino que queda destruida como tal. La verdad, que en Husserl aún es pen­ sada como adecuación, se convierte en un doble juego de descubri­ miento y encubrimiento (Entbergung und Verbergung); y el Ser (das Sein) que en la diferencia ontológica se desmarca del ente (das Seiende), hace que el ente se vuelva visible soslayándose el Ser como tal a cual­ quier tipo de acceso. El fundamento racional (Vernunftboden) se quie­ bra en el sin-fundamento (Bodenlosigkeit) de una libertad que jamás llega a dominar sus propias posibilidades. El eje temporal se desplaza del presente vivo y original hacia el y-después (Woraujhin) de un futu­ ro, hacia un a-ser (Zu-sein) que se recoge en el instante y que sólo en el ser-para-la-muerte (Sein-zum-Tode) se convierte en u n Todo. El Etcé­ tera (Und-so-weiter) de Husserl, con todo su ego trascendental «que no puede morir», resulta una mala infinitud frente a esta finitización. Autores como Lutero, Kierkegaard, Dostoievski y —más tarde— Nietzsche marcan la nueva pauta cuyo énfasis de decisión rompe con la pa­ ciente ética laboral de la teoría husserliana. Pero la dislocación hermenéutica de la estructura trascendental per­ mite a su vez distintas lecturas. Dasein puede leerse como «ser-ahí» humano, una lectura que prácticamente le fue impuesta al existencialismo francés debido a la primera traducción de Dasein por réalitéhumaine, y debido también a la interpretación de Kojéve de Ser y tiempo como «antropología fenomenológica». En su Carta sobre el «humanis­ mo» (Brief über den «Humanismus») de 1949, Heidegger se distanció expresamente de tal antropologización. Pero «ser-ahí» (Dasein) puede leerse también como el ahí del ser mismo (Dasein, Da des Seins selbst),

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y el «ser-ahí» del hombre significa «ex-sistencia» (Ex-sistenz), un «ex­ ponerse» [Hinaus-steheri) a la verdad del Ser. Las virulencias del idio­ ma muestran qué esfuerzos fueron necesarios para librar la fenomeno­ logía hermenéutica de la sospecha de una simple antropología o, más aún, de una antropología trascendental híbrida, para encontrar me­ dios y caminos que permitieran pensar al Hombre a partir del Ser, y no al revés pensar el Ser a partir del Hombre (también Taminiaux, 1989). Pero podemos preguntarnos si esta inversión de la perspectiva no conlleva a una autoexpropiación del Hombre que le priva de cual­ quier vínculo corpóreo con la naturaleza y la vida (Haar, 1990).

3. Sobre la cosa del pensar Con este cambio de las cosas y del pensar, denominado «giro» (Kehre), enmudece en su totalidad el discurso de ontología, fenomenolo­ gía y hermenéutica. En su carta sobre el humanismo (GA, 9, 357) Heidegger había aún del intento de «por un lado, conservar el apoyo fundamental de la perspectiva fenomenoíógica, y al mismo tiempo abdicar del empeño desproporcionado de una "ciencia" y de "investi­ gación"». Ahí se vislumbra un pensamiento que parte del Ser como un «claro» (Lichtung) que permite ofrecer espacio a la aparición y la demostración; del Ser como «acontecimiento» (Ereignis) que abre már­ genes al pensamiento y le cierra otros. Para este pensar (Denken) que tiene connotaciones de «recuerdo» (Andenken) y de «agradecer» (Danken) y que se halla próximo al «rimar» (Dichten), la fenomenología husserliana se convierte en reminiscencia —o en una tarea que cambia constantemente. De este modo, el camino de Heidegger hacia la feno­ menología (Weg in die Phdnomenologie) acaba en la perspectiva de una fenomenología como «la posibilidad de un pensar cambiante, y por ello persistente, de corresponder a la exigencia del pensante. Si la fe­ nomenología se percibe y se conserva así, puede desaparecer como enunciado, a favor de la cosa del pensar cuya evidencia sigue siendo un secreto».

CAPÍTULO 7

LA FENOMENOLOGÍA DE LA EXISTENCIA CORPÓREA (Francia)

La timidez de llamar las cosas por su nombre —que delata tam­ bién una timidez frente a la sociedad y sus instituciones— no le queda bien a una fenomenología de la existencia corpórea, tal como ha veni­ do desarrollándose en Francia. Desde mediados de los años treinta, esta fenomenología marca la pauta en Francia; y ni siquiera enmude­ ce totalmente cuando alrededor de mediados de los sesenta el llamado estructuralismo va ganando terreno y alcanza protagonismo. Como explica Merleau-Ponty en el prólogo para su Fenomenología de la per­ cepción, a él y a sus contemporáneos la fenomenología no le parecía tanto una filosofía nueva sino más bien algo para lo que en sus aden­ tros habían estado preparados desde hace ya mucho tiempo. De otro modo habría sido posible que su aceptación tan rápidamente se tradu­ jera en labor autónoma.

1. Gestación y particularidad de la fenomenología existencial Hasta principios de los años treinta, la filosofía universitaria fran­ cesa se veía dominada por un racionalismo cartesiano-kantiano que tenía en Léon Brunschvicg y en Alain sus representantes más eficien­ tes. La crítica de las ciencias y la crítica social ahí se unen, al servicio conjunto por el progreso de la humanidad. Después de que Henri Bergson (1859-1941) con su retorno a la intuición había metido una cuña en la falange formada por la filosofía de la conciencia, las ciencias lác­ ticas y la realpolítik, y después de que Gabriel Marcel (1889-1973), como precursor de la fenomenología, había tematizado -—en el marco de una «filosofía concreta»— el cuerpo propio, el Tú y la participación en

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el Ser, fueron ideas provenientes de Alemania las que causaron un ver­ dadero cambio radical. En este proceso, Francia se benefició del éxo­ do de sabios del este de Europa, como Georges Gurvítch, Aron Gurwitsch, Alexandre Kojeve, Alexandre Koyré, Eugéne Minkowski y Leo Schestow que, en su mayor parte a través de Alemania, habían encon­ trado el camino que los llevaría al vecino país occidental y que se en­ cargaban de divulgar las nuevas ideas. Además, Alsacia —que en 1918 se había incorporado de nuevo a Francia— seguía siendo lugar de van­ guardia de las ideas alemanas. Es importante tener presente que el des­ cubrimiento de las ideas de Husserl, Scheler y Heidegger iba estrecha­ mente acompañado del renacimiento del hegelianismo y del marxismo, además de un creciente interés en el psicoanálisis de Freud y en la teo­ ría de la Gestalt. Esto significa de antemano una distancia frente a cualquier forma de una filosofía de la vida que busque sus fuentes más acá o más allá de la historia; una distancia que en el caso de Bergson ciertamente sólo se justificaba a medías. Significa al mismo tiempo que la fenomenolo­ gía en Francia —a diferencia de Alemania— desde sus mismos inicios estaba aliada con el existencialismo y enfrentada al marxismo hegelíano, incluso hasta formas híbridas que amenazaban con diluir su parti­ cularidad. Jean Wahl (1888-1974), uno de los fundadores de este nuevo pensamiento, formuló con el título de su libro Vers le concret (1939) un lema que podía ser ampliamente aprovechado. Sin embargo, con la concreción del pensamiento surge la amenaza del peligro advertido con insistencia por Husserl, es decir, que la fenomenología, conjunta­ mente con sus aliados, podría acabar en una antropología cuyos plan­ teamientos absolutos {Absolutheitsansprüché) no dejarían de ser aseve­ raciones huecas. En el prólogo para el primer número de Les Temps Modemes podemos leer, probablemente de la mano de Sartre: «Bien loin d'étre relativistes, nous affírmons hautement que l'homme est un absolu». La sombra de un humanismo excesivamente baratero acom­ paña la fenomenología francesa durante mucho tiempo; ello explica los arranques antihumanistas de los años sesenta. El origen de la fenomenología francesa se refleja en su particulari­ dad. Como característica común se ofrece la fórmula de una feno­ menología existencia! que agrega una nueva variante a las versiones trascendental y ontológica, y que muestra un parentesco con la her­ menéutica del Dasein de Heidegger. Si seguimos la definición de Paúl Ricoeur de la phénoménologie existentielle de 1957, obtenemos más o

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menos el siguiente cuadro. También ahí la fenomenología nace como método específico de determinada temática, de la temática de la exis­ tencia {Thematik der Existenz), de tal modo que por un lado la filoso­ fía trascendental adquiere rasgos existenciales (como en el último Husserí), y que al revés la filosofía existencial (que ahí se extiende a la fenomenología del espíritu de Hegel, al pensamiento existencial de Kierkegaard, y a las artes de desvelación de Níetzsche) da origen a una forma implícita de la fenomenología. Determinados temas básicos se pueden atribuir a esta forma de fenomenología existencial: el cuerpo, la libertad y los Otros, donde —añadiríamos— la corporeidad consti­ tuye el medio constante para la relación con el mundo, con los Otros y conmigo mismo. Además, se dice que el objetivo descriptivo va su­ friendo cambios, según qué sentido se le atribuye a la existencia: si se quiere revelar la alienación del Hombre, reencontrar su lugar en el mundo o recuperar su dimensión metafísica. Ricoeur piensa ahí en tres variantes de la fenomenología de Sartre, Merleau-Ponty y Ga­ briel Marcel. El cuadro que Ricoeur dibuja de la fenomenología y al que él mis­ mo pertenece es esencialmente correcto. El regreso a formas concretas de la existencia en que se funden lo general y lo particular, lo ideal y lo fáctico, explica la apertura de esta filosofía hacia la no-filosofía [Nicht-Philosophie) como se encuentra realizada en las distintas formas de la ciencia, el arte, la política y la vida personal. Así podemos leer en Merleau-Ponty, bajo el título de Partout et nullepart: «La filosofía se halla en toda parte, aun en los «hechos» —y no dispone en ninguna pane de una área en que quedase al margen del efecto contagiante de la vida» (1960, 163). N o obstante, estos hechos primero hay que desci­ frarlos como tales; lo concreto tiene sus estructuras y no puede ser comprendido sin una forma de dégagement que mantenga el equili­ brio con el engagement. Si se desprecian las artes de reducción husserlianas, entonces existe el peligro de u n concretismo que se reduce a los reflejos de la vida y a manifiestos que sencillamente se firman, en vez de incorporar líneas propias en el acontecimiento. Pero la disputa al respecto, que desempeña un papel importante en la controversia entre Sartre y Merleau-Ponty, forma ella misma parte de esta fenomenología, El cuadro que nos ofrece Ricoeur necesita, sin embargo, algunas correcciones. Esta forma de la fenomenología existencial no es repre­ sentativa de todo a lo que ha dado lugar la fenomenología en Francia. Existen desde luego algunas corrientes fenomenológico-trascendentales

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que tienen su origen en Husserl. En parte se trata del modelo cartesia­ no de la autorresponsabilidad personal que sigue teniendo sus efectos, por ejemplo en Gastón Berger (1886-1960), uno de los primeros segui­ dores de Husserl; también, aumentado de modo creacionista, en la ética de los valores de Raymond Polin (1910) y la filosofía religiosa de Henry Duméry (1920). En parte es la autonomía trascendental la que da lugar a una epistemología fenomenológíca; así, expresamente, en Suzanne Bachelard y, con algunas reservas críticas, en Jean-T. Desanti. Ambos se refieren a la primera crítica a Husserl de Jean Cavailles (X, 7). Finalmente, existen también intentos de aceptar directa­ mente la ontología de Heidegger, pasando de todas las interpretaciones antropológicas: así en Jean Beaufret (1907-1982), destinatario de la carta sobre el humanismo, y en los discípulos de éste. El cuadro de una antropologización consistente de la fenomenología, esbozado por Derrida bajo el título ambiguo de Lesfins de l'homme (1968, reproducido en 1972), no puede considerarse válido visto globalmente. Además, la fenomenología existencíal no es representativa de todo lo que ha venido desarrollándose en Francia. Precisamente en sus re­ presentantes significativos se ve que la fenomenología apunta de dis­ tinto modo más allá de sus propios límites, sea en dirección a una an­ tropología marxista, como sucede en Sartre, una ontología estructural, como en Merleau-Ponty, sea en dirección a una ética orientada en el Otro, como en Levinas, o una hermenéutica que se mueve sobre la base de símbolos, metáforas o estructuras narrativas, como en el caso de Ricoeur. Merleau-Ponty no habla sólo en nombre propio cuando reclama que la fenomenología debe tener en cuenta su propia relación con la no-fenomenología (1960, 22). La forma y el modo de autolimitación y autoextralimitación de la fenomenología decide, al fin y al cabo, de su propia suerte.

2. Jean-Paul Sartre: la Nada creativa Para una figura como Jean-Paul Sartre (1905-1980), totalmente com­ prometida con la literatura y la política, la filosofía sólo constituye uno de los aspectos de su labor creativa, y en la filosofía, a la fenome­ nología le corresponde a su vez un peso importante pero cada vez más reducido. Los impulsos fenomenológicos iniciales no desaparecen pero se van perdiendo en una síntesis, que iba enriqueciéndose gradualmente,

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de existencialismo, marxismo y hermenéutica. Sea como fuere, Sartre forma parte de los primeros fenomenólogos franceses. Cuando a tra­ vés de Aron y de la lectura de Levinas, la fenomenología captó su aten­ ción, y lejos de la agitada escena política estudió entre 1933 y 1934, en Berlín, los escritos de Husserl, Scheler, Heidegger y Jaspers en su versión original, Sartre despertó; tuvo un encuentro conmovedor y cruel con las «cosas» en toda su extrañeza (Fremdheit) e insumisión, libradas de todas las vestiduras culturales, desvestidas de todo «ropaje ideal», desnudas como la raíz de un árbol que nos mira fijamente. Las «cosas mismas» de Husserl muestran un rostro distante de lo humano {menschenferner Anblick). La náusea resulta desveladora del Ser, al igual que la angustia de Heidegger; pero el Ser que se revela de este modo no tiene sentido propio de por sí, no ofrece espacio para un «giro», sino sólo para proyectos libres desde la Nada. En los años de 1936 a 1940, Sartre redacta algunos estudios que pertenecen objetivamente a una fenomenología de la conciencia, me­ todológicamente a una psicología fenomenológica con intenciones ontológicas. Ahí por primera vez la fenomenología francesa se hace oír con voz propia. Marca la pauta el Husserl de las Ideas I (Ideen I) cuya publicación es declarada por Sartre como el acontecimiento filosófico más importante anterior a la Segunda Guerra Mundial (1949, 139). Pero la enseñanza eidético-trascendental de la conciencia es completa­ da, casi sin transición, por la hermenéutica del Dasein de Heidegger; la ciencia básica que surge de este modo, tanto se llama fenomenolo­ gía pura como también antropología; lo decisivo es la contraposición (Gegenstellung) frente a la psicología empírica como ciencia empírica (latsachenwissenschaft) —una oposición {Entgegensetzung) que Piaget incluiría más tarde en las «ilusiones de la filosofía» y a la que no se ha prestado Merleau-Ponty. Se tratan asuntos bien conocidos, pero tra­ tados de otra manera. Como anteriormente lo hicieron el Husserl de la primera época y Aron Gurwitsch, Sartre concibió la conciencia como un campo de conciencia sin Yo al que el Yo le es tan trascenden­ tal como las cosas. Como sus paradigmas alemanes, subraya la inten­ cionalidad del sentir y el tenor básico de los estados de ánimo, pero deduce la magia de los sentimientos a partir de un autohechizo (Selbstbehexung) y un autocautiverio (Selbst-fesselung) de la conciencia, y la ve en oposición al comportamiento racional del mundo [Weltverhalten). Finalmente, descubre la idiosincrasia del poder propio de la ima­ ginación, pero a diferencia de Husserl ésta para Sartre no significa nin-

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guna modificación del «modo primitivo» (Urmodus) de la percepción, sino la enajenación de la misma que conduce a la néantisation del mun­ do real por la imaginación. En el enfrentamiento reiterado entre dos modos de ser, la espontaneidad, la transparencia y la ligereza de la con­ ciencia que ella misma desconoce el «afuera» (dehors) (La transcendence de l'Ego, 1965, 67), y la inercia (inertie) y la opacidad (opacité) de las cosas, se viene preparando una dialéctica del Ser y la Nada que cons­ tituye el soporte de toda su obra posterior. En 1943, en plena agitación bélica y de la resistencia, se publica la obra de Same quizá más importante desde el punto de vista filosó­ fico, L'étre et le néant, que prepara el existencialísmo de los años de la posguerra. Este «esbozo de una ontología fenomenológica», como reza el subtítulo, está repleto de descripciones atribuibles a una feno­ menología de la conciencia existente, pero estas descripciones no sólo están entremezcladas con un dualismo cartesiano radicalizado, sino tam­ bién se encuentran ahí los conceptos de la dialéctica hegeliana que Alexandre Kojéve, en sus clases magistrales, había ya sintonizado con el existencialísmo. La ontologización de la fenomenología por Sartre pue­ de entenderse como la explosión de la intencionalidad de Husserl. La diferencia significativa del «algo como algo» ietwas ais etwas) que sirve de puente que une la sima entre realidad y vivencia, se convierte en abismo ontológico donde no hay nada que sirva de puente. La feno­ menología de aquello que se muestra se desintegra en una doble transfenomenalidad del Ser. Las cosas en sí (die an sich seienden Dinge) son aquello que son, en una positividad pura carente de sentido (in reiner sinnloser Positivitdt), y la conciencia les confiere sentido siendo para sí misma nada más que néantisation pura, negatividad que confiere sentido, libertad pura. Una conciencia que en su facticidad depende al mismo tiempo de un Ser que ella misma es, no siendo aquello que es —o sea, desprendiéndose constantemente de sí misma—, se ve arras­ trada por la vorágine de un Afuera (Aussen) del que no forma parte pero que le ocurre. Le ocurre en los éxtasis temporales, en la distancia reflexiva hacia sí misma, en la transición hacia el mundo, y finalmen­ te en la mirada del Otro que me exterioriza en mi ser yo mismo y fracciona mi Dasein fáctico en una corporeidad vivida y un cuerpo reconocido. Este desgarramiento del Ser y del Dasein priva de funda­ mento cualquier teología. A pesar de ello, Sartre, en una especie de hegelianismo infeliz, sigue defendiendo el objetivo de un en-sí y para-

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sí autofundacional (sich selbst gründendes An-und-fiir-sicb), la meta de una deificación (Gottwerdung): «El hombre es una pasión inútil». No solamente mediante la fuerza de su arte descriptiva sino tam­ bién en sus ideas centrales, por ejemplo en la comprobación de la con­ tingencia que es común a todos los órdenes de sentido, y las roturas que hacen fracasar todos los intentos de totalización, Sartre se encuen­ tra próximo a otros fenomenólogos, como Merleau-Ponty y Levinas. Pero lo que le hace no abandonar viejas trayectorias, es aquello que Merleau-Ponty llama «diplopía ontológica» (diplopie ontologique) (1964, 219 y sig., aí. 216). Con esta doble visión el hombre sigue buscando de reojo una totalidad que obviamente le es negada. De este modo, Sartre, por un lado, no cae preso de un simple antropologísmo que entienda la humanidad como fait accompli, pero se mantiene el «etcé­ tera» infinito. Si Sartre posteriormente amplía el existencialismo a un humanismo comprometido moralmente y finalmente lo incorpora a un marxismo a ser humanizado —en su Crítica de la razón dialéctica, 1960—, sustituye la base de una existencia individual por aquella de la práctica individual, con lo cual no cambia nada decisivo en el ante­ rior trazado básico que promete un Todo y lo niega al mismo tiempo. Y si el filósofo ya entrado en años busca una nueva «moral del noso­ tros» que deje atrás su viejo dualismo y que parta de una realidad «en­ tre nosotros» [Obliques n. 18-19, 1979, 14 y sig.), entonces ahí se vis­ lumbra una fenomenología distinta que ya no pudo ser elaborada.

3. Maurice Merleau-Ponty: el anclaje corpóreo en el mundo Maurice Merleau-Ponty (1908-1961), amigo primero y después con­ trincante de Sartre que conjuntamente con él publicaba la influyente revista Les Temps Modernes, hasta que en 1955, por razones políticas, se interrumpió la colaboración entre los dos, constituye, en varios as­ pectos, el antagonista de Sartre. Meríeau-Ponty se halla desde un prin­ cipio más próximo a Bergson y Descartes, y desarrolla una forma de fenomenología en la que la corporeidad no sólo marca la frontera fáctica de los proyectos humanos, sino que presenta su punto de anclaje y les confiere vitalidad. Como escribe Merleau-Ponty en sus primeros esbozos de trabajo (Waldenfels, 1983, 149), en su riqueza mediadora el cuerpo nos abre una «tercera dimensión», más acá de la conciencia y la naturaleza puras, de actividad y pasividad, de autonomía y depen-

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dencía, más acá también de un saber reflexivo y positivo. La calami­ dad de un permixtio la convierte Merleau-Ponty en la virtud de una ambiguité que soslaya cualquier interpretación unívoca. Con la trans­ formación de la conciencia en existencia corpórea {leibliche Existenz) donde ella misma forma parte de lo que va construyendo, la estructu­ ra trascendental sufre modificaciones profundas. Esta transformaciónreconstrucción {Vmbau) preocuparía a Merleau-Ponty hasta el final de su vída, y de esta manera la obra de este pensador que como nin­ gún otro influyó decisivamente en la fenomenología francesa, no se puede ver exclusivamente como labor en la fenomenología sino más aún como labor sobre la fenomenología. Las posibilidades que nos ofrece la fenomenología existencial nos las muestra Merleau-Ponty en sus dos primeras obras, en La structure du comportement (1942), pero sobre todo en la Phénoménologie de la perception (1945), que marca la pauta de todo lo que seguiría. Aquí se nos abre un paisaje polifacético y denso que tanto se escapa a la visión rápida como al aprovechamiento (Verwertung) ideológico. A di­ ferencia de Sartre, Merleau-Ponty retoma directamente al último Husserl tomando en consideración los escritos postumos, como Ideas II y Crisis. Con ello, pasan a ocupar un lugar destacado términos como mundo de la vida, doxa primaria (JJrdoxa), fundación primaria (Urstiftung), sedimentación, síntesis pasiva y poder corpóreo {leibliches Kónnen), o sea, términos que articulan el «logos del mundo estético» de Husserl. Además, las ciencias humanas en toda su amplitud encuen­ tran entrada al análisis fenomenológico: entre otras, la psicología in­ fantil que en un primer momento tenía que enseñar Merleau-Ponty en la Sorbonne, como predecesor de Piaget; y sobre todo la teoría de la Gestalt que, mediante la diferenciación de forma y razón y con la suposición de una autoorganización del campo de la experiencia, so­ cava profundamente el prejuicio de un mundo que existe empírica­ mente o que ha de ser construido intelectualmente. Donde otros hablan de «existencia», Merleau-Ponty habla, en un primer término y enfocando concretamente, de comportamiento (Verhalten). Las figuras concretas, las estructuras y los campos de los que parte no son ni cosas reales ni ideas terminadas, sino formas de apa­ riencia y organización; el comportamiento corpóreo correspondiente no se distribuye entre mecanismos ciegos y actos conscientes —responde a las exigencias de la situación siendo capaz de algo nuevo que se sus­ trae a las normas vigentes. En su segunda obra, la «existencia» se pías-

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ma en una intencionalidad actuante (fungierende Intentionalitát) que en la percepción desde siempre ha estado actuando pero no sólo ahí, sino igualmente en todo comportamiento motor, afectivo, sexual, lin­ güístico, cultural y social. La percepción no constituye sólo un mero fenómeno entre otros, síno es un fenómeno básico. Digamos lo que digamos y hagamos lo que hagamos, desde siempre hemos tenido con­ tacto con un mundo, el cual, sin embargo, se nos abre sólo en pers­ pectivas y horizontes limitados. El mundo es inacabado, nuestra expe­ riencia inconcluida. La seguridad absoluta sería contraria a las leyes de la experiencia. El leitmotiv de la percepción se une al motivo de la corporeidad (Leiblichkeit). Nuestro propio cuerpo nos abre distintas dimensiones de experiencia. Nos vincula con el correspondiente Aquí (Hier) a partir del cual se abren márgenes de movimiento. Sintiendo se encuentra en armonía o disarmonía con los ritmos del acontecer mundano, percibiendo investiga la pluralidad de las cosas. En los ges­ tos del lenguaje corporal y verbal, confiere sentido en la forma de expresión creadora. Finalmente, la existencia corpórea se amplía a coexistencia cuya intercorporeidad (intercorporéité) se encuentra en alian­ za con un intermundo (intermonde). Constituye el fondo anónimo del que parte toda diferenciación social y que ninguna forma social puede agotar. Lo propio y lo ajeno se compenetran permanentemente como naturaleza y cultura. Lo pre-dado corpóreo (leibliche Vorgegebenbeií) significa, finalmente, un retraso en el tiempo que confiere a todo pen­ sar y todo actuar el carácter posterior de un retomar o reactuar, de una repuse. Al igual que existe un campo de la percepción, existe tam­ bién un «campo de la libertad» (Hua, III, 195). También la libertad de la actuación se remite a situaciones a la que responde, y se halla incorporada a estructuras donde se materializa. Un campo de actua­ ción convierte en más viable esto, dificulta más aquello, excluye aquel otro, sin obedecer a una ley del Todo o Nada que sólo permitiría ac­ tuaciones soñadas. Esta fenomenología de la praxis que se mide en la percepción, se halla en contraste evidente con la enseñanza de li­ bertad de Sartre hasta en lo político (véase cap. 11.2). Esta filosofía se ha denominado «filosofía de la ambigüedad» (De Waelhens, 1951). Esta caracterización no es incorrecta, pero ella mis­ ma resulta ambigua. En su trabajo de candidatura, redactado antes de ser llamado al Collége de France, en 1952, Merleau-Ponty distingue entre ambigüedad buena y ambigüedad mala. SÍ el ni-ni anticartesia­ no se presenta como solución positiva, entonces también el tanto-como

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resulta ser una simple «mezcla de finitud y universalidad» donde si­ guen infiltrándose viejos elementos que no han cambiado. Surge en­ tonces el peligro de que las tareas de la conciencia trascendental senci­ llamente se traspasen a la existencia corpórea y se trasladen a un pre-ámbito (Vorbereich) (pre-mundo, pre-ego, experiencia pre-predícativa, etc.). Lo que es prioritario permanecería provisional en cuanto a un Todo por venir que nunca llegará. La mera concreción de la fenome­ nología trascendental no estaría en mejor posición que el atentismo [Attentismus] político, tan severamente juzgado por Merleau-Ponty. El que Merleau-Ponty haya visto claramente la fragilidad de tal ver­ dad in the long run, muestra sus intentos posteriores sobre los cuales trabajaba durante su actividad en el Collége de France, hasta el final de su vida. Le ayudaba en este proceso un estudio profundo de la lin­ güística estructural de F. de Saussure y Román Jakobson que tiene sus inicios ya a principios de los años cuarenta y le pone en contacto con Lévi-Strauss y con Lacan. Como antes la diferencia de forma y razón (Gestalt und Grund), se convierte ahora en parámetro el carácter dia­ crítico de símbolos dentro de una simbología. El sentido que es trans­ mitido a través de símbolos siempre es sentido indirecto, lateral, alusi­ vo, distanciado de cualquier acceso directo, asible sólo como «vacío determinado que ha de llenarse mediante palabras» (1960, 112); y lo que es válido para el lenguaje verbal, también lo es para el lenguaje pictórico al que Merleau-Ponty va dedicando cada vez más atención. Proust se convierte en testigo de una paradoja de la expresión que con­ siste en que «traducimos una experiencia que se convierte en texto jus­ to a través de la palabra que ella evoca» (1968, 41). La frase de Husserl, muchas veces citada, que dice que es necesario «que la experiencia muda se pronuncie acerca de su sentido propio», la entiende Merleau-Ponty como llamamiento a la expresión creadora que deje de correr detrás de ningún texto original sino que lo reescriba una y otra vez. Ahí, cualquier nueva fundación de sentido resulta ser una desviación (écart), cualquier nueva formación resulta ser al mismo tiempo deformación (déformation), como se dice retomando Valéry y el formalismo ruso. Lo que se viene preparando en el campo de la literatura y de la pintura, en ensayos como La prose du monde (obra postuma, 1969) y L'oeil et l'esprit (1961), se desarrolla plenamente en la obra inconclu­ sa Le visible et ¡'invisible, editada por Claude Lefort en 1964, a partir del legado que consiste en un tercio en apuntes de trabajo. Ahí, MerleauPonty somete su fenomenología anterior de una existencia corpórea

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a una «interpretación ontológica» posterior, eliminando las huellas res­ tantes de una filosofía de la conciencia y filosofía del sujeto —una re­ visión acompañada de una intensa lectura de los textos de Husserl y de Heídegger. La fenomenología de la percepción que aún tenía en el cuerpo su punto de referencia ambiguo, se convierte en ontología de la visión. La visión (das Sehen) deja de ser acto de un sujeto y se con­ vierte en acontecer que ocurre entre el que ve, lo visible y el Otro que ve también (zwischen Sehendem, Sichtbarem undMitsehendem). A continuación hacemos referencia a algunas características básicas de esta revisión. 1. El mismo sentido de la experiencia aparece ahora como desvia­ ción, como diferencia: algo aparece diferenciándose de algo distinto y destacándose de un trasfondo, y lo mismo es válido para un alguien que sobresale de determinado campo social. 2. De este modo, la «tercera dimensión» se convierte en espacio donde algo aparece, se convierte en texture, membrure, jointure, charniere donde se va ubicando lo que aparece, se convierte en el elemento del que procede y dentro del cual se mueve, estando así distanciada de cualquier subjetivación unilateral. El cuerpo (corps), que es mío o nuestro, se amplía a «carne» (chair) que se propaga a las cosas, a los Otros, al tiempo y a las ideas. Categorías como «quíasmo», «reversibi­ lidad», «entramado» (entrelacs) dicen que «lo original está reventan­ do» (1964, 165, al. 165). El Ser ya no se halla delante de nosotros sino alrededor de nosotros, un étre brut o sauvage que no puede ser agota­ do por ningún poder de imaginación (Vorstellungskrafi) o poder de creación (Herstellungskrafi). El anterior pre-ámbito (Vorbereich) se con­ vierte en ámbito intermedio (Zwischenbereich) donde todo queda de­ terminado por destacarse de lo otro. 3. A lo visible le subyace un invisible que no sólo es invisible de hecho como algo en el mundo, ni tampoco es invisible de modo abso­ luto como algo allende el mundo, pero que más bien como «algo invi­ sible de este mundo» (obra cit., pág. 198) forma parte de éste. Esta «for­ ma originaria del en-otra-parte» (originare Form des Anderswo) conlleva a que la conciencia misma tenga su «área en blanco» (btind spot), que existe un «inconsciente del consciente» (obra cit., pág. 308). 4. Pero este Ser que se muestra precisamente por sustraerse a la mi­ rada, sólo es comprensible en el ente, o sea, de forma indirecta y como excedente (Uberschuss). Cualquier acceso directo acabaría en exorcis­ mo y silencio. Como «ontología indirecta» la ontología estructural de

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Merleau-Ponty sigue formando parte de la fenomenología. «El filóso­ fo», reza el ensayo de Husserl de 1959, «lleva consigo su sombra que significa más que sencillamente la ausencia real de una luz por venir.» No se trata de saltar esta sombra sino de incluirla en el razonamiento. La «razón corpórea* de Merleau-Ponty {véase Métraux/Waídenfels, 1968) ha continuado actuando, normalmente de modo indirecto pero al mismo tiempo de múltiples maneras; a menudo también de forma subyacente, como en Foucault o Lyotard. Pero su pensamiento encon­ tró un lar muy especial en Lovaina, bajo Alphonse de Waelhens (1911-1981), intérprete y traductor de Heidegger, que elaboró la pri­ mera amplia introducción al pensamiento de Merleau-Ponty, con el título de Une philosophie de l'ambigüité (1951), y que sigue elaboran­ do la idea de las ontologías implícitas prefílosóficas en su escrito La philosophie et les expériences naturelles (1961), Mientras De Waehlens posteriormente iría a buscar en Lacan una salida de las angosturas de una fenomenología existencial, el filósofo bruselense Marc Richír re­ toma directamente la última ontología de Merleau-Ponty, elaborán­ dola de forma especulativa (véase cap. 7.6).

4. Emmanuel Levinas: en el rostro del Otro Con Emmanuel Levinas (1906-1995) se introduce una tonalidad ex­ traña en la fenomenología francesa, la tonalidad de una rotura irrevo­ cable y de una evasión de cualquier tipo de orden, sea ontológico, his­ tórico o ambas cosas al mismo tiempo. De Vévasion es el título de un primer escrito que refleja el sentir de la época. Las cosas mismas desde siempre son otras y en otro lugar; se trata de comprobar su otredad (Andersheit) sin incorporarlas a un orden preestablecido. Con ello, al logos de los fenómenos se le exige una peculiar forma de ab-dicación (Ent-sagung). Levinas es descendiente de una familia judío-lituana, pero muy temprano optó por la nacionalidad francesa. Sus estudios en Es­ trasburgo, con Jean Heríng, así como su estancia en Friburgo, con Hus­ serl y Heidegger, le puso en contacto directo con la fenomenología. En 1930 se publicó, como primera monografía francesa sobre Hus­ serl, su tesis La théorie de l'intuition dans la phénoménologie de Hus­ serl, y, conjuntamente con G. Pfeiffer, tradujo las Meditaciones carte­ sianas. También a él le alcanzaron los acontecimientos de la época: sus familiares lituanos acabaron víctimas de la persecución de los ju-

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dios, él mismo sobrevivió como oficial francés en campos de prisio­ neros de guerra alemanes. Los horrores de la guerra y del holocausto repercuten en su pensamiento. Después de la guerra, se publica una serie de trabajos menores sobre Husserl y Heidegger, así como un en­ sayo singular, Le temps et l'autre, de 1947, donde ya se anuncia el asun­ to central (Leitthema) —hasta que se haga oír claramente su propia voz, en las dos grandes obras Tbtalite et Infini, de 1961, y Autrement qu'étre ou au-dela de l'essence, de 1974. Levinas sólo ha rozado las distintas tendencias del existencialismo, marxismo y estructuralismo pero se­ guía fiel a la orientación fenomenológica básica, al igual que a sus orí­ genes judíos. En Tbtalite et Infini apunta contra el pensar y planificar totalita­ rios que para Levinas —confirmado por la obra Stern der Erlósung6 de Franz Rosenzweig— forma parte de la hipoteca de la razón occi­ dental. Totalidad quiere decir orden global que viola al individuo, mi­ diéndolo bajo el criterio de su aportación al conjunto. El egoísmo del individuo no se rompe de esta manera, sino se amplía y se multiplica en una guerra de todos contra todos. Sólo se le puede romper median­ te un infinito que sobrepasa nuestro concepto de él y que de este modo se sustrae a la garra totalitaria. Con ello, Levinas evoca la idea del infi­ nito de Descartes, pero la transforma lanzando mano del concepto de intencionalidad de Husserl. Subraya aquellos momentos que rompen el círculo de la autointerpretación trascendental, mediante un «exce­ dente» {Übersckuss) en el significado (Hua, XLX/2, 660; también Hua, I, 151). Una intencionalidad que siempre viene acompañada de hori­ zontes de un sentido implícito, que se nutre de «impresiones prima­ rias» (Urimpressíonen) y que, como acontecimiento temporal, man­ tiene una distancia originaria hacia sí misma, socava la primacía de un concepto que se plantea un presente total (1967, 125 y sigs.). Con la tematización de la extrañeza (Fremdbeit) como la «accesibilidad de lo originalmente inaccesible» (Zugdnglicbkeit des original Unzuganglichen) (Hua 1,144), el mismo Husserl se acerca a la paradoja de un ente que sólo es él mismo existiendo no totalmente como él mismo. El camino que nos lleva ahí no pasa por una concreción de la conciencia trascendental, sino por el rompimiento de la esfera de la conciencia me­ diante aquello que resulta literalmente incomprensible. El movimien6. Prólogo de Levinas para: Stéphane Moses, System und Offenbarung. Die Philosopbie F. Rosenzweigs (Übergange 11), Munich, 1985.

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to del traspaso tiene su inicio en un sujeto que Levinas no piensa como centro de actuación o, menos aún, como sustancia, sino como un ser mismo (Selbst, soi) que, mediante el disfrute, el trabajo y la propiedad, se acomoda en el mundo. Esta economía (Ókonomié) posee rasgos de lo que Merleau-Ponty describe como formar-parte corporalmente {leibliche Zugehórigkeit) del mundo, y Heidegger como «morar», con un nítido predominio de lo ético. Lo que antes se llamaba solipismo tras­ cendental, existencial o vivido, se convierte en egoísmo vivido que en­ cuentra su suficiencia, pero también su independencia, en la satisfac­ ción de necesidades finitas. El punto de anclaje de este traspaso lo constituye el Otro. No nos encontramos con él fuera del mundo, pero tampoco es de este mundo. Lo que se nos enfrenta, materializado en el rostro humano (visage), no es ningún fenómeno entre otros sino la «Epifanía» del Otro que, en su trascendencia, su exterioridad, su sublimidad y su extrañeza, despierta un deseo (désir) infinito y que ex­ presa una demanda a la que sólo somos capaces de corresponder a tra­ vés del don, del don del discurso, y mediante una actitud de hospitali­ dad. Esta demanda nos deja desarmados porque se anticipa a todas las intenciones y a todos los proyectos; cuestionando el ser-mismo, nos integra en la libertad del responder. A cualquier forma de ontología que piensa el ente a partir de una unidad, Levinas le opone una metafísica que atribuye al Ser-mismo pluralidad y alternidad, separación y distancia, hasta en el mismo acto de creación divina. Esta metafísica constituye al mismo tiempo una ética porque la otredad radical no puede ser comprendida en ninguna parte de otra manera que no sea en la exigencia que escucho como enseñanza y como mandamiento, y a la que respondo —también la negación sería una respuesta. Aquello a lo que respondo es anterior a algo que se muestra. El intento de Levinas tiene que ver con una genealogía de la moral; también, indirectamente, con la religión que no acompaña la genealogía de la hussleriana lado a lado, sino que la precede. En este sentido, se puede hablar en palabras de Stephan Strasser (Waldenfels, 1983, cap. TV) de una ética como «filosofía primaria» (Erste Philosophie). En sentido estricto, Levinas no socava solamente la perspectiva de un Todo (Ganzes), sino también el regreso a un Primero (Erstes). Esto se ve con toda claridad en su segunda gran obra. Ya el título, Autrement qu'étre ou au-dela de Pessence, no sólo se desmarca de la enseñan­ za del Ser, sino también del Ser de Heidegger como «ente» verbal o

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como «suceso» (Ereignis), y lo hace ahora evocando la idea de lo Bue­ no (Idee des Guten) de Platón que apunta «más allá del Ser». Ya en sus primeros escritos Levinas entiende por Ser un «hay» monótono, anónimo, que más bien hace pensar en Sarte que no en Heidegger, pero tampoco el Ser como un «claro» (Lichtung) que permite estar o no estar, o como «aliento» (Zuspruch) anónimo al que debemos co­ rresponder, se escapa a las objeciones de Levinas. Algunos acentos an­ teriores se ven reforzados. El Otro aparece como El en una illéité, como se dice con reminiscencias bíblicas, o como huella (Spur) que ha deja­ do al pasar, desvanecido en un prepasado que nunca fue presente, anár­ quico, es decir, apartado de cualquier arkhé. Ahí se ve una clara dis­ tancia frente a una filosofía dialogante (Dialogphitosophíe), del género de Martín Buber, que sigue enredándose en la circuíaridad de I b y Tú. La pasividad del cuerpo que ya desempeña un papel en Husserl y en Merleau-Ponty, se convierte en patience que se manifiesta como «paciencia de la vida» (Geduld des Lebens) en la pena de la fatiga, del esfuerzo laboral, en el dolor y en la vejez, pero también en formas éticas del sacrificio, de la suplencia, de la fianza por el Otro que pre­ cede a cualquier iniciativa. La relación con el Otro que, como respuesta a una demanda deja detrás suya cualquier comparación y, por consi­ guiente, se mantiene asimétrica, se ve completada por el Tercero, o sea, por la mirada de la justicia que «compara lo incomparable», sin equi­ pararlo, Finalmente, se distingue entre lo dicho (dit) que se deja siste­ matizar en su sincronía, y el decir (diré) que se dirige a alguien y que, como acontecer temporal, queda vinculado a la diacronía. En este pun­ to, Levinas aplica una forma especial de reducción fenomenológka para contrarrestar la absorción del decir por lo dicho en el reiterado des­ decir (dédiré). Por supuesto, esta reducción no nos reconduce a una conciencia del Otro, sino al discurso hacia el Otro, al Otro in statu dicendi. Sin embargo, se podrá preguntar —como ya lo hace insistentemen­ te Jacques Derrida en su ensayo «Metaphysique et violence» (en Derrida, 1967)— si no cualquier discurso, también el discurso directo, acon­ tece en el medio de un logos, de modo que las huellas de una violencia «trascendental» o «metafísica» no puedan ser borradas nunca totalmen­ te. La extrañeza del rostro humano, comprendida por Levinas no como experiencia directa sino como excedente (exces, excédant), siempre cons­ tituye un extraordinario que presupone como tal los órdenes sociales y campos sociales que sobrepasa, y que de este modo no se desvincula

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definitivamente de la injusticia inherente a cualquier «comparación de lo incomparable». Lo ético nace prácticamente de una «diferencia éti­ ca». Ello explica el que en cualquier ética estén presentes determina­ das tradiciones, en este caso, la tradición judaica del Antiguo Testa­ mento. También la rotura con la continuidad de la Historia acontece aquí y ahora, de cualquier manera (so oder so); la exigencia del Otro es singular, pero tampoco constituye un singulare tantum. Estaría ser­ vida una disputa entre Levinas y Foucault, con Husserl como tercero problemático en el trasfondo.

5. Paúl Ricoeur: la ambigüedad del sentido Con Paúl Ricoeur (1913) la fenomenología francesa alcanza su fase de consolidación. En 1950, coincidiendo con la inauguración de la Husserliana, se publica la traducción de las Ideas I realizada por Ricoeur y completada por un extenso comentario. Con ello se inicia también en Francia una importante labor alrededor de los textos fuente de la fenomenología. Con gran apertura al diálogo, Ricoeur, primero como profesor en París, Nanterre y más tarde en Chicago, así también como colaborador de la revista Esprit (que en 1988 dedicó un número espe­ cial a Ricoeur), y finalmente como autor de numerosos estudios pun­ tuales sobre temas de fenomenología, desde entonces ha venido con­ tribuyendo de forma esencial a que la fenomenología conociera sus propias posibilidades y limitaciones, y que aprendiera a dar respuestas a los nuevos desafíos del psicoanálisis, del estructuralismo y de la filo­ sofía analítica. En 1961, aceptó la dirección del Archivo Husserl de París, y más tarde fundó ahí un centro de estudios fenomenológicos y hermenéuticos que continúa su labor bajo la dirección de JeanFrancois Courtine y Didier Franck. Como fenomenólogo autónomo, Ricoeur se destaca con la exten­ sa y detallada obra Philosophie de la volante cuyo primer volumen se publicó en 1950, bajo el título de Le volontaire et l'involontaire. Esta obra constituye un paradigma de aquello que Ricoeur entiende como «fenomenología existencial», de forma parecida a la Pbénoménologie de Vexpérience esthétique, de Mikel Dufrenne, publicada en 1953 (véase cap. 10.9). Bajo la simultánea influencia de Husserl, por un lado, y de Gabriel Marcel y Jaspers, por otro lado, Ricoeur quiere mantener una tensión viva entre la objetividad de la conciencia intencional, del

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secreto de la encarnación y de una posible participación en el Ser. En este sentido, fenomenología descriptiva significa «el filo de demarca­ ción que separa la verborrea romántica de un intelectualismo sin pro­ fundidad» (1950, 20). En la exposición temática, Ricoeur comprende la actuación como cumplimiento de una intención práctica que con­ vierte una decisión en un hecho; la decisión y la actuación intenciona­ les tienen su raíz, a su vez, en la esfera corpórea de lo no intencional (das Unwillentliche), donde tienen su origen los motivos y los impul­ sos; finalmente, también lo inmutable {das Unabdnderliche), en forma de carácter, inconciencia y sucesos de la vida, se integra en el ciclo del «yo quiero», en la medida en que está sujeto a un consentimiento (o una negación). En el horizonte está la esperanza de una reconcilia­ ción entre libertad y naturaleza que demanda una «poética de la vo­ luntad», es decir, el «arte de invocar el mundo de la creación» (1950, 32). Este baile «hiperfenomenológico», como se expresaría Marcel, que va in crescendo, desde la descripción objetiva hasta la invocación poé­ tica, se ve interrumpido súbitamente por un fenómeno de difícil trato que no cabe en ninguna teoría de la esencia: por el mal que se remon­ ta a un acontecimiento transhistórico de la falta y que sólo puede ser abarcado de forma indirecta en el lenguaje de los símbolos. Con el segundo volumen, Finitude et culpabilité, de 1960, la fenomenología de la voluntad entra en las corrientes de una hermenéutica que, gra­ cias a sus estudios teológicos, ya de por sí le era próxima al autor pro­ testante. En el campo en continua expansión de los símbolos religio­ sos, símbolos del inconsciente, textos, metáforas y estructuras de narración, la fenomenología en algún momento se rebaja a ser ingre­ diente de una hermenéutica. Pero no acaba siendo secundaria. De este modo, en su libro de Freud de 1965 —que inequívocamente se encuen­ tra bajo el signo de la interpretación—, Ricoeur le da crédito a la feno­ menología como forma filosófica de reflexión que mediante la acen­ tuación de momentos de la conciencia implícitos, no reflejados, pasivos, carentes de intuición y extrañezas, se acerca al psicoanálisis del incons­ ciente más que cualquier otra filosofía. No obstante, la transforma­ ción de la «anti-fenomenología» de Freud, que según Ricoeur no con­ siste en una reducción a la conciencia, sino en una reducción de la conciencia misma (412), en una «fenomenología inversa de lo imper­ sonal y neutral» (429), ya no se deja en menos de una descripción fenomenológíca sino de la descodificación hermenéutica. Para La métaphore vive, de 1975, la teoría fenomenológica de la significación

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desempeña un papel tan imprescindible como para Temps et récit, de 1983 a 1985, las teorías del tiempo de Husserl y Heidegger, para ni mencionar eí pensamiento del Ser y del lenguaje (Seins- und Sprachdenken) de Heidegger que, sin embargo, en la alternancia de respuesta y apropiación vuelve a ser reconducído una y otra vez a las trayecto­ rias circulares de una filosofía de la reflexión. En su gran obra Soi-meme comme un autre (1990), donde intenta salvar de la filosofía del cogito, inclusive de la teoría del sujeto de Husserl, tanto cuanto sea posible y el mínimo que sea necesario, desarrolla una teoría del ser-sí-mismo (Selbst) que se va alejando cada vez más de un aseguramiento teórico, dirigiéndose hacia una adscripción práctica y finalmente hacia un tes­ timonio ético. Eí Mismo nace de la reflexividad del «se» (sich), se des­ marca como ipse personal de un mero idem, y queda finalmente deter­ minado en relación a una triple otredad (dreifache Andersheit), una otredad de nuestro propio cuerpo, del Otro y de la conciencia (Gewissen). La descripción fenomenológíca y el análisis lingüístico coparticipan en esta «hermenéutica del ser-mismo» (meme). Por consiguiente, ¿se trata de una fenomenología que no sólo se transforma gradualmente en hermenéutica, sino que vuelve a regresar una y otra vez a sí misma? Ricoeur, de modo parecido a su intérprete Don íhde (1971), se pronunció en su momento a favor de la fórmula unitaria, ya familiar desde Heidegger, de una fenomenología herme­ néutica —por ejemplo, en la correspondiente ponencia de 1975. Libe­ rada de sus barreras idealistas, así reza la ponencia, la fenomenología constituye una condición previa insuperable de cualquier hermenéu­ tica. Primero, ofrece una teoría general del sentido y con ello garanti­ za la dicencia (Sagbarkeit) de la experiencia; segundo, en la epoché guarda distancia frente a la viviencia inmediata, y con ello es paradigmática para un distanciamiento hermenéutico en cuanto a las tradiciones que deben ser apropiadas críticamente; tercero, el envolvimiento de la sig­ nificación verbal en estructuras de experiencia pre-predicativas posi­ bilita la ampliación de la hermenéutica a documentos no verbales. Al revés, la misma fenomenología está sujeta a condiciones hermenéuti­ cas, ya referidas por Husserl en el «carácter de comprensión e inter­ pretación de la percepción», (Auffassungs- und Deutungscharakter der Wahrnehmung) así como en la «interpretación» (Auslegung) de hori­ zontes de experiencia. Ricoeur afirma una complementariedad seme­ jante para la fenomenología y la filosofía analítica. En su contribu­ ción a una colección recopilada por D. Tiffeneau, La sémantique de

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l'action (1977,113-122), retoma expresamente la recomendación de Austin de una ¿inguistic phenomenology. Los enunciados verbales encuen­ tran su fundamento en la experiencia, pero, ai revés, la experiencia sólo encuentra expresión en enunciados verbales. A su vez, es «lo funda­ mentalmente decible» lo que posibilita una teoría de los enunciados verbales/ Si además se toma en consideración el hecho de que frente a teorías lingüísticas estructurales y analíticas más de una vez se ha pregonado la reducción fenomenológica como camino que lleva al «lu­ gar de nacimiento» de signos y símbolos verbales (1969, 253-257; en Kuhn et al.: Münchener Phanomenologie, 1875, 117-120), entonces sur­ ge el siguiente cuadro: no obstante todas las demás divergencias, Ricoeur considera el sentido como «lugar de intercambio» entre feno­ menología, hermenéutica, semiótica y análisis lingüístico, y de modo parecido como el Merleau-Ponty de los últimos años, vuelve a refor­ zar la fenomenología precisamente en momentos en que la esfera ver­ bal amenaza con encerrarse en sí misma en forma de íingualismo [Lingualismus) —como si todo fuera, lengua y como si ésta como tal no tuviese también un «cuerpo del lenguaje» (Spracbleib) para decirlo en palabras de Husserl.

6. Tendencias más recientes En la filosofía francófona de la última década se puede decir que ha amainado el estructuralismo y que se ha asistido al decaimiento del marxismo. Se puede hablar de un reavivar disperso de la fenome­ nología sin que ésta hubiese realcanzado su otrora predominante po­ sición. También ahí se ha iniciado mientras tanto una Intensa investi­ gación, a partir de los textos, de Husserl y Heidegger. Esta labor ha alcanzado el nivel de una filosofía contemporánea en investigadores como H. Birault, G. Granel, F. Dastur, D. Franck, M. Haar, así como en los belgas francófonos M. Richir y j . Taminiaux. Además, hay toda una serie de autores, como R. Brague, J. F. Courtine, D. Janicaud, J.-L. Marión, E. Martineau y J.-F. Mattéi, que en su mayoría han pasado 7. Estas ideas encuentran su continuación sistemática en Jean-T.uc Petit: Uaction dans la philosophie analytique, París, 1991; revisando críticamente las teorías analíticas de actuación, el auior insiste, frente a expresiones de actuación y enunciados de actua­ ción, en una experiencia genuina de actuación.

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por la escuela de Jean Beaufret y Pierre Aubenque y en los cuales la «superación de la metafísica» (Verwindung derMetaphysik) ha llevado a un nuevo proceso de repensar la historia de la metafísica. Las desvia­ ciones de enfoque, los saltos en el conocimiento y las mutaciones ya no se encubren más con el velo gris del olvido del Ser (Seinsvergessenheit). Al igual que el volumen publicado por J.-L. Marión y G. PíantyBonjour, Phénoménologie et métaphysique (1984), se publicaron mu­ chos escritos en la renombrada colección Epiméthée, fundada por J. Hyppolite y que ahora continúa bajo la dirección de J.-L. Marión. Independientemente de todo ello, ha vuelto a emergir desde el ol­ vido la filosofía de Merleau-Ponty, sobre todo su última obra antes poco tenida en cuenta (Esprit, junio de 1982; Métraux/Waldenfeís, 1986). En este contexto, merece igualmente mención especial la exten­ sa obra del belga Marc Richir (1943). Richir retoma expresamente la última ontología de Merleau-Ponty, pero también tiene en cuenta los textos clásicos de Kant, Fichte y Schelling para llegar a un lugar Más allá del cambio copernicano (Jenseits der Kopernikanischen Wende) (1976), ahí donde un «sentido salvaje» {wilder Sinn) se le ofrece al Hombre y se le sustrae al mismo tiempo. Con una serie de Investigaciones fenomenológicas (1981, 1983), donde procura analizar la fenomenalización de los fenómenos, y en otras investigaciones fenomenológicoontológicas alrededor del tema Phénomenes, temps et étres (1987,1988), donde ensaya una «eidética sin términos» (Eidetik ohne Begriffé) y donde destaca el sentido excedente de instituciones simbólicas, gira alrede­ dor del «apeirón del campo fenomenológico» (Apeiron des phánomenologischen Feldes), donde conviven la libertad del Hombre y la inde­ terminación del Ser.8 En lo referente a Paúl Ricoeur, ha venido exponiendo su fenome­ nología reiteradamente a nuevos impulsos teóricos. La no incontroversa pero persistente presencia de su obra (Esprit, julio-agosto de 1988) se adentra bastante en el área de lafilosofíapolítica, al igual que la de Merleau-Ponty. En los decididos intentos poscomunistas de volver a repensar las instituciones y constituciones políticas —penser le potin­ que, como se dice una y otra vez—, no sólo desempeñan un papel im­ portante los autores del anterior grupo «Socialísme ou barbarie», es 8. Igualmente otras muchas obras de orientación fenomenológica que se publican continuamente en Edition Ousia (Bruselas), así como en la publicación realizada bajo los auspicios de Marc Richir, «Krisis», editorial Jerome Millón (Grenoble).

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decir, entre otros, Claude Lefort que se hallaba muy próximo a Merieau-Ponty, Marc Richir que expresamente le da continuidad, y Corneüus Castoriadis que le debe cosas importantes, sino se añaden igual­ mente estímulos provenientes del extranjero, específicamente de Hannah Arendt y Jan Patocka, los dos vinculados de modo distinto al pensamiento fenomenológico. El título de Pbénoménologie etpolitique que corresponde al escrito de homenaje a Jacques Taminiaux, pu­ blicado en 1989, evoca un interés recién despertado de nuevo que du­ rante bastante tiempo había estado arrinconado debido al enfoque unilateral de las cuestiones sociales. En la búsqueda de un «espacio pú­ blico de interacción e interlocución» ahí están reunidos los represen­ tantes más importantes de un concepto de política de orientación fe­ nomenológico. SÍ realmente se puede hablar de nuevos enfoques propiamente di­ cho en lo que se refiere a la fenomenología francesa, entonces será en el campo de la ética y de la religión donde se plantea con reciente ur­ gencia la cuestión de pretenciones {Ansprücbe) ineludibles, para con­ trarrestar conceptos sociohistóricos predominantes durante mucho tiempo. Si la verdad o lo Bueno no son el Todo, ¿qué son entonces? Sin embargo, sólo hasta cierto punto se puede hablar aquí de nuevos enfoques, puesto que los cambios de orientación remontan a bastante tiempo atrás. El sentir público de la época (der óffentliche Zetígeist) ha alcanzado a los pensamientos, algo que en una metrópolis como París, con su acelerado ritmo de vida, pasa con menos frecuencia que en otros lugares. En primer lugar, cabe pensar aquí en Emmanuel Levinas cuyas ideas experimentaron en la pasada década un impacto tar­ dío, y que precisamente por ello muestran un poder de atracción tan­ to mayor que alcanza incluso a Derrida y a Lyotard. De ello se ha hablado ya anteriormente. No obstante, no se ha mencionado aún la obra inusualmente dila­ tada de Michel Henry (1922), un autor extraordinariamente fértil, que hizo publicar en 1962 y 1965, respectivamente, sus dos tesis üessence de la manifestation y Philosopbie et phénoménologie du corps, y que —además de varias novelas, ha presentado interpretaciones sobre Marx (1976), sobre la genealogía del psicoanálisis (1985), sobre el «ver lo in­ visible» (Sehen des Unskhtbaren) en Kandinsky (1988)— vuelve a plan­ tear expresamente, en su más reciente escrito Phénoménologie matérielie, la cuestión del estatus de la fenomenología atribuyéndole su puesto decisivo en nuestro siglo. Frente a la intencionalidad de Husserl, fren-

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te a la extática (Ekstatik) en Heidegger, y frente al rostro del Otro como un Afuera (Aussen) irrevocable en Levinas, Henry radicaliza la feno­ menología, remontándose a Maine de Biran, como fenomenología de la vida que culmina en la vida del ser-mismo puro (reines Selbst), como afección pura del ser-mismo (reine Selbstaffektiori), como énfasis puro (reiner Pathos) y como «materialidad fenomenológica pura» (reine phdnomenologische Materialitat). La fenomenología se eleva a un Ser invi­ sible que no aparece. La vída que de cierto modo es sí misma (sich ist) —y nada más— adquiere características atribuidas a la tradición de una deidad a ser experimentada místicamente. En este sentido, Dominique Janicaud habla de un «giro teológico de la fenomenología france­ sa» (1991), en cuanto a estos y semejantes intentos de los últimos tiem­ pos que incluyen también los más recientes escritos de J.-L. Marión, un giro que en última instancia afectaría la esencia misma de la feno­ menología (Lebensnerv der Pbánomenologte). Un autoaparecer carente de distancias y de diferencias se sustraería a cualquier logos de la aparencia; dicho de forma paradójica, no habría nada que fuese indecible (nichts, was unsagbar ist). Más adelante volveremos aún a esta posibili­ dad extrema (véase cap. 10.10).

CAPÍTULO 8

LA FENOMENOLOGÍA COMO NUEVA CIENCIA DE LA VIDA (Italia)

Era peculiar el camino seguido por la fenomenología en Italia. A diferencia de Francia, por ejemplo, ahí tomó forma ya antes del surgi­ miento de la filosofía existenciai y sólo después de que aquélla perdie­ ra ímpetu, alcanzó su plenitud en los años sesenta, acompañada de un extraordinario renacimiento husserlíano (Sini, 1965; Zecchi, 1978; Verra, 1985).

1. Antonio Banfi: la apertura de la razón La labor de Antonio Banfi (1896-1957) fue determinante para in­ troducir la fenomenología en Italia. Cuando dio con los primeros es­ critos de Husserl, ya había pasado por la escuela de Marburgo, con la consecuencia de que la fenomenología adoptara ciertos rasgos de la interpretación de Natorp respecto a Kant y Platón. Por otro lado, Banfi —mucho antes de publicarse Crisis— extrae de la fenomenología una dinámica de la razón que deja atrás toda estática de esencia y todo autoaseguramiento de la teoría del conocimiento, en beneficio de una expe­ riencia al mismo tiempo copiosamente articulada y abierta a la histo­ ria. La «autonomía eidetica» de la que habla Banfi en su obra publicada en 1926, Principi di una teoría della racione, no debe entenderse ontológica sino metódicamente, como herramienta para un análisis crítico de la experiencia. En un artículo publicado en la edición dedicada a Husserl de la Revue internationale de Pbilosopbie, 1939 (Banfi, 1971), la universalización y la racionalización se convierte —de modo pare­ cido como en el último Husserl— en tarea infinita. Esta comprensión metodico-racional de Husserl tiene su continuidad en los estudios

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científico-lingüísticos de Gíulio Preti (1911-1972) recopilados en los Saggi filosofía de 1976. Además, Sofía Vanni Rovighi (1908-1990) ya en 1939 escribió una introducción a la fenomenología de Husserl donde se encuentran fenomenología y neotomismo.

2. Enzo Paci: campo de referencia del presente vivo El mayor mérito en estos esfuerzos por reavivar la fenomenología, que durante mucho tiempo había estado a la sombra del existencialismo propagado por Nicola Abbagnano (1923-1973), le corresponde sin duda a Enzo Paci (1911-1976) que durante décadas trabajaba en Milán y que en 1951 convirtió en órgano de este nuevo pensamiento la revis­ ta fundada por él, AutAut. El mismo fue discípulo de Banfi y volvió a la fenomenología a través del existencialismo y cierto relacionalismo principiado por Whitehead; previamente, se sometió a un profundo examen el legado de Husserl que a su vez constituyó el fundamento para una amplia y copiosa investigación de su obra (Omaggio a Hus­ serl, 1960). La disputa con E. Garin y P. Príni que se publicó en 1960 bajo el título Bilancio della fenomenología e dell'existenzialismo, Paci se pronuncia contra una fenomenología en que la racionalidad con­ creta del mundo de la vida se conforme de acuerdo con las necesida­ des unilaterales de las ciencias. En un apunte con fecha de septiembre de 1958, recogido en su Dia­ rio Fenomenologico publicado en 1961, Paci habla de una «fenómenologia relationalistica» y observa: «El existencialismo positivo es, qui­ zá, fenomenología en forma de relacionalísmo». Esta fenomenología relacional la desarrolla el autor en su escrito de 1961, lempo e verita nella fenomenología di Husserl, El punto de partida lo constituye la distancia temporal del pasado, «la primera forma del Otro en cuanto a mí que está dentro de mí» (1961, 60), Mi ser distinto abre el acceso al' ser distinto, a la otredad del Otro, e incluso a la otredad prehistóri­ ca de la naturaleza. Paralelamente a mí mismo experimento también todo lo demás y a todos los Otros, integrados en una relazionalita social y cósmica que a su vez tiene sus raíces en un suelo de vida no sólo prepredicativo y precategorial sino también preindividual: como las flores que brotan del suelo que acoge las raíces, como las islas que emer­ gen del fondo del mar. «Soy ..., sea la presencia del Todo, sea mi pre­ sencia en primera persona. Soy la interpretación del Todo» (1961, 243).

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La egología de Husserl abdica en pro de la alternancia entre implica­ ción y explicación, entre un Todo fluido y formas individuadas (individuierte Formen). Con lo primero se pierde también el Todo, pero no completamente. El origen pasado es comprensible como objetivo continuamente nuevo. Se nos ofrece una especie de revolución per­ manente del sentido. La visión de una fenomenología que —como reza la lección vienesa de Husserl— debe resucitar «de las cenizas del gran cansancio» como «ave fénix de una nueva interiorización y espirituali­ zación de la vida» (Hua, VI, 348), abre finalmente, también, perspec­ tivas políticas en forma de renovación del marxismo (véase cap. 11.3). No obstante, hay que preguntarse si esta fenomenología relacxonalista —que con el retorno a experiencias de relación navega tan hábil­ mente entre los extremos de un centraje subjetivísta (subjektivistische Zentrierung) y una interconexión estructuralísta {strukturalistische Vernetzung) de las relaciones de sentido— satisface suficientemente el con­ cepto de constitución de relaciones como acontecimiento contingen­ te que tanto nos abre como nos cierra espacios de relación. El «existencialismo negativo» que desarrolla un sentido para roturas, pér­ didas, vulneración y muerte, y el estructuralismo que insiste en la so­ lidez de las estructuras y las instituciones, se ven exorcizados con de­ masiado vigor, en beneficio de una totalidad de la vida en continuo proceso de licuefacción que a veces recuerda más a Whitehead o Simmel que al mismo Husserl. La proximidad al último Merleau-Ponty, a Levinas y a Derrida tampoco se puede negar, pero sólo tendría efec­ to si la otredad (Andersheit) se llevase a un nivel de extrañeza (Fremdheit) que fuese más que la simple consecuencia de una alienación de la vida a ser combatida. No por casualidad se produjo una gradual reorientación en el círculo de sucesión de Enzo Paci. Pier Aldo Rovatti (1942) que conjuntamente con G. Vattimo publicó la obra muy considerada II pensiero debole (1983), ha vuelto a acercarse mientras tanto a la fenomenología de Husserl y Heidegger pero, entre otras co­ sas, la lee con los ojos de Levinas y Derrida. Entre centrarse en el suje­ to y carencia de sujeto (Subjektzentñerung und Subjektlosigkeit) inten­ ta mantener viva la cuestión acerca del sujeto y convertirla en una «apuesta» en que la identidad debilitada y vaciada de contenido juega con su propia otredad mediante fenómenos metafóricamente carga­ dos como el regreso, la pasividad o el despertar (La posta in gioco, 1987). Frente a las «tentaciones» de la verdad, se elogia un «pudor» discreto (Dal Lago, Rovatti: Elogio del pudore, 1989). Finalmente, cabe men-

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donar que también tiene continuidad la perspectiva abierta por S. Vanni Rovighi, en forma de una fenomenología abierta cuíturalmente, in­ cluso de orientación religiosa —por ejemplo, en los trabajos de Ange­ lo Bello y del «Centro italiano de ricerche fenomenologiche» de Roma, fundado en 1974.

CAPÍTULO 9

LA FENOMENOLOGÍA E N EL CONTEXTO DE LENGUAJE Y SOCIEDAD (Países anglosajones)

1. Umbrales de recepción de análisis lingüístico en Gran Bretaña En lo concerniente ai área anglosajona, la fenomenología pisa un continente desconocido; tradiciones distintas se enfrentan a una acep­ tación espontánea. Esto es válido en particular en el caso de Gran Bre­ taña, visitada por Husserl en 1922 con motivo de sus conferencias londinenses (Spiegelberg, 1981, cap. 10). Hay que decir que la feno­ menología sacó provecho de un cierto interés hacía la escuela de Brentano, sobre todo en Gilbert Ryle que se esforzó por presentar a Husserl y Heidegger a su país. En su ensayo A Pleafor Excuses (1956/1957), Austin dejó entrever la posibilidad de una linguistic phenomenology donde una más agudizada conciencia del lenguaje contribuye a una más sagaz comprensión de los fenómenos.9 Desde Wittgenstein pero también ya desde Frege se hubieran podido establecer relaciones, como ha observado mientras tanto nada más y nada menos que M. Dummett (1988). Tampoco faltan los intentos expresos en este sentido, como por ejemplo en el congreso sobre Filosofía Analítica celebrado en Royaumont (1958), donde Merleau-Ponty intentó entablar un dialogo con G. Ryle. Pero, a la larga, la fenomenología —que no puede ser inclui­ da ní en eí concepto de theory of mind ni en el de la lógica formal o cotidiana del lenguaje— constituye un fenómeno filosófico margi­ nal.10 Si los esfuerzos por parte de Wolfe Mays, realizados en Man-

9. El artículo instructivo «Prianomenologie, linguistische», en HisL Wórterbuch der Pbílosophie, tomo 7. 10. En cuanto a la relación entre fenomenología y filosofía analítica, indicaciones/re­ ferencias de bibliografía.

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chester con ayuda de la «British Society of Phenomenology» y de su Journal, tenían alguna repercusión, entonces era más bien entre repre­ sentantes de las ciencias humanas y sociales que recibieron impulsos, sobre todo, de la versión francesa de la fenomenología. Investigadores más jóvenes, como Karl Mullígan, Peter Simons y Barry Smith, bus­ caban la solución en las fuentes austríacas de la fenomenología, vol­ viéndose de nuevo al Husserl de la primera época, a la escuela de Brentano, y a los inicios de la teoría de la Gestalt.11

2. La generación de fundadores en Estados Unidos En los Estados Unidos, con su marcado pragmatismo y su positi­ vismo en las ciencias, algo parecido hubiera podido suceder si el na­ zismo no hubiese forzado a unos cuantos científicos jóvenes a buscar ahí exilio. Estaba, desde luego, Marvin Farber (1901-1980) que trabaja­ ba en Buffalo y que era un decidido promotor de la fenomenología y que, al igual que Dorian Cairns (1901-1973) —que más tarde sería traductor de Husserl— había estudiado en Friburgo. Farber se encar­ gó en 1939 de la fundación de una «Internacional Phenomenology So­ ciety» y de la revista Philosophy and Phenomenological Researcb, sien­ do él mismo autor de una primera obra que introducía al Husserl pretrascendental de la primera época. Pero parece que tuvo consecuen­ cias decisivas la colaboración de emigrantes alemanes, como Aron Gurwitsch y Alfred Schütz que, conjuntamente con emigrantes de ten­ dencias intelectuales y académicas semejantes, como Hannah Arendt, Karl Lowkh, Hans Joñas y, más tarde, Werner Marx, enseñaban en la «New School for Social Research» de Nueva York y que converti­ rían la inicial «University in Exile» en vivero de una nueva fenome­ nología, fuertemente anclada en el contexto social. La corresponden­ cia entre Schütz y Gurwitsch, publicada en 1985 por Richard Grathoff, se puede leer como comentario cronológico de este desarrollo.

3. Alfred Schütz: acto social y mundo social Alfred Schütz (1889-1959), vienes de nacimiento y jurista financie­ ro de profesión, estaba totalmente familiarizado con el rigorismo me11. Las publicaciones editadas por Philosophia-Verlag, Munich, Analytka y Philosophia Resources Lihrary.

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tódico de las distintas escuelas vienesas cuando entró en contacto con la fenomenología. Con la ayuda de Husserl y, en un primer momen­ to, también con la de Bergson (Schütz, 1981), buscaba un fundamen­ to para las ciencias sociales; fundamento ese que —siguiendo a Max Weber— parte del sentido social de cualquier actuación y que no se enreda en constructos sociaí-científicos. La obra Der sinnhafte Aufbau der sozialen Welt* de 1932, constituye un primer gran logro que, en su fuerza sistemática, mereció amplío reconocimiento por parte de Hus­ serl. Para Schütz, de modo parecido como para Husserl, el fundamen­ to del mundo social lo constituye el mundo propio de cada uno [Eigenwelt). Éste, sin embargo, se comprende como río del vivir, al igual que en Bergson pero no en Husserl, del que sobresalen vivencias de senti­ do sólo en la retrospectiva reflexiva {reflexiver Rückgriff). El puente hacia la experiencia del Otro {des Andera) lo constituye la autointerpretacíón de mi experiencia de el Otro {vom Andern); en este sentido, la autocomprensión {Selbstverstehen) parte de la comprensión de lo aje­ no {Fremdverstehen). El núcleo del mundo social se encuentra en el cara a cara (face-to-face) inmediato, del mundo donde estamos ubica­ dos en el tiempo y en el espacio {raum-zeitliche Umwelt), que apunta directamente ai cada vez más anónimo mundo social {Mitwelt), así como al mundo de los antepasados y de los sucesores {Vorwelt und Folgewelt). El prejuicio cartesiano que se impone en la concepción egológica y reflexiva del sentido, se debilita posteriormente como lo mues­ tran los Collected Papers (1962-1966) y más aún el texto postumo de Las estructuras del mundo de la vida (1970/1984), revisado por Thomas Luckmann. La relativización por Scheler de la experiencia del Yo {Icherfahmng), pero también motivos pragmáticos en W. James, G.H. Mead y J. Dewey contribuyen a un «cambio» (Grathoff, 1989, 48, véase igualmente Srubar, 1988). Cabe tener presente tres conside­ raciones: 1. El mundo cotidiano de la vida ahora se da por supuesto como un mundo del Nosotros. 2. El mundo social se divide en una pluralidad de áreas de sentido, en un mundo cotidiano, un mundo del juego, del sueño, del delirio y —como uno entre otros— en un mundo de la ciencia. 3. Cada región de sentido tiene su propia forma de tipo­ logía y relevancia que se hallan incorporadas en las estructuras del mun­ do de la vida. La lucha de Husserl contra el objetivismo y el constructivismo de :i

IJZ construcción significativa del mundo social, Barcelona, Paidós, 1995.

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las ciencias naturales encuentra ahí su equivalente sociofilosófico. Desde el punto de vista metódico, Schütz se contenta en un primer momen­ to con la «ontología del mundo de la vida» y la «fenomenología cons­ titutiva de la actitud natural» como mera etapa previa, pero en la me­ dida en que crece la crítica al supuesto trascendental de Husserl, se convierte en etapa final. La intersubjetividad «mundana» que un mundo de la vida social presupone de antemano, sustituye la subjetividad tras­ cendental que precisamente debería constituirlo. Esta solución no es ni inequívoca ni satisfactoria como quedará patente en sus distintas consecuencias sobre las ciencias sociales. No obstante, Schütz ha con­ seguido salvaguardar un lugar para la perspectiva fenomenológica den­ tro de la investigación social. Sus trabajos filosóficos encuentran con­ tinuidad en Maurice Natanson que últimamente —después de primeros estudios sobre Sartre y Mead— retoma los hilos de la fenomenología del cotidiano en sus análisis acerca de la teoría de los roles (Rollentheorié) y acerca del anonimato (1986). Mientras tanto, gracias a los esfuer­ zos de Peter L. Berger, Thomas Luckmann, Richard Grathoff y lija Srubar, la obra de Schütz ha vuelto al área de las ciencias sociales ger­ manas (véase cap. 10.5).

4. Aron Gurwitsch: mundo de la vida y campo de conciencia Aron Gurwitsch (1901-1973) tiene origen lituano-judío y llegó a Husserí a través de la psicología. Cari Stumpf, Wolfgang Kóhler y Max Wertheimer en Berlín, Kurt Goldstein y Adhémar Gelb en Frankfurt son algunos de sus maestros. Ya su tesis doctoral acerca de la Phdnomenologie der Thematik und des reinen Ichs (1929, ingl. en 1966) que fue realizada bajo los auspicios de Scheler y Geiger, contiene los ele­ mentos más importantes de su teoría del campo de conciencia carente de un Yo {ichloses Bewusstseinsfeld). La tesis de habilitación, Die mitmenschlichen Begegnungen in der Milieuwelt, ya no aprovechable des­ pués de 1933 y publicado en 1977 por Alexandre Métraux, convierte en fértiles ideas de Scheler y también algunas de la teoría de la Gestalt, en cuanto a una teoría de la socialidad genuina. Estos hilos, Gur­ witsch no los sigue más allá de este punto. Vía París, donde mediante sus clases magistrales sobre psicología fenomenológica dio impulsos valiosos a Merleau-Ponty, llegó a Estados Unidos y, en 1959, se con­ virtió en sucesor de Schütz en la «New School».

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Su obra maestra, Das Bewusstseinsfeld {El campo de la conciencia. Un análisis fenomenológico) fue publicada en 1957 traducida al francés por Michel Butor; la versión inglesa se publicó en 1964 y sólo en 1975 la versión original en lengua alemana. Gurwitsch ahí se mantiene fiel al enfoque trascendental de Husserl pero aprovecha conceptos de la teoría de la forma para una configuración correctora de la teoría de la conciencia. El enfoque preciso de un Yo y el supuesto de una hylé aún por ser formada quedan sustituidos por la autoorganización del campo de conciencia que tiene sus estructuras básicas en la duplicidad de figura y razón, y en la triplicidad de objeto temático y campo y margen temáticos. La crítica de Kohler frente a la hipótesis de la cons­ tancia que presupone un dado independiente de cualquier contexto, la considera como forma implícita de la reducción fenomenológica puesto que rompe con el prejuicio de un mundo existente formado y completo. En ello le sigue Merleau-Ponty. Frente a Schütz, Gurwitsch defiende cierta forma de la relevancia más fuertemente orientada en las leyes propias del campo que en proyectos subjetivos. Con ello se va acercando a una posición que podemos encontrar en Sartre y Merleau-Ponty, pero igualmente en Lacan y ya en Cavailles. Desde lue­ go, siempre y tenazmente se ha opuesto a la fenomenología existencial donde la conciencia aparece aún como encarnada; como conse­ cuencia, no trata con suficiente profundidad la dinámica y los conflictos de la formación de campos, de la tematización y de la marginación. El hilo conductor sigue siendo la suposición de una razón implícita en las cosas, tal como se muestra en sus Studies in Phenomenology and Psycbology (1966) y en sus ensayos acerca de Phenomenology and Theory o/Science (1977), así como en su obra última sobre Leibniz (1974). La obra de Gurwitsch encuentra continuidad en los estudios de Ri­ chard M. Zaner acerca de la corporeidad, intersubjetividad y relevancia {The Context o/Self, 1981), en Fred Kersten y sus estudios trascenden­ tales acerca de espacio, tiempo y el Otro (derAnderé) (Phenomenological Method: Theory and Practise, 1989).

5. Investigaciones autóctonas Después de unos inicios difíciles, pronto la fenomenología se con­ virtió en una corriente importante, aunque quizá secundaria, en Esta­ dos Unidos e igualmente en Canadá. Generalmente, acompaña la fí-

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losofía existencial y otras formas del «pensamiento continental», como por ejemplo en la obra de John Wild (1902-1972), fundador de la «Society for Phenomenology» que transformó a la Northwestern University en lugar de investigaciones relacionadas. Mientras tanto surgieron otras agrupaciones: círculos de Husserl-Heidegger-Merleau-Ponty; se editaron nuevas revistas: Man and Worlá, fundada por J. Sallis, así como las Analecta Husserliana publicadas por A.-T. Tyminiecka; otros cen­ tros iban conformándose: Penn State, Stony Brook, Duquesne, Waterloo (Canadá); Buffalo y la New School de Nueva York fueron dota­ dos de archivos de Husserl (Sallis, Ph.F. 11, 149 y sigs.). La gran obra publicada en 1960, Tbe Phenomenological Movement cuya tercera edi­ ción se hizo en colaboración con Karl Schuhmann, constituye una vez más la obra de un inmigrante, eí alsaciano Herbert Spiegelberg (1907-1990) que provino de la escuela de Pfander y que mediante su meticulosa e inmensa labor de precisión histórica (igualmente The Context of Phenomenological Movement, 1981) contribuyó a que la feno­ menología conservara su coherencia mundial que mostraba desde sus inicios. Finalmente, Joseph J. Kockelmans (1923), holandés de naci­ miento, ha contribuido mediante numerosos escritos de introducción y trabajos propios acerca de la teoría científica de la fenomenología a que ésta fuese adquiriendo un perfil interdisciplinario. En cuanto a la investigación más reciente cuyos representantes se presentan ampliamente en el tomo XXVI (1989) de las Analecta Hus­ serliana, cabe destacar los trabajos enriquecidos por aspectos de la fe­ nomenología del habla y del análisis lingüístico, respectivamente. J.N. Mohanty, nacido en la India, que cursó estudios en Gotinga, ejempli­ fica las posibilidades de una fenomenología trascendental haciendo rei­ teradas referencias a Frege, Quine o Hintikka. En ello coincide con el noruego Dagfin Follesdal que vive en Estados Unidos y que —al igual que Th. Seebohm— desde hace mucho tiempo se empeña en ten­ der un puente entre la fenomenología y la filosofía analítica. Toman­ do en consideración la semiología, la lógica del habla y la teoría lin­ güística, la fenomenología del habla y de la comunicación encuentra su continuidad en los trabajos de John Edie, Algis Míckunas, Cafvin Schrag, Robert Sokolowski y Donn Welton. El sucesor de Farber en Buffalo, el coreano de nacimiento Kan Kyung Cho se dedica a un nuevo entendimiento occidental-oriental de la naturaleza. Los estudios de Edward S. Casey acerca de la imaginación y el recuerdo, de Alphonse Lingís acerca de la corporeidad y el erotismo, acerca de la historia y

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la narración de David Carr, acerca de la tecnología de máquinas y or­ denadores de Hubert Dreyfus y Don Ihde, completan este cuadro de un nuevo tipo de fenomenología pragmática (Arheitsphanomenologie) que —frecuentemente enriquecida por aspectos hermenéutícos y desconstructivos— nunca niega sus orígenes continentales ni tampoco la posibilidad de «ser por lo menos el buen europeo en el sentido que le ha dado Nietzsche» Q. Sallís, Ph. E 11, 163).

CAPÍTULO 10

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1. Fenomenología y ciencia Acerca de la relación entre filosofía y ciencia, ya Nietzsche obser­ va en un fragmento de sus escritos postumos de 1873: «Los filósofos quieren escaparse de la ciencia: ésta los persigue. Se ve donde se halla la debilidad de la filosofía. Ya no avanza: porque ella misma ya no es más que ciencia3 convirtiéndose poco a poco en mero guardián de fronteras» (KSA 7, 744). Desde luego, la situación no se ha distendido desde entonces. En cuanto a los fenomenólogos, por su origen no per­ tenecen ni a los detractores ni a los seguidores ciegos de la ciencia. Los supuestos de las «cosas mismas» se rigen por su propia disciplina que se opone del mismo modo a la camisa de fuerza metodológica y a la nivelación de criterios de acceso heterogéneos, como rechazan igual­ mente el culto de las opiniones subjetivas. Al ensimismamiento de una ciencia que intenta hallar su hogar en sus propios postulados, Husserl le opone una genealogía de las ciencias que no sólo deje espacio a la fuerza del descubrimiento científico sino que permita también la com­ probación cotidiana y la reflexión filosófica. Además, las variedades hipotéticas de la fenomenología corresponden a igual número de va­ riedades en la posición frente a las ciencias; también estas posiciones pueden ser adjudicadas a puntos de vista eidéticos, trascendentales, es­ tructurales, hermenéuticos u otros.12 En los fenomenólogos que si­ guen al Husserl de la primera época, predomina la búsqueda áefor12. Waldenfels, en M. Herzog/C.F. Graumann (edición a cargo de), Sinn und Erfáhrung, Heiddbcrg, 1991. Esta publicación actualizada se citará a continuación co­ mo H./G.

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mas y leyes de esencias (Wesensformen und Wesensgesetzé) que constitu­ yen la base de la investigación empírica, mientras que Husserl incluye cada vez más en sus consideraciones la génesis trascendental-históríca de las ciencias. Globalmente, Husserl sigue manteniendo el postula­ do de un fundamento filosófico y la idea de un cosmos del saber mien­ tras que Scheler y Heidegger destacan de distinto modo la diversidad (Andersartigkeit) que hay entre pensar e investigar. Así leemos en los Vortráge undAufsátze de Heidegger (1954, 133 y sig.): «La ciencia no piensa ... Desde las ciencias no hay puente que lleva al pensamiento, sólo hay un salto». Entre Schütz y Gurwitsch sigue la controversia del postulado de argumentación trascendental, pero no hay ninguna duda acerca de la proximidad entre filosofía y ciencia en estos autores. Finalmente, en Merleau-Ponty se produce un intercambio alterno en­ tre filosofía y ciencias. Este intercambio queda asegurado a través del continuo sentido de la experiencia corpórea; se mantiene vivo medíante anticipaciones alternas y ocurre principalmente ai nivel intermedio de formación y cambio de paradigmas, o sea, a un nivel donde — contrariamente a lo que suponía Heidegger— la misma ciencia aún no constituye una forma estricta de comprobación que definitivamente se hubiese ubicado en determinado ámbito de objeto. Sin embargo, en la medida en que el intercambio resulte ser una mediación (Vermittlung) de razón y hechos en constante aumento, como sucede en parte en el Merleau-Ponty de la primera época, en Ricoeur o en Paci, en­ tra en conflicto con la selectividad que es propia de cualquier orden y que posteriormente es reivindicada por Foucault y se opone a todas las tendencias hegelianas. A continuación nos contentaremos con indicar algunas interfaces y áreas de transición objetivas y metodológicas donde la fenomenolo­ gía ha desdoblado o podría desdoblar fuerzas impulsoras —sean éstas heurísticas, críticas o ilustradoras. Cualquier intento de averiguar en sus últimos pormenores las consecuencias a veces difusas e indirectas de la fenomenología, rompería el marco de estas consideraciones básicas.

2. La psicología Desde sus inicios en Brentano, la proximidad entre fenomenología y psicología es un hecho tan natural que Husserl podía hablar al prin-

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cipio simplemente de una «psicología descriptiva». El concepto clave de la intencionalidad abre el camino a una psicología fenomenológica que no se reduce ni a una psicología de meros estados de ánimo (See~ lenzustdnde) ni a una psicología carente de alma, y que metódicamen­ te no actúa ni puramente introspectiva o mentalista ni puramente behaviorista (Waldenfels, 1980, cap. LT). Ademas de Brentano y Th. Lipps que a pesar de su oposición frente a la fenomenología ha ofrecido di­ versos impulsos a los fenomenólogos de Munich, cabe destacar sobre todo a W. james que con su teoría del flujo de la conciencia ha dado inicio a la psicología fenomenológica (Linschoten, 1961). La relación entre fenomenología y psicología sigue siendo., sin embargo, una rela­ ción ambivalente y no muy estrecha donde los elementos vinculantes sufren frecuentes cambios. Como observa Graumann, nunca ha exis­ tido en la psicología una «potencia integradora» como la desarrollada por Alfred Schütz en el campo de la fenomenología y la sociología (H./G., 1991, 33).13 En la época inicial de la fenomenología, las relaciones en cuanto a la psicología se dan sobre todo a través de la teoría de la Gestalt. En sus dos vertientes, como escuela de Graz y escuela de Berlín, la psi­ cología de la Gestalt remonta a la actividad docente de Brentano en Viena, a través de A. Meinong y C. Stumpf, profesor de Husserl, res­ pectivamente; con el tiempo, se va convirtiendo en una especie de aliada natural de la fenomenología (Smith, 1988). Formas, estructuras y cam­ pos encarnan leyes autónomas que caracterizan hasta los fenómenos más sencillos de color, espacio y movimiento. De este modo, investi­ gadores tales como David Katz y el danés Edgar Rubin que ambos aún habían sido discípulos de Husserl en Gotinga, pero también psi­ cólogos no tan allegados como Max Wertheimer, Wolfgang Kohler, Kurt Koffka y Kurt Lewin, recurren reiteradamente al método fenomenológico. No obstante, en el ámbito de la escuela de Berlín éste se Umita siempre a un procedimiento descriptivo ontológicamente neu­ tral, de modo que el trascendentalismo husserliano puede ser sustitui­ do al fin y al cabo por supuestos de isomorfia psicofísicos. Mientras que Husserl adopta una actitud de estricto rechazo (Hua, V, 156), in­ tentan Gurwitsch y Merleau-Ponty liberar la praxis investigadora de la teoría de la Gestalt de sus prejuicios realistas y fisicalistas, consi13. Que a pesar de todo se iba desarrollando una tupida red de relaciones, lo mues­ tra la monografía de Max Hcrzog publicada hace poco.

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guiendo de este modo una fenomenología implícita. Entonces el cómo de la formación de la Gestalt (Gestaltbildung) aparece como equiva­ lente del sentido fenomenológico que encuentra su realización en el contenido intuitivo {anschaulicher Gehalt). Independientemente de ello, la teoría husserliana de la significación ejercía desde sus inicios una fuerte influencia sobre la escuela de Würzburg de la psicología del pen­ samiento que a su vez estaba más fuertemente marcada por K.ant. Karl Bühler que proviene de esta escuela y que frecuentemente se remonta a las ideas de Husserl, subraya expresamente en su escrito muy tenido en cuenta, Krise der Psychologie (1927), que una psicología integrante que quiera evitar tendencias extremadas debe concederle a la fenome­ nología un papel ineludible. Posteriormente, en los países vecinos occidentales de Alemania se intenta desde distintos ángulos no solamente tomar en consideración puntos de vista fenomenologicos sino integrarlos en la investigación psicológica y antropológica. Mientras que los trabajos de algunos auto­ res suizos como Hans Kunz, Wilhelm Keller y Detlev v. Uslar, que se ocupan de fenómenos como la imaginación (Pbantasie), la volun­ tad y los sueños, más bien deben incluirse en una psicología y una antropología filosóficas, el belga Albert Michotte —que él mismo pro­ vino de la escuela de Würzburg— realizó en su laboratorio de Lowen investigaciones relacionadas con la percepción de la causalidad y el mo­ vimiento que él mismo incluía en una «fenomenología experimental». Georges Thinés, discípulo suyo, renunció a la autolimkación metódi­ ca de su maestro y en su libro Le problématique de la psychologie, de 1961, atacó las condiciones cartesianas de la psicología moderna, con una vehemencia tal como antes sólo puede ser encontrada en G. PoÜtzer. De modo parecido a Husserl, acusa a la psicología de que com­ pensa la abstracción sobre el cuerpo a través de una «abstracción com­ plementaria» (Hua, VI, 231) lo que necesariamente ha de llevar a una cripto- y/o pseudorrealidad, o sea, al alma como «cuerpo latente». Final­ mente, en la vecina Holanda nacíó la escuela de Utrecht (Kockelmans, 1987) que encontraba a su figura central en Frederik J. J. Buytendijk (1887-1974). Buytendijk que inició sus estudios con el comportamiento animal y que presentó con su A llgemeine Theorie der menschlicben Haltung und Bewegung (ndl. 1948, al. 1956) un resumen de sus trabajos de investigación, destaca insistentemente en el volumen de ponencias Husserl und das Denken der Neuzeit (1959, véase Bibliografía, B) la im­ portancia de la fenomenología husserliana para la psicología contení-

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poránea. Él busca un marco fenomenológico no sólo para su investi­ gación ambiental y del comportamiento donde desempeñan u n papel central conceptos clave como «situación» y «encuentro»; también buscó m u y temprano el contacto con Scheler, trabajó conjuntamente con Plessner, mantuvo un vivo intercambio de ideas con Merleau-Ponty y V. v. Weizsacker y sus discípulos, y a través de sus colegas de Utrecht, J. H . van den Berg y M. J. Langeveld, incidió en la psiquiatría y la pedagogía. Sin embargo, esta escuela no pudo eludir totalmente la acu­ sación de representar una simplificación intuicionista de la fenome­ nología. El discípulo de Buytendijk, Johannes Linschoten, batalló con­ tra tales excesos en su escrito Idolen van de psycholoog (1964). Frente a ello, Stephan Strasser, inmigrante austríaco que durante mucho tiem­ po enseñaba en Nimwegen, se esforzaba —siguiendo a Merleau-Ponty— por lograr u n equilibrio metódico diferenciado entre Phdnomenologie und Erfahrungswissenschaft vom Menschen (1964). En el contexto de la psicología alemana después de 1945, se puede hablar con Spiegelberg de una omnipresencia de la fenomenología que, no obstante, no dejó de ser excesivamente difuso como para encontrar su propia estructura. Posteriormente, se empeñó sobre todo el socialpsicólogo Carl-Friedrich Graumann, de Heidelberg, en reconquistar terreno perdido para la fenomenología en las ciencias humanas, dotán­ dola de contornos metódicos más precisos (Graumann/Métraux, 1977). Conjuntamente con A. Giorgi y G. Thines fundó la revista interna­ cional Journal of Phenomenological Psychology, y conjuntamente con J. Linschoten —posteriormente con A. Métraux— editó la serie Inves­ tigaciones fenomenológico-psicológicas {Pkánomenologisch- psychologische Forschungen) donde se publicaron textos de Gurwitsch, Merleau-Ponty y Strasser, tratando de problemas como la génesis de la conciencia, la perspectividad y el entorno (Umwelt), y donde se establecieron de este modo vínculos con la investigación entre las dos guerras mundiales. En los Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta, en la nueva patria de la psicología, la fenomenología —especialmente en su forma existencial-fenomenológica— sirvió a menudo de arma de defensa con­ tra el behaviorismo (Wann, 1969); dio argumentos importantes a la «psicología humanista» y a la terapia del diálogo que tuvo su inicio en Cari R. Rogers, en el intento de establecer una «tercera fuerza» más allá del behaviorismo y el psicoanálisis. Sin embargo, la populariza­ ción de la fenomenología frecuentemente tuvo como precio el que ésta quedara diluida (Spiegelberg, 1972, capítulo 5; Giorgio, en H . / G . 1991,

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244 y sigs.). Mientras tanto, ha habido u n realineamiento de pesos y frentes que se han desplazado hacia áreas de investigación más defini­ das. E n la recién surgida psicología ecológica que parte del anclaje del hombre en el espacio y cuyos puntos de vista han encontrado reper­ cusión sobre todo en Lenelis Kruse, desempeñan un papel tanto las concepciones medioambientales más antiguas, concretamente las de K. Koffka y K. Lewin, como la teoría de la percepción ecológica de J. J. Gibson o la teoría marco de E. Goffman. En el ámbito de la psicología de la cognición (Scheerer, 1985) y de la investigación de la inteligencia artificial (Konrad, en H . / G . , 1991, 336 y sigs.), no en última instancia ha encontrado un nuevo interés la teoría de Husserl acerca de la con­ ciencia con sus estructuras intencionales y sus regulaciones trascen­ dentales, aunque con el peligro de que vuelva el mentalismo cartesia­ no bajo ropaje técnico (Waldenfels, 1984). Hubert Dreyfus que ha contribuido fundamentalmente a esta nueva constelación en la inves­ tigación (Dreyfus, 1982), ha despertado de nuevo una vieja controver­ sia al plantear la cuestión genérica What Computers Can't Do (1972, 2 1979). Apoyándose en Heidegger y en Merleau-Ponty, y oponiéndo­ se a Husserl, intenta demostrar que los conocimientos básicos cotidia­ nos y específicos así como las habilidades prácticas que están presen­ tes en nuestra vida «como el agua en la vida del pez», no se dejan nunca traducir totalmente en conocimientos explícitos ni someterse a reglas formuladas expresamente. La transición del modelo de manipulacio­ nes de símbolos regulados hacia el modelo de redes neutrales abre pers­ pectivas adicionales dentro de las cuales las estructuras de campo múl­ tiples podrían reclamar un peso mayor que el de estructuras de reglas por más flexibles que sean éstas. También aquí se plantea la interro­ gante de cómo debería ser una fenomenología que estuviera en condi­ ciones de desempeñar u n papel activo en estas cuestiones.

3. Psicopatología, psiquiatría y antropología

médica

N o parece exagerado hablar de una irrupción de la fenomenología en el caso de la psicopatología y la psiquiatría y su apuntalamiento a través de una antropología médica. La fenomenología no encontró mucha comprensión en el entorno de la medicina marcado unilateralmente por las ciencias naturales. C o m o pura ciencia del cuerpo hu­ mano la medicina tiende a sospechar detrás de cualquier enfermedad

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psíquica nada más que daños orgánicos, de modo que se le escapa lite­ ralmente de las manos el objeto de una posible pszcopatología y psiqui&trÍA. Visto así no sorprende que la Psiquiatría fenomenológica- de la que trata G. Lanteri-Laura en su obra de 1963, a menudo se convir­ tió en un receptáculo donde se fusionan sin más consideración las ideas de Husserl y Heidegger, de Sartre y Merleau-Ponty con aquellas de Jaspers, Bergson e igualmente de Freud. El psiquiatra de Lovaina, H. Pirón, considera la fenomenología —de forma no totalmente injustifi­ cada— la torre de Babel de la psiquiatría. En un primer momento, el método de la comprensión y la comprensión intuitiva de un total de la vida (eines Lebensganzen) aparecen como acompañantes naturales de la fenomenología, pero al mismo tiempo causan confusión. En el caso de Bergson existe el peligro de que el camino indirecto del análi­ sis de la esencia y del sentido sea sustituido por intuiciones globales y contactos afectivos. Más confusión aún la produce el vínculo direc­ to con Jaspers. Aunque este «Brentano de la psicopatología fenome­ nológica», como le ha llamado Spiegelberg, tiene en cuenta la feno­ menología husserliana en su Allgemeine Psychopathologie {Psicopatología general) de 1913; pero la considera sólo en la forma inocua y obsoleta de una psicología descriptiva que se limita a levantar el inventario y a clasificar contenidos de vivencia subjetivos. Prácticamente no hay vestigio de corporeidad e intersubjetividad puesto que el dualismo car­ tesiano sólo se ve atenuado, pero no realmente resuelto, mediante el planteamiento de comprensión. La verdadera irrupción de la fenomenología se produce sólo a tra­ vés de la labor de toda una serie de importantes individualistas del campo de la medicina que en los años entre las dos guerras mundiales intentan superar la orientación unilateral de la medicina basada en las ciencias naturales. En la búsqueda de una antropología que pudiera abarcar fisiología y psicología, y más allá de ello también el psicoaná­ lisis, que como antropología médica apunta a redetermínar el lugar del hombre en el mundo y en el entorno a partir de los peligros y de las perturbaciones que le acechan, y que como arte médico pone a disposición un marco dentro del cual el tratamiento del enfermo no se limita a la eliminación de secuelas patológicas, se produjo inevita­ blemente el encuentro con la no tradicional oferta de la fenomenolo­ gía. En un principio, el ínteres fundamental se concentró en la antro­ pología de fundamentos biológicos de Scheler (Wyss/Huppmann, en

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Good, 1975), pero con los años el interés iba ampliándose a la obra de Husserl, de Heidegger y de los fenomenólogos franceses. Específicamente, la relación con la fenomenología adopta formas más o menos estrechas, más o menos selectivas y más o menos expre­ sas. De este modo, a Viktor von Weízsácker (1886-1957) y su teoría del Gestaltkreis (1940), así como sus estudios psicosomáticos y patosóficos de gran incidencia, se le habrá de situar más bien en la vecindad de la fenomenología. Es distinto el caso del médico y sabio suizo Ludwig Binswanger (1881-1966) y del polaco Eugéne Minkowski (18851972) que se habían conocido y hecho amigos en la clínica de E. Bleuler, en Zurich. En su obra la fenomenología desempeña un papel ex­ preso y central. Ya muy temprano Binswanger se confiesa adepto de la fenomenología de Husserl, por ejemplo en una ponencia sobre la fenomenología que data de 1922 (Ausgewáhlte Vortrdge und Aufsdtze, 1947). Bajo la posterior influencia de Sein und Zeit desarrollaría en­ tonces su peculiar forma del análisis de la existencia (Daseinsanalysé) que adquiere contornos filosóficos en la gran obra Grundformen und Erkenntnis des menschlichen Daseins (1942). En años posteriores, se pro­ duce una reaproximación a Husserl de la que es testimonio su agrade­ cimiento en elRecueil Commémoratif (véase Bibliografía, C l : Husserl) de 1959. Con W. Blankenburg se puede hablar de una «vuelta fenomenológica-constitucíonal» (konstitutionsphánomenologische Kehre) ( H . / G . 1991, 273). En Minkowski que encontró su campo de actua­ ción en Francia, la teoría de la esencia husserliana se une con la com­ prensión de la vida y del tiempo de Bergson, funcionando como esla­ bón en la teoría de la simpatía de Scheler. Tuvo un efecto especial el escrito Le temps vécu (1933) donde la mirada del filósofo se encuentra con la del psiquiatra en el campo del tiempo y del espacio vividos. Se añade una teoría del sentido de tintes cósmicos: Vers une cosmologie (1936) y, finalmente, un Traite de psyebopathologie de proporciones gigantescas (1966). Del grupo alrededor de la revista L'évolution psychiatrique con el que Minkowski colaboraba desde 1925, forman parte otros psiquiatras interesados en la fenomenología y el psicoanálisis, entre ellos Hesnard, D. Lagache, J. Lacan (véase cap. 10.4) así como H e n r y Ey (1900-1977) que intentó incorporar en su investigación la fenome­ nología en toda su amplitud. En su obra de numerosos tomos, Etudes psychiatriques (1948 y sigs.) desarrolla una psiquiatría de orientación fenomenoiógica sobre fundamentos orgánicos, y en su obra La conscience (1963) se esfuerza por desarrollar —tal como lo formula K. P.

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Kískcr en su extenso prólogo a la traducción alemana— una «fenome­ nología del orden (y desorden)» que, no obstante, desborda a menudo hacia lo ecléctico en sus postulados sintéticos. Pertenecen, además, a la generación fundacional de una antropo­ logía y psicopatología de orientación fenomenológica, Erwin Straus (1891-1975), que en su obra Vom Sinn derSinne (1935) desarrolló una antropología estesiológica con vínculos ambientales, y Kurt Goldstein (1878-1965) que en Aufbau des Organismus (1934) intentó aclarar las estructuras de la existencia corpórea bajo el doble aspecto de la nor­ malidad y la anormalidad, evaluando sistemáticamente los estudios so­ bre patología cerebral realizados por él en Francfort, conjuntamente con A. Gelb. Estos trabajos constituyen testimonios impresionantes de una fenomenología hors de la lettre. Debido a las circunstancias po­ líticas, estos planteamientos durante bastante tiempo solamente podían ser desarrollados en países extranjeros occidentales. Sólo en 1960 se publicaron los escritos de Erwin Straus acerca de la psicología del mun­ do del hombre (menscbliche Welt). Ademas, en un lugar lejos de la aten­ ción general, Straus (1963) elaboró una teoría de la intersubjetividad que en la dualidad de un allon (¡sic!) neutral (el tercero como funda­ mento de soporte) (Dritter ais tragender Grund) y un heleros personal (el Tú como ente cara a cara) (Du ais Gegenüber), así como en la dupli­ cidad de ahí resultante de formar parte (Zugebórigkeit) y estar separa­ do {Getrenntheit) muestra paralelismos interesantes en cuanto a teo­ rías de Merleau-Ponty y Levínas. En lo que a Goldstein se refiere, Gurwitsch —que al igual que Schütz se remonta varias veces a Goldstein— publicó en 1971 los Selected Papers / Ausgewáhlte Schriften de ese autor que reúnen ensayos importantes sobre perturbacio­ nes en el comportamiento simbólico y comportamiento del habla. Las investigaciones mencionadas fueron recogidas especialmente en la fe­ nomenología de la existencia corpórea de Merleau-Ponty; mucho de ello se puede encontrar en las dos obras primeras de Merleau-Ponty así como en sus clases magistrales en la Sorbonne que constituyen una valiosa mina para la investigación germana en el campo de las ciencias humanas de los años entre las dos guerras mundiales y que contribu­ yeron a su supervivencia indirecta. Hasta los tiempos presentes, la psicopatología y psiquiatría de orien­ tación fenomenológica defienden su puesto que, sin embargo, frecuen­ temente queda limitado a un clima fenomenológico difuso o que ofrece una variante metódica unida a planteamientos hermenéuticos, psíco-

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somáticos, filosófico-dialógicos y de una filosofía de la existencia. E n el área germana, son sobre todo los impulsos de la obra de Binswanger que siguen actuando, apoyados por fuertes motivos filosóficodialógicos y reforzados por la continua recepción de desarrollos fenomenológicos más recientes (Kisker, 1969). Los lugares donde estas ten­ dencias son más palpables son las clínicas de Zurich, Heidelberg, Frankfurt, Gotinga, Wurzburgo y Marburgo. En algunos de los investigadores que allí ejercen, la referencia fenomenológica es especialmente visible. Roland Kuhn continuó la obra de Binswanger ahí mismo, interpre­ tando por ejemplo los patrones de Rohrschach como extraño juego de máscaras. Medard Boss, durante los muchos años de contacto con Heidegger, pasó del análisis del Dasein a una terapia orientada en el ser (Seinsorientiert). En Heidelberg, Karl Peter Kisker y Hubertus Tellenbach prestaron especial atención a la forma de vivencia de la es­ quizofrenia y la melancolía, y Herbert Plügge aprovechó impulsos de Merleau-Ponty, Buytendíjk y Bollnow para desarrollar una medicina de orientación genuinamente corpórea. E n Wolfgang Blankenburg es decisiva la polaridad de lo supuesto cotidiano y de la enajenación de la cotidianidad; sirve para determinar los fenómenos patológicos como perturbaciones del contacto con el mundo y el entorno {welüicher und mitweltlicher Kontakt). En Dieter Wyss (Ph.F. 16, 178 y sigs.), se fun­ den impulsos que provienen tanto de Husserl y Heidegger como de V. v. Weizsácker y V. E. v. Gebsattel, en una antropología de tintes médicos que, no obstante, corre el peligro —al igual que intentos pare­ cidos que apuntan a u n totum humanum—u de compensar la limita­ ción y polivalencia de la perspectiva fenomenológica a través de una medicina mentís cargada de cosmovisión, de modo que la curación pasa demasiado bruscamente a salvación. Otras figuras determinantes (Leitfiguren) de una psicopatologia y psiquiatría de orientación fenomenológica se encuentran fuera de Ale­ mania, por ejemplo dentro de la escuela de Utrecht donde Jan Hendrik van den Berg retoma los ensayos iniciales del psiquiatra Henricus CorneHs Rümke (1893-1968) así como la antropología fenomenológi­ ca de Buytendíjk. En Japón, Bin Kimura se empeña en el extraño in­ tento de utilizar como retículo psicopatológico el Entre (das Zwischen) atmosférico, llamado Ki en japonés, interpretado fenomenoiógicamen14. Prólogo para el Jahrbuch für l'sychologie, Psychotherapie und mea. Antropología 7 (Anuario, 1960).

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te.15 Finalmente, los planteamientos de Binswanger siguen repercu­ tiendo también en Francia hasta los tiempos presentes, sobre todo en Pierre Fédida y Henrí Maldiney.' Quizá la más importante contribu­ ción a una elaboración filosófica del análisis del Dasein (Daseinsanalyse) es la de Henri Maldiney (1912). En su extenso ensayo Comprendre (1961, reimpreso en Regará Parole Espace, 1974), desarrolla una verda­ dera fenomenología de la existencia; la comprensión y la percepción se interpretan en cuanto a un excedente de sentido que como surprise se escapa a cualquier comprensión definitiva, de tal modo que la com­ prensión de lo incomprensible (Fassen des Unfassbaren) sólo es posible pagando el precio de formas de petrificación patológicas. El hombre y la locura sólo son pensables cuando se parte de una transpassibilité, es decir, de una posibilidad que nos sobrepasa (Penser l'homme et la folie, 1991). Visto globalmente, hay toda una serie de aspectos peculiares que hacen que la fenomonoíogía se vuelva atractiva para la psicopatología y la psiquiatría. 1. La reducción eidética posibilita un método «fenomenológico-estructural», como lo llama Minkowski, que permite des­ cribir fenómenos patológicos en sus respectivos contextos propios, sin recurrir inmediatamente a explicaciones sumarias. 2. La reducción fenomenoiógica que problematiza la creencia del mundo (Weltglauben) ofrece acceso a fenómenos de la desreaíización y despersonalización, sin que éstos pudiesen ser medidos a partir de una realidad fija. De este modo, W. Blankenburg (1971) interpreta la esquizofrenia y la me­ lancolía —retomando a Husserl y Schütz— como insuficiencias diametralmente opuestas de la actitud natural-social; la naturalidad evi­ dente (Selbstverstándlichkeit) de la relación con el mundo de la vida (Lebmsweltbezug) una vez se ve considerablemente debilitada, otra vez considerablemente exagerada. 3. El análisis estructural crea posibilida­ des para un esclarecimiento mutuo de fenómenos normales y patoló­ gicos, por ejemplo para una paralelización de formas del habla y per­ turbaciones del habla como la consideran sistemáticamente Goldstein, Jakobson y Merleau-Ponty. 4. La temporalidad e historicidad de la existencia abren horizontes para un registro biográfico de historiales pato-

I 15. Kimura (1980), uno de los numerosos ensayos que de manera dispersa se han publicado en alemán. Varias obras japonesas referentes a la temática del Zwiscben (En­ tre) se publicaron en Tokio en 1972, 1981 y 1988. Un volumen de textos traducidos de este autor está siendo preparado por Elmar Weinmayr.

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lógicos donde se convierten en comprensibles «formas de un Dasein desafortunado» (Binswanger, 1956) (K. E. Bühler, 1986). 5. Una intersubjetividad anclada corpóreamente hace de marco para una terapia orientada por y realizada a través del diálogo, para una «psicopatología a dos voces», como se dice en el prólogo al Traite de Minkowski. 6. En la medida en que Husserl comprende la locura como «modifica­ ción intencional» de una comprensión normal del mundo (Hua, VI, 191), le atribuye un sentido, no distinto al de la vivencia normal que no es simplemente normal sino que se normaliza de cualquier mane­ ra. C o m o constatan unánimemente Binswanger, Minkowski, Goldsteín y —siguiendo a éste— Canguilhem, la enfermedad, incluso ia así llamada enfermedad mental, no constituye un déficit puro, un puro desorden, sino u n orden distinto en el cual se encarna una norma pro­ pia. En otras palabras: el enfermo tiene un m u n d o extraño y habla un lenguaje extraño. Con la duda en cuanto a una razón ommabarcadora, resulta cuestionable incluso el supuesto husserliano de una for­ ma primaria inequívoca en la que se basen todas las modificaciones; las fronteras entre razón y locura dejan de ser rígidas cuando hay una «historia de la locura» (Foucault). Ronald Laing, una de los prohom­ bres de la antipsiquiatría, en su escrito The Devided Self (1959) y en sus estudios interpersonales The Self and the Others (1961) evoca no solamente a Binswanger sino se remonta también al interminable jue­ go de batalla y espejos intersubjetivo de Sartre. Ahí se abren caminos cuyo final aún no es previsible.

4. El psicoanálisis La relación entre fenomenología y psicoanálisis constituye, final­ mente, u n capítulo particular donde predomina la influencia del psi­ coanálisis sobre la fenomenología. Husserl todavía pensaba poder po­ ner entre comillas el «inconsciente», poder tratarlo como mero «modo limítrofe de la conciencia» (Grenzmodus des Bewusstseins) (Hua, XVII, 319), como «suceso del mundo» (Weltvorkommnis) (Hua, VI, 192) cuya constitución trascendental no topa con ningún obstáculo. E. Fink se muestra de acuerdo, no permitiendo ninguna duda acerca de la secuen­ cia: «primero la conciencia, después el inconsciente» (Hua VI, Beil. XXI). Incluso el psiquiatra vienes Paúl Schilder, uno de los primeros en

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intentai' un acercamiento entre fenomenología y psicología y que ha ejercido considerable influencia sobre autores fenomenológícos me­ diante su libro Das Kórperschema (1923), se opuso inicíalmente a la disociación freudiana entre conciencia y lo psíquico, ya que incluía hasta los instintos en una «esfera de la conciencia» que acompaña a la conciencia y englobaba todo lo no vivible en el campo de lo somá­ tico (Spiegelberg, 1972, cap. 13). Probablemente, una fenomenología de la conciencia no puede proceder de otro modo si no quiere renun­ ciar a sí misma. Ahora, si el lugar de la conciencia lo ocupan instan­ cias tales como Dasein, cuerpo, vida o texto, entonces es menor la pre­ mura y así el psicoanálisis de Freud se convierte en reto ineludible para la labor clínica y terapéutica para la práctica totalidad de los autores antes mencionados, desde Binswanger, Minkowski y Goldstein, pasan­ do por Ey y Boss, hasta Fédida. En general, algo comparable no se da en el caso de los filósofos entre los fenomenólogos —a no ser que dirijamos la mirada hacia Francia donde el psicoanálisis constituye una especie de acompañamiento de la fenomenología. En términos generales, podemos distinguir dos ondas de expansión en la controversia entre fenomenología y psicoanálisis. En la primera onda de la fenomenología existencial da la nota, alertada por los pri­ meros ataques de G. Politzer donde se pone en tela de juicio no sólo la materialización (Verdinglichung) naturalista del inconsciente, sino hasta su misma existencia. Mientras que Sartre conforma el psicoaná­ lisis en un análisis existencial que deja plena libertad al proyecto de vida individual, el «primer* Meríeau-Ponty —retomando a Goldstein y a Binswanger— Intenta deducir latencia y resistencias del inconsciente a partir de disociaciones y autoincomprensiones de la existencia cor­ pórea. Estos intentos de aproximación fueron recogidos por la prime­ ra generación de psicoanalistas franceses. En su proyecto de impacto institucional de una Einheit der Psychologie (1949), Daniel Lagache (1903-1972) le concede un lugar central tanto a la fenomenología como al psicoanálisis. En su Freud-Buch de 1960, con el subtítulo de Verwandschaft zwischen Phánomenologie und Psychoanalyse (Afinidad entre fe­ nomenología y psicoanálisis), Angelo Hesnard (1886-1969) hace un ba­ lance de los esfuerzos de muchos años dedicados a interpretar en las huellas de Merleau-Ponty fenómenos normales tales como introyección y proyección o conflicto de Edipo, además de enfermedades tales como la neurosis y la psicosis, en el contexto de una relación en fase de desarrollo o relación conflictiva con el mundo y con los otros. El

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viejo lema de una «ampliación de la razón» surge ahí como amplia­ ción del sentido categorizada por Freud como fenomenólogo avant la lettre. Merleau-Ponty, sin embargo, advierte, en un prólogo para este libro sobre Freud, de la posibilidad de que la fenomenología pudiera imponerse excesivamente frente al psicoanálisis, existiendo entonces el peligro de que las desviaciones objetivístas del espíritu de investiga­ ción de Freud a su vez sean sustituidas por unilateralidades idealistas. Merleau-Ponty intenta en su obra última incorporar también a Freud y a Lacan en su interpretación ontológica de la fenomenología, librando conceptos tales como narcismo, sobredeterminación, la labor de due­ lo (Trauerarbeit) o memoria de encubrimiento (Deckerinnerung) de las estrecheces de una perspectiva antropocéntrica. Con todo ello, ya se vislumbra la segunda onda de la controversia entre fenomenología y psicoanálisis que está claramente ligada al nom­ bre de Jacques Lacan (1901-1981). Después de que Lacan hubiera bus­ cado en un primer momento la proximidad a la fenomenología y la teoría de la Gestalt, se inicia un cambio con su ponencia de Roma de 1953. Con la ubicación del sujeto en el campo del lenguaje y de los símbolos, se deja entrever una expropiación de la conciencia y una descentración del sujeto, vinculada con el nombre de Freud, El colo­ quio sobre el inconsciente, organizado por Ey en 1960 en Bonneval, muestra el debate entre fenomenólogos y psicoanalistas en su momento culminante. La demasiado despreocupada simbiosis da lugar a una for­ ma cautelosa de aproximación a la que han contribuido sobre todo, además de Paúl Ricoeur, los dos filósofos de Lovaina, Aíphonse de Waelhens y Antoine Vergote. En sus estudios de 1957 y 1958, Vergote persigue la separación de instinto e imaginación, de energía y signifi­ cación, regresando hasta la oscura esfera de intenciones de sentimien­ tos que precisamente no se manifiestan en un primer momento, y nos recuerda en este contexto los orígenes comunes en Brentano tanto de Husserl como de Freud. En su Freud-Buch de 1965, Ricoeur establece una cuádruple línea de separación. La fenomenología queda alejada del psicoanálisis en cuanto una técnica de interpretación no sea refle­ xión, el inconsciente no sea preconsciente, la presentancia de pulsio­ nes (Triebprdsentanz) no sea lenguaje y la técnica de tratamiento no constituya una mera relación intersubjetiva. El libro de Aíphonse de Waelhens sobre Die Psychose (1972) sintoniza totalmente con Lacan pero termina con una convergencia de interpretación analítica y existencial. En todos estos autores, la convergencia se halla bajo signos he-

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gelianos; la arqueología del inconsciente queda compensada por una teleología de la conscienciación {Bewusstwerdung). Esta coartada se ve menguada cuando conjuntamente con el íogos también se examina el logos del psicoanálisis en el banco de pruebas, como por ejemplo en la Genealogie der Psychoanalyse {La genealogía del psicoanálisis) (1985), de Michel Henry, que refleja una fenomenología de la vida, o en la teoría de una Imaginare Institution der Gesellschaft (trad. al cast. con el título: La institución imaginaria de la sociedad) (1975) de Cornelius Castoriadis, y más tarde y completamente en Foucault y Derrida.

5. Ciencias jurídicas y sociales La problemática que surge en el campo de las ciencias jurídicas y sociales puede tratarse desde dos perspectivas: desde los órdenes jurídi­ cos y sociales y desde la experiencia social. Con los meros medios de la intuición de esencias y de la autointerpretación trascendental de la experiencia propia ofrecidos por Husserl, resulta, sin embargo, difícil resolver la problemática del mundo social, puesto que las institucio­ nes sociales se hallan en el punto de intersección de idealidad y factícidad, de lo propio y de lo ajeno. De ahí resultan dificultades de las que la fenomenología de proveniencia husserliana o scheleriana nun­ ca ha podido librarse adecuadamente. En las ciencias jurídicas, la fenomenología de Husserl se ofreció al intento de encontrar las bases de un derecho ubicado entre el dere­ cho natural y el positivismo jurídico que entendiera la legitimidad desde sí misma sin someterse a un logicismo a la Kelsen. Félix Kaufmann que al igual que su amigo Alfred Schütz pasó por la escuela de Kelsen y que posteriormente, en Estados Unidos, intentó tender un puente entre fenomenología e empirismo lógico, utilizó en su tratado Logik und Rechtswissenschajt {Lógica y ciencias jurídicas) (1922) el método eidético para darles un fundamento teórico a conceptos y procedimientos empíricos de la jurisprudencia. Otros fenomenólogos jurídicos toman en consideración la genealogía del derecho. Así, Adolf Reinach (véase cap. 2.1) se remonta a un acto de compromiso social (sozialer Versprechensakí) que constituye una obligación anticipando actos futuros. Gerhard Husserl busca una mayor aproximación a la obra última de su padre tomando en consideración, al lado de la estructura temporal del derecho, la corporeidad de la propiedad y formas cotidianas de la rea-

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lización del derecho (1955, 1964, 1969). En Italia, Norberto Bobbio mostró ya muy temprano su interés en la orientación fenomenológica de la filosofía social y jurídica que, sin embargo, se halla fuertemente condicionado por el neokantismo (1934). Los primeros intentos de una fenomenología jurídica encuentran su evaluación sistemática en dos autores franceses. El filósofo jurídico Paúl Amselek investiga en su gran obra Méthode phénoménologique et théorie du droit (1964) la específica juridicidad del derecho, contentándose sin embargo con un «positivismo fenomenológico» puesto que afirma la juridicidad en la factícidad de la norma. Frente a ello, la filósofa jurídica Simone GoyardFabre, en su Essai de critique phénoménologique du droit (1972), se atiene más al método trascendental de Husserl, incorporándole fundamen­ tos del mundo de la vida; el sentido del derecho nace de experiencias pre-jurídicas. La relación entre vigencia legal y experiencia social si­ gue siendo tensa en todo caso. Finalmente, cabe mencionar al lógico de origen polaco Georges Kaünowski que en su Logique des normes (1972) reconoce a Husserl como precursor de la lógica deóntica, así como al filósofo de Lovaina Jan M. Broekman que ataca las Imposta­ ciones (Hypostasierungen) de una lógica jurídica con las armas de una antropología crítica y la teoría del discurso (Recht und A nthropologie, 1979). Mientras que la filosofía jurídica de antemano estaba condiciona­ da por los problemas de la ciencia jurídica, la conexión entre fenome­ nología social y ciencias sociales se plasma sólo poco a poco. Los pri­ meros intentos fenomenológicos se quedan en un umbral eidético. Para ello son representativos los trabajos socioontológicos de Edith Stein y Gerda Walther que a principios de los años veinte se publicaron en el Anuario fenomenológico (Phánomenologisches Jahrbuch). La «comu­ nidad» —éste es el término clave que oscila entre significación neutral y enfática— nace a partir de una vivencia común; se organiza alrede­ dor de círculos y escalones de comunidad, y se presenta como reali­ dad supraindividual fundada en experiencias individuales (Stein, 1970, 286). Esta fenomenología de esencias de cariz metafísico tiene más en común con Scheler que con Husserl. Clarificada metódicamente, es compatible con los análisis categoriales de la sociología formal a par­ tir de F. Tonnies y G. Simmel, por ejemplo en Alfred Víerkant que evoca expresamente el método fenomenológico en su Gesellschaftslehre (21928, 19 y sig,), refiriéndose a la comprensión de «fenómenos pri­ marios» {Urphánomené). Un caso peculiar es el de Siegfried Kracauer.

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En su primer estudio de orientación fenomenológica, Soziologie ais Wissenschaft (1922, véase Schr. I), subraya expresamente los límites de una fundament ación apriórica; el paso hacia la empiria {Empine) se da en estudios casuísticos, tales como el conocido análisis de la socie­ dad de empleados {Angestelltengesellschaft), Sólo más tarde Kracauer descubre el concepto husserlíano del mundo de la vida que conviene a sus investigaciones a partir del contexto histórico (véase Schr. IV). Si avanzamos otro paso más, topamos —guiados por Husserl— con el umbral trascendental. La tenacidad con la que Husserl insiste en la constitución del Otro y del Extraño y, más allá, en la constitución de un mundo común, tiene la gran ventaja de mantener abierta una dimensión interrogativa que no puede ser llenada a través de ningún orden social o praxis social; «hay» los Otros, así como «hay» un mun­ do. Por otro lado, mantener un centro de constitución impide que la fenomenología social alcance realmente el terreno de un «reino in­ termedio del diálogo» (Waldenfels, 1971) y, más allá, la autonomía de regulaciones sociales. La interminable labor en estos problemas que conocemos de los tomos postumos acerca de la intersubjetividad pu­ blicados en 1973, no puede eludir el que la filosofía social de Husserl (Toulemont, 1962) y especialmente su filosofía del Estado (Schuhmann, 1988) bien ronde el ámbito de instituciones sociales pero que no entra en él. Ahí este trascendental i smo se parece al dialogismo, tal como ha mostrado claramente Michael Theunissen en su escrito DerAndere (1965). Una salida de este dilema la busca Aron Gurwitsch en su tesis doc­ toral concluida en 1931, Die mitmenschlichen Begegnungen in derMilieuwelt, donde intenta reconducir las categorías sociológicas forma­ les de partnership, pertinencia y fusión a «modi de estar juntamente con otros» y a referencias al mundo diferenciados de acuerdo con este concepto. Pero sólo Alfred Schütz, en su fenomenología de la vida co­ tidiana, consigue que la fenomenología entre como disciplina y me­ tódicamente en el campo de la investigación social (véase cap. 9.3). Pero tal como muestra el historial de la fenomenología social, es más fácil renunciar al planteamiento trascendental que compensarlo por algo distinto. Lo que une a los más diferentes representantes de una fenomenolo­ gía social bajo el lema Fenomenología y Sociología (Natanson, 1973; Luckmann, 1978), es la firme decisión de incorporar el sentido de la vivencia y del comportamiento subjetivos e intersubjetivos en la in-

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vestigación objetiva sin acortarlo histórica, funcionalística o behavíorísticamente. En la concretación de este programa se muestran, sin em­ bargo, diferencias considerables (Grathoff, 1989, 57 a 60,112-121). Para Thomas Luckmann, la fenomenología social se limita a una protosociología que —retrocediendo a estructuras universales del mundo de la vida y actos fundamentales generadores de sentido— ofrece sus fun­ damentos a la investigación normal; el resto es empiria como siempre. Entre otras, tiene la consecuencia de que la construcción social de la realidad {Gesellschaftliche Konstruktion der Wirklichkeit), que ha in­ vestigado Luckmann conjuntamente con Peter Berger, queda presa en un juego alterno entre realidad objetiva y realidad subjetiva, de modo que al fin y al cabo acaba en proyecciones y, en el caso de conflictos, en la palabra autoritaria de legitimadores. El sentido subjetivo al que privándolo de la dimensión trascendental se ha privado también de la dimensión ideológica, se va perdiendo en instituciones de prove­ niencia de Durkheim y Gehlen. Otra posibilidad se ofrece bajo la for­ ma de una sociología fsnomenológica (Psathas, 1973) que se aproxima a la etnometodología de Harold Garfinkel. Ahí las prácticas del cono­ cimiento así como las prácticas cotidianas pertenecen a un campo so­ cial en constante mutación, lo cual Luckmann critica como «nuevo empirismo». Una tercera y más cautelosa variante, representada por Richard Grathoff, se centra en una teoría social fenómeno lógica que incorpora perspectivas fenomenológicas a la investigación, redeterminando el carácter de lo empírico. Es un hecho que bajo la influencia de la fenomenología de Schütz y en estrecha colaboración con la sociología cognitiva {A. Cicourel) y con los análisis de interacción y conversación (A. Strauss, E. Goffman, R. Turner, F. Schütze) ha venido conformándose un estilo de investigación que dedica especial atención a las refracciones, poliva­ lencias, puntos de rotura, transiciones y áreas marginales. Los puntos de investigación centrales los constituyen de este modo el anclaje cor­ póreo e intercorpóreo de la constitución de sentido, la concatenación de manifestaciones del habla, la tensión entre tipificación e innova­ ción, entre normalización y anomalías, o la conformación de mun­ dos de la vida, mundos profesionales y los ambientes del vivir cotidia­ no {Alltagsmilieus). Resultan conexiones evidentes con los intentos de Merleau-Ponty de lograr un intercambio entre fenomenología y cien­ cias, entre ellas también la sociología (Merleau-Ponty, 1960, 123 y sígs.) y la etnología (ídem. 1960, 143 y sigs.). Dentro de la sociología, estos

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planteamientos de una teoría social de orientación corpórea los reto­ ma Hermán Coenen que —en controversia con Durkheim y Schütz, y remontándose a Merleau-Ponty— defiende una posición Diesseits von subjektivem Sinn und kollektivem Tiwang (1985), así como John O'Neill que —en su Wild Sociology (1975)— se mueve en las franjas marginales de los campos reguladores sociales y que muestra en un análisis fenomenológico de encarnaciones sociales (FünfKórper, 1990) cómo el ser humano a través de medicación, sexuahzación y discíplinación de su cuerpo es al mismo tiempo formado y deformado. Independientemente de la controversia mantenida con el marxismo (cap. 11), una de las consecuencias de la fenomenología en el área de las ciencias sociales está relacionada con la teoría de sistemas de N. Luhmann (Landgrebe, 1975; Luhmann, 1986; Grathoff, 1989) y con la teoría de la comunicación pragmático-universal de J. Habermas (Dallmayr, 1981; Matthiesen, 1983; "Waldenfels, 1985; Kiwitz, 1986). Todas estas controversias sólo adquieren todo su potencial cuando con los supuestos fundacionales de la fenomenología enmudece igualmente la correspondiente problemática. Si al sujeto se le atribuye una corpo­ reidad radical y si se le redefine a partir de regulaciones estructurales, situaciones variables y campos sociales, entonces surgen nuevas áreas de disputa donde están en juego los límites de regulaciones sociales, la fuerza innovadora de una sociedad, la plurivalencia del desarrollo social, la obligatoriedad de supuestos intersubjetivos y otros concep­ tos parecidos; donde, por consiguiente, ya no se trata de un Primero, Último o Total sociales, sino de un Otro en el Mismo, de un Noregulado en el Regulado.

6. La pedagogía Los motivos fenomenológicos que han tenido repercusión en la pe­ dagogía, están estrechamente relacionados con aquellos de la fenome­ nología social aquiriendo, sin embargo, un tinte específico codetermínado por el correspondiente clima de recepción. En Holanda (Ph. E 10, 166 y sigs.), alrededor de la escuela de Utrecht y siguiendo la an­ tropología fenomenológica de Buytendijk, se ha desarrollado una es­ cuela de pedagogía que tiene sus orígenes en Martinus J. Langenveíd (1905-1989) y que hoy encuentra continuidad sobre todo en su suce­ sor, Ton Beekman! En sus numerosos trabajos que encontraron su ex-

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presión central en los Studien zur Anthropologie des Kindes, Langenveld centra la atención en el mundo específico del niño y, dentro de él, sobre todo en los caracteres de incitación de las cosas. Las cosas le hablan al niño en un lenguaje polivalente y desenfadado que aún no se halla sometido a las fuerzas de su uso utilitario. Ideas parecidas que resultan de observaciones a partir de la teoría de la Gestalt, se en­ cuentran en Gurwitsch, Meríeau-Ponty y Winnicott. En Alemania pasó bastante tiempo hasta que la pedagogía fenomenológica encontrara su posición autónoma entre planteamientos behavioristas, ciencias humanas y teorías de la comunicación. Impulsos importantes se debieron a la «pedagogía de la correspondencia» (Padagogik der Entsprechung) desarrollada por Th. Ballauf, siguiendo a Heidcgger, así como a su posterior evolución hacia una «pedagogía de la comunicación» (Padagogik der Kommunikation) en K. Schaller que a su ve2 —al igual que en el caso del fenomenólogo checo J. Patocka— encontró estímulos importantes en Comenius. Pero es sobre todo en autores más jóvenes donde la investigación fenomenológico-pedagógica ha encontrado su lugar propio. Siguiendo a Husserl, Freud y Ricoeur, Werner Loch (1983) trabaja en una fenomenología genética de la educación que medíante la fijación de «escalones del mun­ do de la vida infantil» reúne fenomenología y psicoanálisis. Winfried Lippitz apunta hacia una «rehabilitación de la experiencia precientífica» (1980) que hace que la experiencia infantil encuentre su propia expresión dei mundo de la vida, y Kate Meyer-Drawe, en su estudio sistemático Leiblicbkeit und Sozialitat (1984), se centra en la «consti­ tución de sentido social como articulación de una praxis pedagógica intersubjetiva». La defensa que hace Merleau-Ponty de la racionalidad infantil frente al «monopolio» de la razón adulta, y por consiguiente también contra el sentido unidireccional del concepto de desarrollo de Piaget, encuentra ahí un claro eco (Meyer-Drawe, en Métraux/Waldenfels, 1986, bibl. C2: Merleau-Ponty; además, Seewald, 1992). En su síntesis de trabajos de investigación (H./G. 1991, 313 y sigs.), Horst Rumpf hace mención de tres direcciones de atención pedagógicas que se muestran especialmente sensibles en cuanto a estímulos fenómenológicos: el aprendizaje que desde la perspectiva fenomenológíca se pre­ senta como la conjunción ambivalente de aprender, reaprender y de­ saprender (Lernen, Umlemenund Verlemeri)', el estatus de ser extraño (Fremdlingsstatus) del niño, y la licuación reflexiva de lo constituido {Verflüssigung des Gewordenen). Una fenomenología que busca el sen-

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tido in statu nascendi y como presente que siempre ya es pasado, y que con Hannah Arendt le concede un rango insustituible a la «nata­ lidad», se remonta a un historial que no podemos superar ni tratar desde un denominador consensual, ni con las mejores medidas peda­ gógicas, aun cuando la educación se desdobla reflexivamente en autoe­ ducación.

7. Lógica, matemática y ciencias naturales Los inicios prefenomenológicos de Husserl se hallan en el campo de la matemática y la lógica, y no sólo sus primeras grandes obras sino también numerosos estudios puntuales se dedican a cuestiones lógicas y matemáticas (Hua, XXII). La crítica de Frege fue decisiva, o por lo menos le reafirmaron, en sus propios intentos al respecto (Mohanty, 1982). Al revés, las Logische Untersuchungen encontraron interés in­ cluso en B. Russell al que se suele incluir entre los antípodas de la fe­ nomenología (Spiegelberg, 1982, 151 y sig.). Sin embargo, en las cien­ cias formales que agrupó según el ejemplo de Leibniz en una mathesis universalis, a Husserl no le preocuparon las cuestiones técnicas en la configuración de sistemas formales sino las respectivas condiciones constitutivas. Después de que subrayara en un primer momento la auto­ nomía de lógica y matemática frente al psicoíogismo, destaca poste­ riormente, frente a todos los intentos de convertir formalismos en un juego de fórmulas carente de verdad, la referencia a la experiencia (Rückbezug aufdie Erfahrung). También las leyes de una matemática pura­ mente formal en sentido de Hilbert, constituyen para Husserl leyes de una posible verdad aun cuando el matemático renuncie expresa­ mente a la referencia a una posible realidad, en la reducción de la «exis­ tencia» matemática a una pura ausencia de contradicciones (Hua, XVII, párrafo 52).16 Mutatis mutandis, lo mismo es válido para las fórmulas y los modelos de la física matemática cuyas construcciones se convierten en «sub-strucciones» en el momento en que se les escapa el fundamen­ to intuitivo-sensual del mundo de la vida (Hua, VI). En Husserl, las

16. Acerca de las dificultades de un planteamiento fenomenológico de la lógica, y acerca de sus alternativas pragmático-co nstructivistas y las correspondientes referen­ cias a la Escuela de Erlangen: el artículo de C.F. Gethmann, en Jamme/Póggeler 1989, así como la antología publicada por éste, Lebenswelt und Wissenschajt (1989).

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referencias a la historia de las ciencias con la que entró en estrecho contacto a través de su ex alumno A. Koyré, siguen siendo esporádicas y globales, tal como muestra A. Gurwitsch en sus estudios acerca de Phenomenology and the Theory ofScience (1974). Los impulsos de Husser] a una visión y crítica de las ciencias orientadas en la fenomenolo­ gía han sido fructíferos no en un amplío frente pero sí en áreas pun­ tuales destacables; de ello es testimonio evidente la antología recopilada por JJ. Kockelmans y Th. J. Kisiel, Phenomenology and the Natural Sciencies (1970). Dentro de la controversia matemática fundamental cuyos protago­ nistas fueron en los primeros años veinte los adeptos del formalismo hilbertiano y del intuicionismo brouweriano, Hermann Weyl, ex alum­ no de Hilbert y de Husserl en tiempos de Gotinga, se pasó al lado de aquellos que seguían defendiendo la objetividad de la matemática frente a «meros juegos con fórmulas», así como la construibilidad (Konstruierbarkeit) de estructuras matemáticas y sus márgenes de posibili­ dad frente a una pura axiomática. Es testimonio de ello la contribu­ ción de Weyl al homenaje a Husserl publicado en 1940 por M. Farber. El puente hacia la fenomenología que ahí se estaba tendiendo, fue re­ forzado por el asistente de Husserl, Oskar Becker (véase cap. 5.1). En su tesis doctoral, Beitráge zur phdnomenologischen Begründung der Geometrie und ihrer physikalischen Anwendung (1923), el autor muestra cómo a través de la formación de limes y la idealización, el espacio orientado deí movimiento y el espacio homogéneo de la intuición se convierten en la «pluralidad definitiva» de un espacio geométrico metrizado, conservando el espacio euclídico su privilegio insustituible mediante su referencia a la naturaleza espacial-intuitiva. En sus Philosophische Untersuchungen zum Raum (1965), E. Stroker ha retomado estos hilos. En el estudio sobre Mathematische Existenz, publicado en 1927, Becker intenta situar históricamente la disputa entre intuicio­ nismo y funcionalismo, integrando el modo de ser (Seinsweise) de lo matemático en una «hermenéutica de la facticidad», siguiendo con ello a Heidegger. Sus trabajos posteriores apuntan a contrarrestar la deva­ luación de lo matemático y siempre constante como modo particular del ser y del conocimiento, tal como la encontramos frecuentemente en el pensamiento hermenéutico histórico-existencial (seinsgeschichtlich), y oponer al «ser-ahí» (Dasein) situado una «esencia-ahí» (Dawesen) ca­ rente de situación. De forma parecida se puede ver la actuación nive­ ladora (ausgleichend) de Wilhelm Szilasi (1919-1966), húngaro de nací-

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miento y químico de formación, que después de la guerra enseñó en Friburgo y que no subrayó la oposición entre filosofía y ciencia, sino que le concedió la palabra a la Ciencia comofilosofía(1945). En la me­ dida en que las ciencias naturales trabajan sobre un trasfondo teórico, no sólo ensayan experiencias: también abren experiencias donde la na­ turaleza desempeña un papel. Por consiguiente, la filosofía encarna una «experiencia de la experiencia». En el clima distinto de la epistemología francesa donde se trata en menor grado de justificaciones teóricas y aclaraciones metódicas, sino de seguir los planteamientos racionales de la ciencia en su trabajo efi­ ciente y su desarrollo histórico, el planteamiento trascendental y eídético de Husserl mereció especial atención como intento de encontrar una vía intermedia entre el apriorismo de la validez pura y la orienta­ ción positivista en meros hechos. No obstante, hubo fuerte resisten­ cia por parte de la epistemología de Gastón Bachelard contra cualquier intento de anclar en lo dado las construcciones científicas y fundarlas en actos de conciencia. En Jean Cavadles (1903-1944) y Albert Lautmann (1908-1944) que como miembros jóvenes de la résistance fueron ejecutados por las fuerzas de ocupación alemanas, estas ideas y adver­ tencias se mostraron fructíferas. En un texto conciso y clarividente pu­ blicado postumamente en 1947 bajo el título Sur la logique et la théorie de la science, Cavaüles opuso a la filosofía de la conciencia husserliana una «filosofía del concepto» {Phüosophie des Begriffs). Una lógica tras­ cendental no sería absoluta, una lógica absoluta no sería trascendente, como reza un aforismo antitético. En la rotura (rupture) entre conoci­ miento y opinión, en la conexión entre expansión y acabamiento (cióture), así como en el supuesto de una estructura que habla por sí mis­ ma, una ciencia que no hace otra cosa que pensar, este escrito anticipa importantes motivos del posterior estructuraÜsmo. Lautmann, cuyos escritos sobre la filosofía de la matemática fueron publicados en su conjunto en 1977, intenta elaborar, de modo parecido y al mismo tiem­ po que Oskar Becker en Alemania, una comprensión descriptiva de la «realidad matemática» mediante la cual, en el marco de teorías ma­ temáticas dadas, se libera una «realidad ideal». La axiomática de Hilbert en la que se orienta Lautmann al igual que Cavadles, se dinamiza en un «drama lógico» que parte en cada caso de una «experiencia de la presión del problema» (1977, 142) y que en la unión entre funda­ mento (fondement) y fundación (fondation) permite ver relaciones con la obra de Heidegger Vbm Wesen des Grundes (ídem. 203 y sigs.). Es-

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tos primeros planteamientos siguen teniendo efecto en Suzanne Bachelard (1919), hija del renombrado epistemólogo Bachelard, que en su escrito La conscience de la rationalité (1957) intenta con los medios de la fenomenología husserlíana aclarar la racionalidad específica de la física matemática, sustituyendo el origen absoluto por una organización escalonada del conocimiento y dejando que ésta incida retroactivamente sobre la conciencia de la racionalidad. Jean T. Desanti (1914), a pesar de ser u n crítico vehemente de todos los supuestos de fundación filosóficos desde Platón hasta Husserl (La pkilosophie silencíense, 1975), retoma, sin embargo, formas de articulación como las que ofrece la fenomenología (Les idéalités mathématiques, 1968), en su intento de atribuir un campo teórico a las idealidades matemáticas donde la coherencia a nivel de interconexiones (Verknüpfungen) explícitas se una con la apertura a nivel de los horizontes implícitos. También en el epistemólogo de Lowen, Jean Ladriére (1921), que en su obra fundamental de 1957 trata de las fronteras internas de formalismos matemáticos y que en muchos otros escritos intenta mostrar cómo la racionalidad científica en sí misma apunta hacia una racionalidad comprensiva y abierta, los motivos fenomenológicos desempeñan un papel evidente. Finalmente, las relaciones de la fenomenología con la epistemolo­ gía genética del científico suizo Jean Piaget constituyen un capítulo interesante, aunque cuestionable, de la historia científica. Piaget apro­ vecha de la fenomenología husserliana sólo aquello que es compatible con su concepto de racionalización rectilínea y uniforme, y objeciones tales como las levantadas por Merleau-Ponty, se contornan medíante la acusación absurda de constituir una especie de introspeccíonísmo. La desenfrenada descentración del sujeto termina ineludiblemente en un logocentrismo disfrazado cientísticamente (szientistisch drapierter Logozentrismus).17

8. Ciencias del lenguaje La relación de Husserl con el lenguaje es de antemano ambigua. Aunque en primer lugar le interesan las significaciones que damos a 17. En cuanto al capítulo aún inconcluso: Piaget unddie Pkánomenologie: Waldenfels 1983, 387-389; además, Liebsch 1992, Silverman 1980 (Bibl. C5 (2)) y Meyer-Drawe 1986 (Bibl. C5 (6)).

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espresiones verbales, piensa fundamentalmente que también los con­ ceptos lógicos inicialmente se presentan con «ropaje gramatical» (Hua, XLX/1, 8). En la aclaración de conceptos lógicos y comunicativos bá­ sicos, se remonta reiteradamente a los estudios del lingüista suizo A. Marty, discípulo de Brentano, que más tarde enseñaría en Praga y cu­ yos escritos fueron reseñados por el mismo Husserl (Hua, XXII). A pesar de que difícilmente se puede hablar de una lingüística fenomenológica, es obvio que Husserl ha incidido de muchas maneras en las ciencias lingüísticas. En la teoría lingüística de Karl Bühler, las enseñanzas de Husserl acerca de unidades significativas, actos constituyentes de significados y expresiones ocasionales, desempeñan un papel importante, mezcla­ das con elementos aristotélicos y kantianos. Sin embargo, Bühler opone a la constitución de significados la inferencia de significados y a los actos subjetivos las regulaciones intersubjetivas, como elementos equi­ valentes (1982, 69). Finalmente, los motivos fenomenológicos encon­ traron eco también en los círculos lingüísticos de Moscú y Praga; mar­ caron desde sus inicios al formalismo ruso y al estructuralismo checo y dejaron vestigios claros sobre todo en Román Jakobson, así como en el lingüista holandés Henrik J. Pos. Todo ello repercute en la feno­ menología a través de la teoría de Merleau-Ponty de la expresión corpóreo-verbal. En las numerosas investigaciones del filósofo del ha­ bla belga Hermán Parret la fenomenología encuentra de este modo su lugar propio al lado de la metalingüística y el análisis del habla. De las tensiones entre fenomenología y estructuralismo así como en­ tre fenomenología y filosofía analítica se trata ampliamente en otro apartado.

9. Estética, teoría literaria y del arte Dentro de la estética tradicional que hasta el día de hoy no niega sus orígenes kantianos, la fenomenología pone de antemano nuevos acentos. En este ámbito, no le importa en primer lugar la justifica­ ción de criterios estéticos sino el regreso a una experiencia estética y el tratar obras del arte en contraste con puntos de vista cotidianos, pro­ fesionales y metódico-selectivos. Como consecuencia de ello, una es­ tética fenomenológica reanuda claramente el antiguo sentido verbal aristotélico de «aisthesis» y frecuentemente establece conexiones con

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la percepción (Welsch, 1987). La estética participa en la restitución de un «logos del mundo estético» (Hua, XVII, 297). La fenomenología regional de lo estético repercute a su vez en la fenomenología de modo que, visto globaimente, adquiera ciertos trazos de una teoría estética (Fellmann, 1979). Elementos importantes de una fenomenología estética se encuen­ tran ya en la teoría husserliana de la imagen, de la conciencia de ímagen, de la imaginación {Phantasié} y de la neutralización de la referencía a la realidad {Wirklichkeitsbezug) (Hua, XXIII), así como en su teoría de expresión y significación y su encarnación en el lenguaje. Sin em­ bargo, estas referencias fueron ejecutadas por otros. Dentro del movimiento fenomenológico debe mencionarse en primer lugar a Mortíz Geiger (véase cap. 2.1). Este ex alumno de Th. Lipps buscó Accesos a la estética {Zugange zurÁsthetik) (1928, reimpreso en 1976) ampliando a lo estético la orientación en el objeto (Gegenstands- orientierung) husserliana. El análisis del valor estético se une con un análisis de la vivencia estética donde desempeñan un papel central distinciones ta­ les como entre sentimiento, placer estético y agrado estético. También forma parte de este círculo de representantes de una primera fenome­ nología estética, el filósofo de Praga Emil Utitz (1883-1956) que con su Grundlegung der allgemeinen Kunstwissenschaft (1914/1920) soca­ vó el «dogma de lo estético». Como alumno de Brentano no se alejó de la psicología empírica, pero existen muchas referencias a la orienta­ ción fenomenologica husserliana basada en el objeto. Fue fundador del «Cercle philosophique», gremio que invitó a Husserl en 1935 para presentar una ponencia en Praga; de ahí se pueden seguir hilos que conectan con el estructuralismo checo, en particular con J. Mukarovsky que también intentó elaborar el carácter específico de objetos y plan­ teamientos estéticos.18 El desprendimiento de una teoría estética de valores ocurre bajo la influencia de Heidegger en cuyo pensamiento del arte se hacen va­ ler la forma del objeto (dingliche Gestalt), el peso histórico y el su­ puesto de verdad del arte. La esencia del arte consiste en «la puesta en obra de la verdad del ente» podemos leer en un ensayo sobre la obra de arte que data de 1935 (Holzwege, 21). Ya antes había tenido 18. En cuanto a esta primera etapa de ¡a estética fenomenologica, prólogo y/o epí­ logo de W. Henckmann para Utitz, 1972 y Geiger, 1976, así como la monografía de Scaramuzza, 1976.

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efecto en discípulos de Husserl la publicación de Ser y tiempo. Fritz Kaufmann (1891-1958) que posteriormente emigraría a Estados Uni­ dos, intenta anclar la receptividad para el arte en un estado de ánimo artístico y quiere recuperar para la obra de arte una fuerza de revela­ ción metafísico-religiosa (Das Rekh des Schonen, 1960). Una vía genuina la sigue Oskar Becker (véase cap. 5.1). En su contribución para el ho­ menaje a Husserl de 1929 (reimpreso en Dasein und Dawesen, 1963) habla de la «fugacidad (Hinfalligkeit) de lo bello y del carácter aventu­ rero (Abenteuerlichkeit) del artista»; parece fugaz lo bello porque se plasma en el instante, aventurero el artista porque continúa depen­ diendo de los favores de la naturaleza. Al igual que en su filosofía de la matemática (véase cap. 10.7), Becker también ahí sigue insistiendo en una esencía-ahí (Dawesen), frente a un ser-ahí (Dasein) histórico, que en su forma ideal se sale de la historia como fenómeno «parontológico» o «hiperontológico». La distancia frente a una hermenéutica bajo criterios históricos del ser o del texto es tan evidente como la pro­ ximidad con Nietzsche (Poggeler, 1969, 334 y sigs.). Al margen de estas nuevas tendencias de la época, Román Ingar­ den estuvo trabajando en sus investigaciones estéticas que retoman as­ pectos del Husserl inicial (véase cap. 2.3). Estos trabajos que analizan la estructura, la polivalencia y el reconocimiento de la obra de arte, no encuentran parangón en el área germana. La estética de la recepción que en los años sesenta iba cristalizándose en la llamada escuela de Constanza, bajo Wolfgang Iser y Hans Robert Jauss (Warning, 1975), le debe importantes aspectos a la fenomenología de Ingarden que con la ayuda de planteamientos hermenéuticos y estructurales se ven li­ brados de su sobrecarga metafórica. Las áreas de indeterminación, in­ herentes inevitablemente a la obra de arte, exigen una capacidad de lectura que concreta lo recibido y lo conecta con la historia de expe­ riencias de uno mismo. De este modo, la obra de arte hace que conti­ nuamente entren en juego posibilidades que rompen el horizonte de expectativa de los lectores y provocan nuevas experiencias. En este sen­ tido, Iser le atribuye al texto artístico una «estructura de exhortación» (Apellstruktur). Desde un «campo literario» tan marcado por cambios de posiciones, con áreas y márgenes abiertos, resultan referencias ob­ vias a un concepto abierto del mundo de la vida (Lobsien, 1988). Los análisis de Walter Biemel en cuanto al arte y la literatura contemporá­ neos, también encuentran su lugar ahí. En teóricos del arte, como Hans Imdahl y Gottfried Boehm, se hallan intentos correspondientes de una

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icónica específica que busque las huellas de la plasticidad de la imagen (BÜdlichkeit des Bildes), del carácter de espacios y texturas gráficos, y que ronda el punto donde el ver visto (gesebenes Sehen) se convierte en un ver que ve [sehendes Sehen) y donde surge a la luz del día el «enig­ ma de la visibilidad» (Ratsel der Sichtharkeit) (Waldenfels, 1990, cap. 13). Un lugar especialmente destacable lo ocupan —desde sus mismos inicios— la estética fenomenológica y la filosofía del arte en la feno­ menología del área francófona. Esta afirmación vale, desde luego, para Sartre que muy temprano desarrolla una fenomenología de la imagi­ nación y que en sus estudios acerca de Baudelaire, Genet y Flaubert vuelve constantemente a cuestiones del lenguaje literario y del enfo­ que literario, sin mencionar siquiera su propia praxis literaria. Algo parecido se puede decir de Merleau-Ponty que en sus reflexiones acer­ ca de la expresión creadora incansablemente evoca la fuerza del habla y el lenguaje mudo de la pintura, con Proust y Cézanne como testi­ gos principales (VII, 2-3). Pero si existe un fenomenólogo francés cuya obra está ajustada to­ talmente a cuestiones estéticas, entonces este autor es Mikel Dufrenne (1910). Su Phénoménologie de l'expeñénce esthétique, de 1953, da conti­ nuidad a la ontología eidética de Ingarden a través de una perspectiva fenomenológico-existencial. De modo parecido que en Merleau-Ponty, lo estético que debe ser diferenciado de la obra de arte actual, no se busca en la neutralización o anulación de la realidad; resulta más bien ser una forma aumentada y purificada de la percepción que parte del potencial de lo prerreal (1953, 443, 447). De este modo, la experiencia estética se convierte en prototipo de una reducción fenomenológica a través de la que se manifiesta lo real. Categorías afectivas tales como lo digno, lo alegre o lo grotesco le confieren estructuras cósmicoexistenciales a lo estético. Como consecuencia, Dufrenne desarrolla una concepción general del a prioñ que parte de la de-subjetivización scheleriana del a priori, pero que con Merleau-Ponty lleva la materia­ lización a un punto tal que el a prioñ se encarna en formas y estructu­ ras y él mismo adquiere rasgos de un a, pñoñ a letat sauvage (1959, 71, 115). La asignación de momentos subjetivos y objetivos la busca Dufrenne finalmente en el Ttoieív de una natura naturans. Lo Poético (1963), como ahora se dice, se revela como una poética de la naturale­ za que se manifiesta en la poesía. Como ontología poética, la fenome­ nología se aproxima a los abismos metafísicos de Spinoza y Schelling. Tres tomos con estudios acerca de Estética y filosofía (1967, 1976,1981)

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donde se habla de cuestiones estéticas detalladas, tales como experien­ cia de ía naturaleza y juego, de metamorfosis de la estética y de la sin embargo m u y cuestionable posibilidad de una estetización de la polí­ tica, muestran que el autor sigue siendo lo suficientemente fenomenológico como para resistir a soluciones metafísicas absolutas. También forman parte de este tipo de estética cosmológica los in­ tentos poetológícos realizados por Gastón Bachelard (1884-1964) que acompañan sus investigaciones epistemológicas, completando la pu­ reza del concepto mediante la pureza de la imagen. En sus posteriores escritos, Poética del espacio {Poetik des Raumes, 1957) y Poética de los sueños {Poetik der Tráumerei, 1960), Bachelard desarrolla motivos fenomenológicos en libre variación y los mezcla con elementos surrea­ listas y psicoanalíticos de una fenomenología extática del poder de ima­ ginación poético que en algunos aspectos recuerda la «parontología» de O. Becker. En el momento iluminado e incrementado por la ima­ gen, algo nuevo surge que todavía no se ha convertido en eslabón de las cadenas de ideas, y que en esta situación de aislamiento tiene algo de surreal. «El poeta ... siempre irá un poco más allá de la realidad. Es ésta la ley fenomenológica del sueño poético» (1960, 171). Q u e la fuerza de la imagen {Bildkrafi) así como la fuerza del discurso {Redekraft) se alían a un anhelo que socava cualquier logos, constituye la consiguiente suposición en la que Jean-Francois Lyotard (1924) fun­ damenta su escrito Discours, figure (1971). N o obstante, los plantea­ mientos primitivos de una estética figural que se sustraiga de las unilateralidades de una estética concebida meramente como escritural, se ven afectados por la carencia de que aquellas leyes socavadas por el anhelo no pueden ser obtenidas a partir de precisamente éste. Sin un logos el mundo estético quedaría para siempre ciego y mudo. La fenomenología francesa ha dejado sus huellas también en la teoría literaria y del arte de su propio ámbito lingüístico, sobre todo en lo que se refiere a la llamada Escuela de Ginebra y la influencia que ésta ha tenido (Lawall, 1968; Magliola, 1977). La crítica literaria que ahí se estaba desarrollando y que se sustrae a cualquier interpretación, tanto si ésta se mantiene dentro de la formalidad de la obra como si psicoló­ gica, sociológica o metafísicamente va más allá de ésta, para mostrar­ en la obra misma la gestación de nuevas experiencias, encontró sopor­ tes importantes en la fenomenología de Sartre y Merleau-Ponty así como en la poética de Bachelard. Esta afirmación vale sobre todo para los representantes más jóvenes de esta Escuela, el francés Jean-Pierre

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Richard (1922), y Jean Rousset (1910) y Jean Starobinski (1920), am­ bos de Ginebra. De este modo, Richard, que desarrolla una «fenome­ nología del tema» y la maneja brillantemente en sus estudios sobre Mallarmé y Proust, escribe en el prólogo para su estudio Poésie et profondeur (1955) que de lo que se trata es de trasladarse al momento pre­ ciso «en que el mundo adquiere sentido justo en el acto que lo descri­ be». Parafraseando a Merleau-Ponty, se puede hablar de un sentido in statu scribendi. En Rousset está en un primer plano la relación entre forma y significación, mientras que Starobinski —investigador de Rousseau— presta su especial atención a la dramática de la mirada, tam­ bién de la mirada del crítico. Georges Poulet, uno de los primeros re­ presentantes de esta Escuela, atribuye las distintas variantes de la críti­ ca literaria —no sin distorsiones subjetivistas— a una «fenomenología de la conciencia crítica» (1971, 275 y sigs.). Pertenecen igualmente al ámbito más amplio de esta Escuela autores tales como Maurice Blanchot y Roland Barthes cuyos textos están fuertemente impregnados de la atmósfera de la fenomenología y la filosofía de la existencia. En el área de la música cabe mencionar una peculiar fenomenolo­ gía de la música elaborada por el director de orquesta suizo Ernest Ansermet (1883-1969) que encuentra su interpretación ética y metafí­ sica en Jean-Claude Piguet. En su gran obra de 1961, el autor busca los fundamentos de la música en la conciencia humana, desde la ter­ minología de Husserl pero concebida sobre todo a partir de Sartre. Lo que debe ser iluminado reflexivamente, se presenta como unidad articulada por tres momentos: el momento auditivo, el estético-plástico y el ético-afectivo. En una especie de «crisis de la música europea», Ansermet intenta mostrar que la tonalidad forma parte de un mundo auditivo natural cuyo desconocimiento conlleva necesariamente a una tremenda pérdida de orden, a la muerte de Dios en la música. Aquí se constata como inconveniente el que estos análisis musicales y sus perspectivas que abarcan a Dios y el mundo, se ven comprimidos en el marco estrecho de una música pura de esferas de la conciencia (Bewusstseinssphdrenmusik). Sin embargo, cabe decir a favor del autor que una fenomenología del escuchar —contrariamente a la ricamente ins­ trumentada fenomenología del ver— sigue siendo un fenómeno poco frecuente, como si la acústica tuviera una carga de sentido menor que la óptica. Cabe también mencionar a Cari Stumpf, uno de los precursores de la fenomenología, que se ha dedicado ampliamente a la percepción

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acústica. En su escrito Listening and Voice (1976) Don Ihde ha reavi­ vado esta fenomenología acústica. En la ontología del arte de Ingarden, la música desempeña un papel decisivo que no obstante ha sido objeto de múltiples críticas en cuanto a su fijación al carácter de valor y la supuesta inmutabilidad de la partitura. En la sociología del arte de tocar música a la que Alfred Schütz ha contribuido con algunos esbozos (GA 2, 129 y sigs.), el «encontrar el tono» (Einstimmen) se halla en primer plano como elemento básico de hacer música conjun­ tamente. El que una fenomenología de la música al fin y al cabo no puede eludir la incorporación de la «fenomenotécnica» de produccio­ nes y reproducciones musicales como formando parte del fenómeno musical, constituye una tesis defendida por Matthias Fischer en el li­ bro Gehórgdnge (1986) publicado conjuntamente con él, y que se pone a prueba en conversaciones con Sergiu Celibídache. Y también aquello que ha sido desarrollado por fenomenólogos italianos en el campo de la estética fenomenológica (Zecchi, 1978, II, 81 y sigs.), en muchos aspectos está vinculado y relacionado con las tendencias predominantes en Francia; sin embargo, queda más cla­ ramente conservada la referencia a los inicios trascendentales de la estética. También ahí Antonio Banfi (véase cap. 8.1) marca, en un pri­ mer momento, la pauta comprendiendo el arte como actualización fenomenológica de una síntesis estético-trascendental e incorporándola en un movimiento global de la razón. En sus discípulos el acento se desplaza más hacia la experiencia estética. Luígi Ancheschi (1911) su­ braya la tensión entre Autonomía y heteronomía del arte (1936) y en su Fenomenología de la crítica (1966) así como en otros escritos sobre la poética, intenta vincular nuevamente la estética con la realidad del arte y su correspondiente autoreflexión espontánea. Algo parecido in­ tenta Diño Formaggio (1914) que en su Fenomenología de la técnica artística (1953) destaca esta técnica precisamente como siendo una artisticita, una actividad artística que une la sensualidad y el arte. En Stefano Zecchi (1945), discípulo de Enzo Paci, todo ello desemboca en una estética ni normativa ni ontológíca, basada en la fenomenolo­ gía de la experiencia corpórea y necesidades corpóreas (La magia dei saggi, 1984). La estética no tiene sus inicios dentro de un mundo del arte, empieza ya en las cosas cuya Gestalt cotidiana se transforma y se enajena en el arte, como bajo la mirada insistente y movible del señor Palomar.

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10. Ciencia de la religión, filosofía de la religión y teología Los fenómenos religiosos sin los que es impensable la historia de la humanidad, constituyen para la fenomenología un campo limítrofe difícil de investigar. Por un lado, una visión que cuestiona todo lo que se presenta en la experiencia acerca de sus estructuras generales y su sentido propio, se opone a cualquier tipo de reduccionismo que sim­ plemente haría desaparecer el fenómeno en cuestión. Si los fenóme­ nos religiosos son algo más que una amalgama de fenómenos psíqui­ cos, sociales o estéticos, entonces ello habría de comprobarse, no sólo afirmarse. Por otro lado, cabe preguntarse cómo una reducción eidética, trascendental, existencial o estructural practicada metódicamen­ te, que analiza todo a la luz de determinadas condiciones y en el mar­ co de un espacio de apariencia, puede ser compatible con un fenómeno que se presenta como una especie de auto o hiperfenómeno y que re­ clama para sí iluminarse y traducirse en palabras a sí mismo y a todo lo demás, desvaneciéndose al mismo tiempo en lo inaparente y lo in­ decible. ¿El fenomenólogo no cae en un remolino de visión y de dis­ curso que amenaza con privarle de su propia identidad y autorresponsabilidad? Una fenomenología de la religión, ¿no corre peligro de no acertar, como fenomenología de la religión, el planteamiento incondi­ cional de los fenómenos, subordinándolo a su propio logos, o de re­ vertir en una fenomenología de la religión cuyo logos se reserva a los iniciados y los creyentes? El «doble carácter» de un fenómeno que, por un lado, se presenta como fenómeno religioso1 dentro de una delimi­ tación (Umgrenzung) regional y, por otro lado, apunta hacia una des­ limitación (Entgrenzung), confronta la fenomenología con un proble­ ma muy especial (Reiter, en Casper, 1981b, 130 y sigs.), La fenomenología de la religión se escapa a este dilema mientras no pretende ser más que un método de descripción neutral que en­ cuentra su lugar en las ciencias de la religión. Esto es válido para la Fenomenología de la religión (1933) de G. van der Leeuw que tiene más en común con Dilthey que con Husserl o Scheler; es igualmente válido para los estudios histórico-culturales religiosos de M. Eliade —re­ tomados reiteradamente por Ricoeur— y finalmente para el escrito de R. Otto, ho sagrado (Das Heilige) (1917), atribuido posteriormente a la fenomenología, que mereció la atención tanto de Scheler como tam­ bién de Husserl. Por otro lado, el dilema queda superado de antema­ no cuando el pensamiento se ahinca en el suelo de la revelación de

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una ciencia teológica de la creencia. El dilema sólo nace ahí donde la fenomenología de la religión se presenta como variante fenomenológica de una. filosofía de la religión que hace referencia a ritos, mitos, creencias, actitudes religiosas y lenguajes religiosos, pero que no se basa en ellos. En los inicios de la fenomenología este problema fue tratado de la más distinta manera. En el marco de su fenomenología de la con­ ciencia, Husserl sigue defendiendo el que Dios, como todo ente, «para mí es, lo que es, a partir de mi capacidad de conciencia» (für mich ist, was es ist, aus meinen Bewusstseinsleistungen) (Hua, XVII, 258). Puesto que tal fenomenología no puede suponer ninguna revelación como dada, sin recurrir a la condición paradójica de una realidad ajena a la conciencia, sólo puede, como mucho, llegar a Dios a través de un «ca­ mino ateo» (A Vil 9, pág. 21, manuscrito postumo de 1933). En Hus­ serl este camino se trifurca en el camino cartesiano donde Dios surge como forma especial de trascendencia; en el camino de Leibniz donde Dios se presenta como mónada máxima; y en el camino teológico-histórico que conduce a Dios como una «polidea» absoluta. Visto globalmente, la perspectiva se desplaza del nivel de la conciencia al de la historia donde las religiones no sólo aparecen en forma de viven­ cias específicas de la conciencia, sino también como formaciones his­ tóricas. En un manuscrito postumo de 1930 (E III 10, pág. 19), Hus­ serl habla de convergencia entre filosofía y teología: «En el infinito se solapan la filosofía (cada vez más concreta) y la teología que se vuelve cada vez más filosófica». Los apuntes no publicados de Husserl no van más allá de tales o parecidas insinuaciones. La «Arqueología de la con­ ciencia religiosa» queda envuelta en una comprensiva historia de la razón (Bello, 1985). En Heidegger, que se refiere directamente a las religiones positivas, en particular al cristianismo, se separan los caminos entre la filosofía y la teología. Como se puede leer al respecto en la ponencia de Marburgo, de 1927, la creencia se opone a la filosofía como «enemigo mor­ tal», y este antagonismo implacable excluye totalmente cualquier for­ ma de transición de una «filosofía cristiana», así como también la posibilidad de una «teología fenomenológíca» (GA 9, 66). Posterior­ mente, la actitud de decisión {Entscbeidungshaltung) de Kierkegaard deja lugar a una actitud de espera {Wartehaltung) inspirada por Hólderlin. En la carta sobre el humanismo, la cuestión acerca de lo que debemos llamar «Dios» y acerca de la esencia de la «deidad», se relega

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a una «dimensión de lo sagrado» (Dimensión des Heiligen) que queda cerrada sin el claro del Ser (GA 9, 351 y sig.). Lo religioso encaja en las complejas dimensiones de una historia del Ser. De una fenomenología de la religión de configuración regional sólo se puede hablar ahí donde la cuestión acerca de lo sagrado y lo divino se desprende de su esquema trascendental y se sale del campo previo de la historia del Ser (seinsgeschichtliches Vorfeld). Éste es el caso del escri­ to de Scheler, Vom Ewigen im Menschen (1921, véase cap. 2.2). Pero su «fenomenología esencial de lo religioso», en su enfoque dirigido hacia el valor de lo sagrado, sigue hipotecada por una teoría esencialista de los valores. Esta hipoteca queda posteriormente sustituida por especulaciones de una filosofía de la vida (lebensphilosophische Spekulationen). Al final del escrito antropológico básico: Die Stellung des Menschen im Kosmos (1928), se habla de un Dios en vías de constituir­ se (werdender Gott) cuya «gestación divina» (Gottwerdung) tiene lu­ gar como penetración de espíritu y ansia (Geist und Drang) en el ser humano. Los mitos y las religiones se refieren a conceptos donde la «relación básica del hombre frente a la razón del mundo» (Grundverháltnis des Menschen zum Weltgrund) encuentra su expresión cambian­ te. De las fuentes de la primera fenomenología, en especial de las de A. Reinach, bebe también el filósofo báltico Kurt Stavenhagen (1885-1951). En su escrito publicado en 1925, Absolute Stellungnahmen (Actitudes absolutas), considera la posibilidad de «nóesis absolu­ tas» y de «noémata absolutos», partiendo de actitudes entre humanos tales como adoración y amor que en cada caso apuntan hacia un má­ ximo. N o obstante, en otros escritos sobre la nación y la tierra (Heimat), el autor desarrolla una predisposición hacia los vínculos y los vínculos más estrechos con la tierra en sentido más estricto que mien­ tras tanto se ha convertido en un concepto más que sospechoso. Desde los años veinte, la fenomenología alemana ha venido ejer­ ciendo una influencia creciente sobre la llamada Escuela de Kioto, aque­ lla cuna de una fenomenología japonesa autónoma que tuvo sus ini­ cios con el trabajo de K. Nishida, Studie über das G«íe(1911). Hajime Tanabe y Shuzo Kukí, Yoshinori Takeuchi y Koichi Tsujimura esta­ blecieron contacto con Husserl y, sobre todo, con Heidegger, lo que no dejó de tener repercusión sobre el pensamiento filosofico-religioso de la Escuela de Kioto. En el intento de llegar a través de la experien­ cia inmediata a una «nada absoluta» carente de u n Yo y de objetos, el retorno de Husserl a la experiencia intuitiva, corpórea, así como

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la anulación de la creencia cósmica resultaron tan atractivos como el pensamiento del Ser inconcreto de Heideggcr. Estos efectos no se li­ mitaron a la Escuela de Kioto sino que han perdurado hasta el día de hoy.19 También en Francia la fenomenología de la religión tuvo efectos múltiples que en los tiempos presentes han venido adquiriendo formas nuevas, a veces extremadas. El fenomenólogo de la religión y teólogo Jean Hering (1890-1966), oriundo de Estrasburgo, tuvo sus orígenes aún en el círculo husserliano de Gotinga. En su escrito Phénoménologie et philosophie religieuse (1926) transformó la teoría de la esencia de Husserl y Scheler en un análisis de contenidos religiosos que dejó ciertas huellas en teólogos de Estrasburgo. Después de la Segunda Guerra Mundial surgen, al margen de la fe­ nomenología existencial de Sartre y de Merleau-Ponty —que en cues­ tiones de la religión adoptaron una posición de rechazo o de cautela—, formas de una fenomenología que casi perfectamente convergen en una fenomenología de la religión. Henry Duméry (1920) considera, en sus dos tesis de 1957, la teoría fenomenológíca de la esencia y la constitución como etapas previas de una filosofía crítica de la religión que en la senda de una reducción henológica o apopática se eleva has­ ta las cumbres plotínicas del Uno. Frente a ello, Michel Henry (1922) escoge el camino interior de una fenomenología de la vida (véase cap. 7.6). La esencia de la aparencia se reduce a una vida preintencional de pura auto-afección donde la experiencia de sí-mismo y de Dios van coincidiendo, como en el Meister Eckhart, y donde la teoría de la ex­ periencia pasa a ser experiencia pura. El predominio de la unidad (Einheit) frente a la multiplicidad (Vielheit), del sí-mismo frente a la otredad, de lo interior frente a lo exterior, coloca la religión en su positividad a tal distancia que sus encarnaciones históricas adquieren rasgos de degradación. Entre filosofía de la religión y ciencias de la religión histórico-culturales se abre un abismo que no se puede saber mediante una crítica de las formas de la religión positivas. Es distinto en Paúl Ricoeur y Emmanuel Levinas (véase cap. 7, 4-5). 19. En cuanto a las relaciones en el ámbito de la fenomenología de la religión entre la fenomenología de Friburgo y la Escuela de Kioto: Nitta/Tatematsu 1979, parte II, así como las indicaciones a modo de introducción a la antología de Ohashi, 1990. Acerca de la relación entre fenomenología y budismo: ademas las contribuciones de T. Isutzu e I. Yamaguchi en el volumen publicado por Y. Nitta, Japaniscbe Beitráge zur Phanomenologie, Friburgo/Munich 1984.

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Ahí todo aquello que suele denominarse religión nace de un campo previo a la ética. El recuerdo del hecho irreducible del Mal conduce en Ricoeur a que el planteamiento fenomenológico quede ampliado por una hermenéutica de referencias a símbolos, metáforas y textos. Ello adquiere finalmente formas de la religión, en el escuchar creyen­ te de lenguaje y textos, sin que la diferencia entre un discurso autóno­ mo filosófico y la creencia bíblica quede desdibujada (1990, 35-38). En Levinas, el campo de la experiencia y de la interpretación del sentido no queda propiamente ampliado sino radicalmente abierto. El primer discurso que precede cualquier experiencia o revelación de la religiosas se redacta en un discurso de acusativo que nunca fue nomi­ nativo: me voici. Es el rostro del Otro que me llama a la responsabili­ dad. Este «nacimiento oculto de la religión en el Otro» (Levinas, en Casper, 1918 b, 112) no permite ninguna filosofía de la religión que estuviera desprendida de la ética. Al igual que en la Tora, la ley divina y la ley del prójimo (mitmenschlich) es una y la misma. Por consiguien­ te, hay un abismo entre lo santo como saint ético, con rostro, y lo sagrado, sacre, mítico de dioses sin rostro. No obstante, cabe la pre­ gunta de si con la utilización directa de un lenguaje profético que me convierte en mero intérprete de aquello que pronuncio (ídem, 119), no se salta el espacio del logos, donde saint y sacre, lo santo y lo profa­ no, la existencia creyente y «pre-creyente, es decir no creyente» (Heidegger, GA 9, 63) se delimitan y entran en disputa en el ámbito de sus distintas tradiciones, como si hablara el Otro, aquí y ahora. Algunas ideas de Ricoeur y Levinas son retomadas por un grupo de trabajo, «Sprachgeschehen und Religión» («Lenguaje y religión») que se reúne en París bajo los auspicios de Bernhard Casper e intenta encontrar acceso fenomenológico a la religión a través de fenómenos específicos tales como la formación de ídolos y el nombramiento de Dios. La idea conductora consiste en pensar que cualquier decir corre el peligro de hacer callar mediante imágenes mostrables o nombres hechos el discurso del Otro, y que por otro lado la pluralidad del Uamar-las-cosas-por-su-nombre lleva a que aparezca una pluralidad de locuciones no predicativas.20 Pero el supuesto de un lenguaje de la re20. Los dos volúmenes publicados en 1981 por B. Casper, Pbanomenologie des Idols y Gott nennen, donde participaron, además de Levinas y Ricoeur, también A. Halder, J. Reiter y M.M. Olivetti. Olivctti ha publicado en eí Archivio di Filosofía toda una serie de compendios de conferencias, importantes bajo aspectos filosófico-religiosos, del «Istituto di Castilli» de Roma, y él mismo publicó un estudio crítico acerca de la relación entre religión y sociedad: Analogía del soggetto, Roma/Bari 1992.

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ligión permite igualmente la siempre latente afirmación inversa de que toda habla y toda alegoría son fundamentalmente religiosas, y si fuese así, como filósofo ¿cómo se podría hablar a partir de ese fun­ damento? Jean-Luc Marión (1946), uno de los integrantes de este grupo de trabajo, es además un investigador muy prestigioso de la metafísica y la teología de Descartes, y es quien ha ido más lejos en este sentido. En su distanciamiento en cuanto a la formación de ídolos que se plas­ ma en su escrito Idole et la distance (1977), distingue estrictamente en­ tre el ídolo mítico (st5©Xov) que al igual que en un espejo sólo se deja ver a sí mismo, y un icono religioso (etkcDv) que al igual que el rostro invisible en Levinas hace que lo invisible se haga visible como tal: un «origen sin imagen primitiva» («Ursprung ohne Urbild») bajo cuya mirada nos hallamos (en Casper, 1981a, 126). Interpretando li­ bremente a Levinas, se trata de un Dios sin Ser (Dieu sans l'etre, 1982). En su escrito Reduction et donation (1989), Marión intenta como sea extraer de la fenomenología una inversión de mirada, recurriendo a una última reducción, yendo más allá de la reducción trascendental husserliana a la conciencia de los objetos, y de la reducción ontológicoexistencial de Heidegger al Dasein o el Ser, respectivamente: bajo el lema «tanta reducción, cuanta donación», esta última reducción lo re­ duce todo a una «forma pura de la apelación», a lo dado de la «dona­ ción misma». Por interesante que pueda resultar el intento de una re­ ducción a un supuesto que no parta simplemente de nosotros mismos, es cuestionable el intento de depurar este supuesto de cualquier mate­ rialidad y corporeidad, como si alguien pudiese «de alguna manera» responder a una «respuesta», como si una apelación realizada como pura y sin cualquier distinción no fuese una vez más un Algo, aunque un Algo carente de contenido. Lo que en la terminología de Levinas y de otros fenomenólogos se denomina «excedente», no es comprensi­ ble sin referencia a aquello que como tal se sobrepasa. Por consiguien­ te, nunca nos encontramos con una apelación inequívoca que funda­ mentalmente (im Grunde) nos excusara de cualquier respuesta. Un supuesto sin objeción posible se convierte en dictado. Frente a tal cons­ tricción del margen fenomenológíco, Dominique Janicaud advierte —como ya hemos mencionado anteriormente (véase cap. 7.6)— de un «giro teológico» con miras a Henry, Marión y aun Levinas. Tal con­ versión de la religión de la fenomenología dejaría al mismo tiempo

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también sin soporte la fenomenología de la religión. El hecho de que tales giros se presentan igualmente bajo ropaje secularizado es indicio, sin embargo, de que los fenómenos mismos ejercen una atracción que no puede dirigirse directamente hacia las vías de una teleología centrí­ peta de la razón.

CAPÍTULO 11

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La situación de partida de la fenomenología y del marxismo no podría ser más opuesta. Mientras en Husserl el proceso de la constitu­ ción pasa del ego trascendental a la sociedad, en Marx toda produc­ ción se desarrolló sobre el fundamento de una sociedad, y mientras la conciencia en el primero es lugar puro del sentido, en el segundo no es otra cosa sino el ser consciente del «verdadero proceso de la vida». Si a pesar de ello se produce una controversia entre fenomenología y marxismo, será probablemente porque las perspectivas contrarias se cruzan en un campo en que «mundo de la vida», «proceso de la vida», «praxis de la vida», «existencia corpórea» (leiblicbe Existenz), «presen­ te personificado» {leihhafiige Gegenwart) y «hombre personificado» se rozan y, algunas veces, incluso sintonizan. Sea cual fuere nuestra apre­ ciación del final de esta controversia, la misma ha dejado huellas níti­ das en la fenomenología. La controversia puede adquirir formas distintas, desde un intercam­ bio parcial hasta la fusión total o la separación radical. A los inicios de la fenomenología no íes corresponde ninguna de las formas men­ cionadas. En la obra de Husserl, el nombre de Marx no aparece expre­ samente en ningún lugar. Algo distinto resulta el caso de Scheler que interpreta el marxismo en el sentido de un economismo y deterni­ nismo histórico al que intenta privar de soporte mediante la separa­ ción entre factores históricos ideales y reales, y mediante la alegación de un orden jerárquico suprahistórico. Finalmente, en su carta sobre el humanismo, Heidegger hace la con­ cesión de que el marxismo alcanza en la experiencia de la alienación una «dimensión esencial de la historia», es decir, la historicidad del Ser que permite un «diálogo fructífero» —una posibilidad de la que

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carecen la fenomenología de Husserl y el existencialismo de Sartre (GA 9, 340). Si la fenomenología de la esencia opera por encima del mar­ xismo, una interpretación a partir de la historia del Ser que sitúa al marxismo en la fase final de la metafísica, como forma planetaria del dominio técnico del mundo, opera a sus espaldas. Ahí ya se va acumu­ lando materia inflamable para atizar la controversia, pero ésta tiene lugar en otro sitio.

1. Alemania: la fenomenología de Friburgo y la Escuela de Frankfurt Los primeros escasos planteamientos para una controversia entre fenomenología y marxismo se pueden observar en la Alemania de la República de Weimar, en las relaciones entre la fenomenología de Fri­ burgo y la primera Teoría Crítica. Max Horkheimer y Herbert Marcuse cursan estudios durante algún tiempo en Friburgo. En los años treinta, Horkheimer era uno de los pocos que tomaron conocimiento de la publicación del fragmento de Krisis de Husserl; en su estudio acerca de la teoría tradicional y crítica, Horkheimer reconoce a Hus­ serl como aliado en la lucha contra el positivismo científico (1968, vol. II, 96). Ya anteriormente, Arnold Metzger, alumno de Husserl en Friburgo y amigo de Ernst Bloch, había acertado el sentir de la época en su Fenomenología de la revolución (Phdnomenologie der Revolution) (escrita en 1919, publicada por primera vez en 1979), y Her­ bert Marcuse, con sus «Contribuciones para una fenomenología del materialismo histórico» («Beitrage zu eíner Phanomenologie des historischen Materialismus») (1928, reeditadas en Marcuse/Schmidt 1973), una primera muestra de un marxismo de Heidegger, había estableci­ do una relación entre la historicidad del Dasein y las formas históricas de una praxis material. En su posterior crítica de El hombre unidimen­ sional (Der eindimensionale Mensch) (1964,176), Marcuse se remonta, entre otras cosas, a la Krisis que él comprende como teoría genética del conocimiento «en cuyo foco de atención se halla la estructura histórico-social de la razón científica». Algo parecido se puede escu­ char simultáneamente en Italia, pero en Alemania se trata de voces aisladas. El dialéctico crítico Theodor W. Adorno conocía a Husserl por su tesis doctoral (G. Sch., vol. 1) y percibía claramente el enorme potencial del pensamiento husserliano donde lo general se busca en lo singular (im Einzelnen) y donde éste no se sujeta a aquél (Negative

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Dialektik, 1966, 162); pero, globalmente, predomina una actitud de rechazo, un rechazo de la teoría del conocimiento frente a Husserl en la Metakritik der Erkenntnistheorie (1956, con trabajos previos de los años treinta), un rechazo de la crítica ideológica frente a Heidegger y los heideggerianos en Jargon der Eigentlichkeit (1964). Difícil­ mente esta crítica precipitada permitía prever la materia inflamable antes mencionada. Posteriormente, ésta queda despolemizada en Jürgen Habermas. La fenomenología, al igual que el marxismo, nos faci­ lita elementos para una teoría social anclada en otro terreno, o sea, en supuestos de validez articulados verbalmente.

2. Francia: fenomenología existencial y marxismo humanista El primer escenario de una verdadera controversia lo es Francia don­ de Husserl y Heideggcr, Hegel y Marx van teniendo efecto conjunta­ mente. La simbiosis entre ambas vertientes la preparó Alexandre Kojéve (1902-1968) que en los años treinta en sus lecciones sobre Hegel traduce la fenomenología hegeliana del espíritu en una historia de la humanidad marcada por el trabajo y la lucha. Kojéve desarrolla una antropología donde se fusionan rasgos heideggerianos y marxistas. La simbiosis se ve favorecida por Jean HyppoUte (1907-1968) que como intérprete de Hegel tiende reiteradamente puentes no sólo hacia Marx sino también hacia la fenomenología y la filosofía existencial (Figures de la pensée philosophique, 1971). Sin embargo, el acercamiento entre fenomenología y marxismo es, en primer lugar, obra de Jean-Paul Sartre y Maurice Merleau-Ponty. Ya la obra de Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción (1945), contiene elementos de una filosofía de la praxis social. La disputa acerca de las cosas y los Otros tiene sus raíces en una socialidad vivida cuyas iniciativas anónimas no obedecen ni a imposiciones objetivas ni a pro­ yectos conscientes. La existencia de clases no es ni una situación de clase objetiva ni una conciencia de clase subjetiva. De este modo, reza el preámbulo de la obra mencionada: «Lo que afirma Marx, o sea, que la historia no camina sobre la cabeza, es correcto pero no es menos correcto decir que tampoco piensa con los pies». Este ni-ni, en el esce­ nario político se convierte en la doble resistencia contra un moralismo de principios y valores puros, por un lado, y contra un pragma­ tismo de necesidades objetivas puras, por otro lado. En un primer

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momento, en Humanisme et terreur (1946) y Sens et non-sens (1948), la «lógica de la historia» se halla aún bajo el signo de un «estado privi­ legiado» que cabe esperar «que le confiera sentido al Todo» y que se plasma en el proletariado como la idea eficaz de una «verdadera coe­ xistencia» (1946,120,166, al. 156,198), pero en 1955, en Les aventures de la ctialectique, Merleau-Ponty se despide definitivamente de cual­ quier visión terminante. La historia ahora constituye un campo abier­ to delimitado donde hay sentido pero sin ser el sentido, progresos pero no el progreso; la verdad es una venté afeare. Al igual que el discurso (das Reden), también la actuación (das Handeln) es siempre directa, transmitida a través de estructuras simbólicas. La lección recibida por Merleau-Ponty por los marxistas vuelve a éstos, después de sufrir una transformación fenomenológica. Claude Lefort, encargado del legado de Merleau-Ponty, y Cornelíus Castoriadis han sacado de ahí las co­ rrespondientes lecciones en su filosofía política. Merleau-Ponty final­ mente incorpora también al marxismo en su re-pensar ontológíco, no abandonando la matriz de la historia pero manteniendo alejado cual­ quier tipo de antropo-centrismo (1964, 328, al. 344; prólogo para Sig­ nes, 1960). En lo que a su vez concierne a Jean-Paul Sartre, empieza de modo distinto que Merleau-Ponty; concretamente, con una filoso­ fía existencial aparentemente anárquica, y también termina de modo distinto, es decir, con una antropología marxista que integre al existencialismo como fermento. Sin embargo, la «lógica de la libertad», que desarrolla en su Crítica de la razón dialéctica (1960), adolece del hecho de que la mera transformación de las categorías de la existencia en las de la praxis no cambia nada decisivo en cuanto al punto de par­ tida individualista. Las descripciones de la praxis social no hacen más que evidenciar una lucha desesperada contra la inercia, la superficiali­ dad y la alienación (Trágheit, Áusserlichkeit und Entfremdung) que ella misma se ve condenada a un «fracaso ontológíco». A los intentos de acercamiento por parte de la fenomenología y la filosofía existencial le corresponden algunos intentos dispersos e in­ decisos del otro lado. Un caso particular lo constituye el filósofo viet­ namita Tran Duc Thao que después de un exhaustivo estudio de los textos husserlianos presenta, en 1951, un trabajo acerca de la Phénoménologie et matérialisme dialectique que, no obstante, termina en un simple darle la vuelta a la página: de Husserl a Marx, de la constitu­ ción de la conciencia, en que la realidad se esfuma en impresiones, al «verdadero proceso de la vida» donde surge a través de la transfor-

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mación humana de la naturaleza. Otro marxista, Henri Lefebvre (1905-1991), es el primero en retomar desde la perspectiva marxista uno de los temas preferidos de la fenomenología social, el tema de la cotidianidad. En su Critique de la vie quotidienne, de 1947, que en su patetismo aún refleja el existencialismo de la posguerra contra el cual lucha, la cotidianidad constituye el punto de intersección de las condiciones sociales y las necesidades individuales. La crítica que se basa en el contraste entre la miseria y la riqueza de la vida, entre lo ordinario y lo extraordinario, se orienta todavía en el «hombre total». En su posterior obra La vie quotidienne dans le monde moderne, de 1968, se constata un desencanto: el sujeto ha venido transformándose cada vez más sólidamente en objeto de la organización social. El autor que invoca la «humilde razón de la vida cotidiana», mientras tanto se ha acercado a la fenomenología. Algo parecido sucede en el caso de Jean-T. Desanti (1914), anterior ideólogo máximo del PCF, que en su escrito Phénoménologie et praxis (1963) busca en una praxis compren­ siva, una salida de las aporías de la fenomenología de la conciencia, pero que mientras tanto en su epistemología prevé un lugar también para Husserl y Merleau-Ponty (en Métraux/ "Waldenfels, 1986) y se contenta con rationalités locales. Finalmente, cabe mencionar al grie­ go de nacimiento Kostas Axeíos (1924), integrante del grupo «Arguments» formado en 1956, que en 1961, con su escrito Marx penseur de la, technique se inclina hacia la línea de Heidegger y Eugen Fink; la época planetaria se halla bajo el signo de un juego cósmico heraclitiano {Heraklitisches Weltspiel) que deja detrás de sí la técnica y la polí­ tica en sentido tradicional. Cuando Louis Althusser en 1965 a través de Pour Marx y Lire le Capital batallaba contra el humanismo blando del marxismo y de sus aliados fenomenológicos, en el campo contra­ rio ya desde hace mucho tiempo algo se estaba moviendo. También el libro singular sobre Marx escrito por Michel Henry que con retra­ so se publicó en 1976 y donde Marx y Husserl se unen en una ontología crítica de la vida, no cabe en el esquema sencillo de humanismo y antihumanismo; con todo, la interpretación del materialismo histó­ rico como «teoría trascendental de la historia» al fin y al cabo parece que nuevamente desemboca en una historicidad desmaterializada (entmaterialisierte Gesckichtlichkeit). La reflexión acerca del sentido de lo político que desde entonces ha venido extendiéndose, de cualquier modo sigue otros derroteros, también ahí donde esté aliada con la fe­ nomenología (véase cap. 7.6).

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3, Italia: la crisis de la ciencia y de la sociedad En Italia, otro escenario de la disputa entre fenomenología y mar­ xismo, la situación de partida es diferente. Ahí, el terreno común no lo crea la forma concreta de mezcla de la fenomenología existencial sino la visión de una fenomenología de la renovación vital proclama­ da por Enzo Pací, donde deben participar todas las fuerzas culturales, incluso el marxismo. El texto de referencia central es Krisis, publicado en 1954, que prácticamente no desempeña ningún papel importante en el debate francés, iniciado mucho antes. Con su obra publicada en 1963 Funzione delle scienze e significato dell'uomo, Enzo Paci escribe una es­ pecie de continuación de la Krisis. El libro se publicó en 1972 traduci­ do al inglés y llevó al ítalo-americano Paúl Piccone a publicar la revis­ ta lelos. Ahí la fenomenología y el marxismo convergen en el significado que tiene el hombre y que confiere a las cosas. La inten­ cionalidad de Husserl no se piensa primariamente a partir de la ima­ ginación sino a partir de las necesidades o de la «intencionalidad de las pulsiones» {Triebintentionalitat) como se diría en los últimos ma­ nuscritos de Husserl. Con ello, el «verdadero campo de las decisio­ nes» (Hua, VI, 212) se traslada de la psicología a la economía política, y la crítica de Husserl del objetivismo de las ciencias se alia con la lucha marxista contra la objetivización (Verdinglicbung) de las condi­ ciones humanas y el carácter fetichista {Fetiscbisierung) de las formas institucionales. La Epokhé adquiere rasgos revolucionarios como mo­ tor de la autoliberación del hombre vinculada a sus necesidades genuiñas y que le devuelve su mundo de la vida. El esfuerzo por una sínte­ sis entre fenomenología y marxismo llena las páginas de la revista Aut Aut de los años sesenta y setenta. Al lado de Enzo Paci encontramos a Giuseppe Semerari (1922) que en sus escritos Scienza nuova e ragione (1961) y La lotta per la scienza (1965) recoge la idea de Husserl de una nueva ciencia del mundo de la vida, y también a Pier Aldo Rovatti (1942) que en su escrito Critica e scientificita inMarx (1973) respon­ de al «scientismo» de Althusser mediante una lectura fenomenológica del Capital. No obstante, caben dudas si un comunismo como «collettivitá di uomini concreti», como lo formula Paci en 1963 en Aut Aut, no se aleja excesivamente de la espesura cotidiana y de la dureza de las instituciones.

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4. Europa del Este y Centro-Este: la fenomenología como fuerza opuesta al marxismo real existente Tales dudas se ven incrementadas cuando pisamos el escenario de Europa del Este y Centro-Este donde la fenomenología frecuentemente tuvo que imponerse contra un «marxismo real existente». Ello sucede sobre todo en aquellos países donde la fenomenología tenía una tradi­ ción premarxista, como por ejemplo en la Unión Soviética, donde en 1909 se publicó la primera traducción de las Investigaciones lógicas (Logische Untersuchungen). Ahí sobre todo Gustav Spet (1879-1940), discípulo de Husserl de los tiempos de Gotinga (véase cap. 2.1) cuyos escritos sólo muy recientemente se publicaron en inglés y alemán, y Aleksej Losev (1870-1965) han reflejado en sus trabajos sobre fenome­ nología lingüística y poética las ideas del Husserl de la primera época (Haardt, en Ph.E 21, 1988 y 1992). Spet introdujo las ideas de Hus­ serl en el círculo de lingüistas de Moscú al que pertenecían entre otros Michail Bachtin y Román Jakobson. Las persecuciones estalinistas de las que también Spet fue víctima, interrumpieron esos trabajos, pero desde los años sesenta se ha podido observar un nuevo despertar del interés en la fenomenología (Ionin, en Grathoff/Waldenfels, 1983). Hay una relación especial entre la fenomenología y Checoslova­ quia. En Moravía se encuentra el lugar de nacimiento de Husserl, Bernard Bolzano es uno de sus primeros inspiradores, y desde sus tiem­ pos de estudiante le une una estrecha relación con el filósofo y presidente de Estado, Thomas Masaryk. Cuando en 1935 sus confe­ rencias sobre la Krisis le llevaron a Praga, ahí es recibido por Jan Patocka (1907-1977) que también había estudiado en Friburgo y que mien­ tras tanto es considerado uno de los fenomenólogos más importantes del Este, juntamente con Ingarden. Sus obras seleccionadas que ahora en buena parte existen también en versión alemana, comprenden dos tomos de escritos fenomenológicos. El primer tomo (1990) contiene su tesis doctoral publicada en 1936 en lengua checa, y en 1976 en len­ gua francesa: El mundo natural como problema filosófico (Die natürliche Welt ais philosopbisches Problem). Ahí se desarrolló por primera vez sistemáticamente el motivo del mundo de la vida, incluyendo aspec­ tos lingüísticos en cuya elaboración se hace notar la influencia del círcu­ lo de lingüistas de Praga. Como gran ventaja de esta concepción de orientación práctica se vislumbra ya entonces: el amplío horizonte his­ tórico que va desde las tradiciones nacionales de un Comenius (a cuya

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investigación Patocka ha contribuido decisivamente), pasando por el idealismo alemán, hasta llegar a los griegos. En numerosos ensayos so­ bre la filosofía del arte, de la lengua y de la historia, el autor —en des­ tacada proximidad a Hannah Arendt— procura recuperar el horizon­ te histórico universal que se había abierto en el simultáneo despertar de la humanidad en una vida filosófica y política en Grecia. Aun la eidética husserliana que defiende frente a la crítica de Adorno (Escr. Fen. II, 526 y sigs.), se integra en la dinámica de una razón abierta. Con el tiempo, sin embargo, se incrementa la distancia en cuanto a Husserl y su supuesto trascendental. El mundo como horizonte don­ de todo aparece requiere una «fenomenología asubjetiva» que nos apro­ xima a Heidegger, aunque con provisiones inequívocas. El movimien­ to de la existencia humana (Die Bewegung der menschlichen Existenz), así reza el título del segundo tomo de los escritos fenomenológicos (1991, Prólogo, 17 y sigs.), se interpreta en la temporalidad y la socialidad como triple movimiento vital (dreifacbe Lebensbewegung): como aceptación del anclaje en un mundo tradicional, como controversia lu­ chadora con las cosas en el presente, y finalmente como la reiterada conquista de metas universales de verdad {universale Wahrheitszielé) que encuentran su lugar ya no en el mundo sino en sus confines. La resis­ tencia «herética» frente a todas las doctrinas históricas que resulta de tal perspectiva (1988), convierte a Patocka en persona non grata pri­ mero a los ojos de los nazis, y posteriormente de los comunistas. Muere en 1977, después de una serie de interrogatorios a los que fue someti­ do posteriormente a la publicación de la Carta 1977 redactada por él. Fue también Patocka quien familiarizó con la fenomenología al marxista Karel Kosík (1926) que más tarde igualmente fue víctima de per­ secución. La Dialéctica del concreto (Dialektik des Konkreten) (ch. 1963) representa el intento más significativo de aprovechar para una teoría de la dialéctica abierta y de la praxis histórica la teoría husserliana de la constitución y, con ciertas reservas, la filosofía heideggeriana de la preocupación. Un capítulo importante trata de la vida cotidiana y la alienación de ésta que se explica con la separación entre cotidiani­ dad e historia. También aquí la «cosa misma» es la totalidad del mun­ do a ser revelado históricamente, y del hombre que existe en el mis­ mo. Discípulo de Patocka y Kosík es el sociólogo y experto en Schütz, lija Srubar que ahora vive en Alemania. En Polonia, la fenomenología creó raíces sobre todo gracias a la labor de Román Ingarden (véase cap. 2.3). También llamó la atención

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de marxistas críticos, especialmente de Leszek Kolakowski (1927) que con su renuncia al marxismo omnipotente hizo posible un espacio para otro pensamiento y también para un tipo de fenomenología abier­ ta. Desde luego, Kolakowski ve el supuesto de Husserl como uno de los intentos de salvar en el Cogito una forma laica de la revelación y de salvaguardar, lado a lado con los «sacerdotes» el absoluto, en vez de cuestionarlo al igual que lo cuestionan los «inocentes» (1960, cap, fi­ nal). El posterior ensayo Husserl and the Search for Certitude (1975, al. 1977) adolece, a pesar de toda su agudeza, de una comprensión uni­ lateral de la fenomenología. De la Escuela de Cracovia de Ingarden proviene Josef Tischner (1931) que, como mentor espiritual del movi­ miento Solidarnosc, en la controversia con el marxismo dominante y recogiendo aspectos de Max Scheler, ha venido desarrollando prin­ cipios básicos de una ética del trabajo y de la solidaridad. Tiene peso filosófico especial su obra publicada en lengua alemana en 1989, Das menschliche Drama [El drama humano) que retoma de modo autóno­ mo la ética del Otro de Levinas.21 Al hombre como ser dramático le corresponde el tiempo dramático como entramado de relaciones in­ tersubjetivas, la apertura intencional hacia la Tierra como escenario de lugares humanos, tales como el hogar, el taller, el templo y el ce­ menterio, así como la apertura en el diálogo hacia los supuestos del Otro. Mientras tanto, la fenomenología en Polonia, que tuvo que de­ sarrollarse bajo condiciones políticas difíciles, ha encontrado en las nuevas generaciones una amplia base de trabajo, incluyendo específi­ camente las ciencias sociales (Krasnodebskí, en Grathoff/ Waldenfels, 1983). Y nos encontramos con una situación distinta en Hungría. Ahí hubo impulsos del último Lukács, en el sentido de repensar el mundo de la cotidianidad y el papel del individuo en la sociedad. En el ámbi­ to de la llamada Escuela de Budapest que en los años sesenta encontró una plataforma importante en la revista AutAut> fue sobre todo Mihály Vajda (1935), autor de dos monografías húngaras sobre Husserl, quien provocó el diálogo entre fenomenología y marxismo (AutAut, n. 127; Lukács, Heller et al., 1975). Para concluir este repaso, cabe mencionar Yugoslavia donde la aper­ tura del pensamiento marxista posibilitó igualmente la aceptación de 21. Ya en Ortega y Gassct podemos leer que la definición del Hombre como res cogitans se debe sustituir por la de res dramática {Obras completas, VIII, 52).

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ideas fenomenológicas. En el grupo Praxis, que desde 1964 hasta su prohibición publicó una revista de idéntico nombre que además en­ contró en la Escuela de Verano de Korcula su marco internacional para el diálogo, los impulsos para una «praxis revolucionaria» salieron so­ bre todo de Heidegger (Petrovic, 1969). Ante Pazanin (1930), discípu­ lo de Landgrebe, organizó en los años de 1975 a 1978, en la ciudad de Dubrovnik, conjuntamente con Jan M. Broekman y Bernhard Waldenfels un curso de «Fenomenología y marxismo» con numerosa par­ ticipación del Este y del Oeste, entre ellos Fred R. Dallmayr, Ludwig Landgrebe, John O'Neilí, Paúl Ricoeur, Marek Síemek y Mihály Vajda (Waldenfels et al., 1977-1979). Como reza el prólogo para el primer tomo de Fenomenología y marxismo (Pbánomenologie und Marxismus), no se trataba de encontrar a cualquier precio una síntesis, sino de esta­ blecer un campo de diálogo y de experimentos. Ello incluye también —y es cada vez más obvio—- cargas posteriores comunes. El supuesto de una totalidad de la razón histórica por un lado, y de una teleología de razón y sentido por otro lado, cuya realización se confía a una instan­ cia finita, resulta igualmente cuestionable acá como allá. Si el marxis­ mo fracasó debido a tal supuesto desmesurado, entonces quizá porque experimentó aquello que le fue ahorrado a más de una filosofía, es decir, la desgracia de verse realizada.

CAPÍTULO 12

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Desde que existe, la fenomenología se ve acompañada de figuras en la sombra que se muestran a veces seductoras, a veces amenazado­ ras, que la comprometen, la enriquecen, la retan. Pero tales retos nor­ malmente se mantienen dentro de ciertos límites. Al positivismo, Husserl le podía hacer frente con la fenomenología como «auténtico positivismo». Las nuevas tendencias en ontología, antropología filo­ sófica, filosofía de la existencia o hermenéutica tenían tantas cosas en común con la fenomenología que lo diferente, lo distinto podía ser resuelto medíante adjetivos: como ... fenomenología ontológica, existencial, hermenéutica .... aun la filosofía analítica marca un contraste más bien metódico que de modo alguno tiene que acabar en oposi­ ción aguda. Y en lo que concierne al marxismo, la búsqueda de nue­ vas metas comunes se desarrollaba en un entorno de difícil acceso pero no terminaba en el vacío. Lo mismo no se puede decir en cuanto al desafío planteado por el estructuralismo del que vamos a hablar a con­ tinuación 7 para finalizar esta exposición.

1. El desafío del estructuralismo Fue Paúl Ricoeur quien en Le conflit des interprétations (1969) ha­ bló de un «desafío planteado por la semiología». No obstante, cabe distinguir entre una variante oriental y otra occidental del estructura­ lismo. La variante oriental que llegó al Oeste desde el formalismo ruso a través del estructuralismo de Praga, y que ahí sobre todo se conoció debido a la labor de Román Jakobson, de ninguna manera estaba en oposición frente a la fenomenología de Husserl; todo lo contrario, las

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Investigaciones lógicas (Logische Untersuchungen) formaban parte du­ rante toda una vida de los compendios filosóficos fundamentales de Jakobson (Holenstein, 1976). Este gran investigador lingüístico no vio ningún motivo para sacrificar las intenciones de significación del ora­ dor y del oyente en aras de estructuras lingüísticas formales o, para ír más lejos aún, de un simple «significar distinto» (Andersbedeuten) de los fonemas. Elmar Holenstein, que de muchas maneras se ha dedi­ cado a la relación entre Husserl y Jakobson, incluso llegó a titular su monografía de 1975 El estructuralismo fenomenológico de Román Ja­ kobson. Cabe añadir que en el estructuralismo del Este, a diferencia de F. de Saussure, predominan los procesos de estructuralización fren­ te a los sistemas estructurales existentes. Todo ello lo volvemos a en­ contrar en la teoría lingüística de Karl BÜhíer, pero sobre todo en el investigador lingüístico holandés Henrik J. Pos (1898-1955), quien fue discípulo de Rickert y Husserl, y que contribuyó al número conme­ morativo de Husserl de la Revue internationale de Philosophie, de 1939, con un artículo titulado «Phénoménologie et Unguistique» en que Hus­ serl remonta las construcciones de la lingüística a la experiencia de un sujet parlant y la capacidad lingüística creativa de éste. MerleauPonty tenía conocimiento de todo ello y lo toma en consideración expresamente en su fenomenología del habla. De esta manera, se vie­ ron facilitados considerablemente los contactos con Lévi-Strauss y Lacan. De ninguna manera los fenomenólogos defensores acérrimos del ver y los estructuralistas defensores acérrimos del hablar estaban en­ frentados como enemigos irreconciliables. Hasta aquí se puede hablar, con Elmar Holenstein y en continuación de la serie de variaciones antes mencionada, de una «fenomenología estructural». El estructuralismo sólo se convierte en desafío cuando deja de li­ mitarse a un método formal-científico y tampoco se limita a la aplica­ ción de un modelo general setniológico, y empieza a reclamar para sí supuestos filosóficos (Descombes, 1979, 100 y sigs.). Esto es lo que su­ cede en los años sesenta cuando empiezan a desmoronarse los funda­ mentos mismos de la fenomenología: la pureza del sentido, la concen­ tración en un sujeto, la continuidad de la historia, la integridad de una sola razón (die Ganzheit einer Vernunft) —y el Hombre como alfa y omega de todo este acontecer. Sin embargo, tal como podemos leer en la ponencia programática de Derrida Lesfins de l'bomme, de 1968, no se puede tratar de sustituir el sentido por un sistema, sino más bien antes de «determinar la posibilidad de sentido partiendo de una orga-

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nización «formal» que en sí misma carece de sentido» (1972, 161). Esta reducción del sentido entra en conflicto con la reducción husserliana al sentido, y también con la cuestión heideggeriana acerca del sentido de cualquier Ser. Se convierte en pura antifenomenología cuando las estructuras tienen la última palabra. Es interesante constatar que Claude Lévi-Strauss, Jacques Lacan, Roland Barthes, Louis Althusser, Gilíes Deleuze y Michel Foucault —los bastante variopintos protagonistas de este nuevo pensamiento— rechazan casi unánimemente el rótulo de un estructuralismo, y se puede mostrar que esta antifenomenolo­ gía, tanto en lo concerniente a sus condiciones como en cuanto a su evolución, debe comprenderse como transformación de la fenomeno­ logía (Waldenfels, 1983, cap. VII). N o obstante, ahí donde degenera en antifenomenología pura —como sucede en parte— surge la amena­ za de un «totalitarismo estructuralista» del que Derrida advirtió a tiem­ po (L'écriture et la dijférence, 1967, 88).

2. Las desconstrucciones de Jacques Derrida y las lindes de la fenomenología U n desafío sólo se convierte en realmente provocativo cuando al desafío externo le corresponde otro interno. El susodicho estructura­ lismo que como moda desde hace mucho tiempo dejó de tener in­ fluencia, sigue siendo desafío siempre y cuando las m u y habladas es­ tructuras constituyan síntomas de una otredad y de una extrañeza que se anuncian en lo propio y lo familiar y que no pueden ser abarcadas mediante ninguna ampliación de la razón. Para una fenomenología que no se autoabandona sencillamente a sí misma, tal desafío sólo puede partir de las extrañeces {Befremdlichkeiten) de las «cosas mismas». De hecho, mucho de lo que hemos encontrado en el Merleau-Ponty de los últimos años, así como en Levinas, y que de un modo distinto se puede comprobar en Blanchot, Lacan o Foucault, apunta en tal di­ rección. Sin embargo, el mérito le corresponde a Jacques Derrida (1930) quien al revisar los textos clásicos de la tradición, inclusive la tradi­ ción fenomenológica de Husserl y Heidegger hasta Levínas, ha detec­ tado los ganchos de la otredad. Esta labor de doble filo de la «descons­ trucción» se puede caracterizar —parafraseando el título de uno de sus libros— como fenomenología marginal (y hermenéutica marginal),

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siempre y cuando uno esté dispuesto a incluir ios lindes en el tema y en el texto. En el contexto que aquí nos ocupa, tienen relevancia particular dos de los primeros textos: el extenso comentario publica­ do en 1962 sobre «Del origen de la geometría» («Vom Ursprung der Geometrie») de Husserl (Suplemento III de la Crisis), publicado en alemán con el título Husserls Weg Ín die Geschichte am Leitfaden der Geometrie, así como La voix et le phénomene, de 1967. Hay que aña­ dir el escrito redactado ya en 1953/1954 y publicado en 1990 bajo el título Leprobleme de la genese dans laphénoménologie de Husserl, Cons­ tituye testimonio de que la lectura «desconstructiva» de Derrida no se ahorró de ninguna manera la lectura de los «textos mismos», aun­ que —como reza el prólogo posterior— se haya infiltrado en esta pri­ mera lectura una «complicación primitiva del origen, una contamina­ ción inicial de lo sencillo, una desviación inaugural», al igual que un virus que despierta los anticuerpos. Derrida no corrige el planteamiento trascendental de Husserl, concretándolo y corporeizando la concien­ cia trascendental, más bien lleva el motivo trascendental hasta sus úl­ timas consecuencias, sobrepasándose de este modo a sí mismo. El es­ crito que según Husserl convierte el sentido en repetible y accesible generalmente, al mismo tiempo lo entrega a la ofuscación y al olvido, y la voz, la «guardiana del presente» a través de la cual el presente vivo se dice diciendo ella algo, ya es desde siempre eco y huella de un Otro (Nachklang und Spur eines Anderen). La ausencia en la presencia, este retardo temporal y este desfase temporal que Derrida llama différance, tiene como consecuencia que aquello que se muestra al mismo tiem­ po no se muestra. Una de las ventajas de esta intensa lectura de Hus­ serl consiste en devolvernos de otra manera a los textos de Husserl.22 Ahí, Derrida da con posibilidades e imposibilidades de la fenome­ nología cuyos vestigios hemos podido encontrar también en otras par­ tes. No se trata de la sustitución de los fenómenos por algo distinto, por expresiones verbales, regulaciones estructurales o ficciones, sino se trata de desplazamientos dentro de la fenomenalidad de los fenó­ menos mismos, de un mestizaje (Durchsetzung) de lo visible con lo invisible e inconcebible, de posibilidades permanentes de un ver dis­ tinto cuya otredad (Andersheit) no puede ser recuperada eidética, tras­ cendental o hermenéuticamente. Esta fenomenología de lo Otro y de lo Ajeno tendría que ocuparse de fenómenos cuyas sombras recaen sobre su propio logos. Pero sigue planteándose la pregunta de dónde

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proviene el desasosiego que emana de aquello que se nos escapa. Este desasosiego ya no sólo está relacionado con ver y no ver, ni tampoco sólo con el decible y el indecible, sino con desafíos y exigencias que salvaguardamos dándoles respuesta, aunque esta respuesta sea un «mi­ rar, escuchar respondiendo» (antwortendes Hinsehen, Hinhóren) (Hua, XV, 462).

22. Estas posibilidades las aprovecha Rudolf Bernet, sobre todo partiendo de la pro­ blemática del tiempo; véanse sus artículos en: Ph.E 14 (1983), 18 (1986), su introduc­ ción a una edición científica de los textos husserlianos acerca del tiempo (Meiner 1985), así como su prólogo para la edición alemana del escrito introductorio de Derrida: Husserls Weg in die Geschichte... (1986). En contraposición, Claude Evans, en una contra­ lectura de textos de Husserl, acusa a Derrida de un constante misreading (J. Claude Evans, Strategies ofDeconstruction. Derrida and the Myth ofthe Voice, Minneapolis/Oxford, University of Minnesota Press, 1991). Esta contralectura puede aceptarse como reacción unilateral frente a un «desconstructivismo» excesivamente presente en algu­ nos lugares, especialmente en Estados Unidos, y que se preocupa de forma totalmente insuficiente por los planteamientos y los requerimientos de los textos a ser destruidos, con lo cual está condenado a acabar en un simple juego de textos, lo cual no está a la altura de la labor peculiar de Derrida al tratar el texto.

BIBLIOGRAFÍA

La siguiente recopilación bibliográfica que se limita a textos emi­ nentemente fenomenológicos o de importancia para la fenomenolo­ gía, representando al mismo tiempo sólo una selección de los mismos, obedece criterios pragmáticos en cuanto a su utilidad. Se inicia con una primera sección de textos globales y generales (A) y de volúmenes de conferencias internacionales (B); a continuación, un listado de dis­ tintas temáticas específicas (C) que corresponde a la organización del libro por capítulos. En la mayor parte de los casos, las referencias ge­ nerales preceden las referencias específicas. La literatura considerada secundaria se menciona conjuntamente con los textos primarios, mar­ cándola mediante incisión. Las referencias y menciones múltiples no siempre evitables tienen que ver con el hecho de que tanto autores como obras frecuentemente aparecen en distintos apartados. En caso de duda, se da preferencia a aquellos apartados donde las correspon­ dientes contribuciones tienen mayor peso. La sección D ofrece indi­ caciones adicionales referentes a algunas revistas y colecciones represen­ tativas, mientras que en la sección E se intenta presentar otros horizontes internacionales e interculturales. Abreviaciones utilizadas frecuentemente: Hua: Ph.: Ph.E:

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{ref. a caps. 1-6)

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Studies in Pbenomenology and Existential Philosopby, edición a cargo de J. M. Edie, Bloomington/Londres o Indianápolís, Indiana University Press. Übergdnge, Texte uns Studien zu Handlung, Sprache und Lebenswelt, edición a cargo de R. Grathoff y B. Waldenfels, Munich, W. Fink. E. Horizontes internacionales e interculturales Con el fin de completar la detallada introducción que en buena parte se limita a las áreas de habla alemana, holandesa-flamenca, fran­ cesa, italiana, anglosajona y a grandes rasgos de Europa del (Centro-) Este, quisiéramos hacer mención de algunos documentos donde se vis­ lumbran otros horizontes internacionales e interculturales: horizon­ tes de un presente y de expectativas a los que cualquier interesado de Europa central sólo tiene acceso de forma muy limitada. El. Documentos generales Grathoff, R./Waldenfels, B., Sozialitdt und Intersubjektivitat (Übergange l), Munich, 1993. [Contiene informes de investigación sociofenomenológica no sólo de Estados Unidos y de Holanda, sino tam­ bién de Escandinavia, Polonia, la ex URSS y Japón.] Held, K./NÍtta, Y., Interkulturalitdt zwischen Ost und West. Phanomenologische Beitrdge, Francfort del Meno, 1993. [Tematización y activación de la interculturalidad, con la participación de fenomenólogos de Extremo Oriente que, algunos de ellos, trabajan en Oc­ cidente y que asumen funciones de puente entre culturas.] Malí, R. A./Hülsmann, H., Drei Geburtsorte der Philosophie: China, Indien, Europa, Boon, 1989. Spiegelberg, H., The Phenomenological Movement (véase bibliografía A), parte cuarta: The Geography of the Phenomenological Mo­ vement. E2. Áreas específicas Escandinavia Bengtsson, J., «Phanomenologísche Sozialwissenschaft in den nordischen Landern», en Grathoff, R./Waldenfels, B., Sozialitdt und In­ tersubjektivitat, Munich, 1983.

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—, Den Fenomenologiska rórelsen i Sverige. Mottagande och inflytande 1900-1968 (Die phánomenologische Bewegung in Schweden. Rezeptíon und Einílup 1900-1968), Goteborg, Daidalos, 1991. España e Iberoamérica Para una orientación general: Arias, J. A./Gómez Romero, I., «Materiales para una historia de la fenomenología en España», en Fragua, ns. 23-24, Madrid, 1983, págs. 14-39. Lerin Riera, J., «Apuntes sobre la recepción de la fenomenología en España», en Isegoría, n. 5, Madrid, 1992, págs. 142-160. [Esta presentación de la recepción trata en primer lugar los inicios de la fenomenología española en Ortega y Gasset, y en la «Escuela de Madrid» (M. García Morente, J. Gaos y, a cierta distancia, X. Zubiri). Después de una fase de latencia durante la cual la fenomenología —no en último término debido a la ola de emigración por razones políticas— encontró patria en países iberoamericanos, se produce en los años ochenta una revitalizacion de la fenomenología en España que ha encontrado expresión en la refundación, en 1989, de una «So­ ciedad Española de Fenomenología». Acerca de las actividades de la Sociedad informa u n «Boletín» editado por J. San Martín en la «Uni­ versidad Nacional de Educación a Distancia».] —, Escritos de Filosofía (Buenos Aires), año VIII (1985), n. 15-16: Feno­ menología I. [Contribuciones de fenomenólogos iberoamericanos.] Selección bibliográfica: Arce, J. L., Hombre, conocimiento y sociedad, Barcelona, 1988. Gómez Heras, J. M. G., El apriori del Mundo de la vida. Fundamentaciónfenomenológica de una ética de la ciencia y de la técnica, Barce­ lona, 1989. Gómez Romero, I-, Husserl y la crisis de la razón, Madrid, 1986. Millán Puelles, A., La estructura de la subjetividad, Madrid, 1967. Montero Moliner, E, Retorno a la fenomenología, Barcelona, 1987.

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Moreno Márquez, O , La intención comunicativa, Sevilla, 1989. Rabade, S., Estructura del conocer humano, Madrid 1969, 31985. San Martin, J., Estructura del método fenomenológico, Madrid, 1986. —, La fenomenología de Husserl como utopía de la razón, Barcelona, 1987. —, «Ortega y Husserl: a vueltas con una relación polémica», en Revis­ ta de Occidente, n. 132 (1992), págs. 107-127. Xirau, J., Lafilosofíade Husserl, Buenos Aires, 1941,21966. [Introduc­ ción a la fenomenología que ha ejercido una gran influencia.] Zubiri, X., Naturaleza, Historia, Dios, Madrid, 1941, 51963. —, Sobre la esencia, Madrid, 1962. —-, Inteligencia semiente, Madrid, 1981. —, Inteligencia y logos, Madrid, 1982. —, Inteligencia y razón, Madrid, 1983. [Zubiri fue discípulo de Heidegger en Friburgo; desarrolló una filosofía autónoma con características claramente fenómenológicas.] La India, el Japón, Corea Para una orientación general, véase Mohanty, 1972; Nitta/Tatematsu, 1979. Buchner, H. (edición a cargo de), Japan und Heidegger, Sigmaringen, 1989. Cho, K. K.f Bewufitsein und Natursein. Phdnomenologischer West-OstDiwan, Friburgo/Munich, 1987. Heidegger, M., «Aus einem Gesprách von der Sprache», en Unterwegs zur Sprache, Pfullingen, 1959. Kída, G./Noé, K./Murata, J./Washida, K. (edición a cargo de), Lexikon der Phanomenologie, Tokio, 1994. Kojima, H. (edición a cargo de), Phanomenologie der Praxis im Dialog zwischen Japan und dem Westen, Wurzburgo, 1989. Mohanty, J. N., «Phenomenology and Existentialism: Encounter with Indian Philosophy», en International Philosophical Quarterly 12 (1972), págs. 484-511. Nitta, Y./Tatematsu, H. (edición a cargo de), Japanese Phenomenology (Anal. Huss. VIH), Dordrecht, 1979 (Bibliografía). Nitta, Y. (edición a cargo de), Japanische Phanomenologie, Fribur­ go/Munich, 1984.

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Weinmayr, E., Entstellung. Die Metaphysik im Denken M. Heideggers, Munich, 1991. [En el cap. 4 se trata de la relación de Heidegger con el pensamiento y el lenguaje japoneses y del Extremo Oriente, respectivamente, mencionándose textos al respecto.]

ÍNDICE DE NOMBRES

Abbagnano, N., 86 Adorno, Th. W., 136, 142 Agustín, san, 28 Alain, 63 Althusser, L., 140, 146 Amselek, R, 112 Ancheschi, L., 127 Ansermet, E., 126 Apel, K.-O., 55 Arendt, H., 45, 83, 90, 117, 142 Aristóteles, 18, 57, 121 Arnheim, R., 52 Aron, R., 67 Aubenque, R, 82 Austin, J.L., 81, 89 Avé-Lallemant, E., 26 Avenarius, R., 17, 43 Axelos, K-, 139 Bachelard, G., 119, 125 Bachelard, S., 66, 120 Bachtin, M., 141 Ballauf, Th., 116 Banfi, A., 51, 85-86, 127 Barthes, R., 126, 147 Beaufret, J., 66, 82

Becker, O., 50-51, 118-119, 123, 125 Beekman, T., 116 Bello, A., 88, 129 Berger, G., 66 Berger, P.L., 92, 114 Bergson, H., 28, 63-64, 69, 91, 103, 104 Bernet, R., 18, 53, 149 Biemel, M., 53 Biemel, W., 53, 123 Bínswanger, L., 104-109 Birault, H., 81 Blanchot, M., 126, 147 Blankenburg, W., 104-107 Bleuler, E., 104 Bloch, E., 136 Blumenberg, H., 47, 55 Bobbío, N., 112 Boehm, G., 123 Boehm, R., 53 Boer, Th. de, 53 Boltzmann, L., 15 Bolzano, B., 16, 141 Bollnow, O.E, 106 Boss, M., 106, 109

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Brague, R., 81 Brand, G., 55 Brentano, E, 16, 29, 32, 58, 90, 98-99, 103, 110, 121, 122 Broekmann, J.M., 112, 144 Brouwer, L.E.J., 118 Brunschvicg, L., 63 Buber, M., 38, 77 Bühler, K., 52, 100, 121, 146 Butor, M., 93 Buytendijk, F.J.J., 53, 101, 106, 115 Cairns, D., 90 Camus, A., 36 Canguílhem, G., 108 Carr, D., 95 Casey, E.S., 94 Casper, B., 132-133 Castoriadis, C , 83, 111, 138 Cavaíliés, J., 66, 92, 119 Celibidache, S., 127 Celms, T., 51 Cézanne, P., 124 Cho, K.K., 94 Cicourel, A., 114 Coenen, H., 115 Comenius, J.A., 116, 141 Conrad-Martíus, H., 26-27 Courtine, J.-E, 78, 81 Dallmayr, E, 115, 144 Dastur, E, 81 Daubert, J., 26 Deleuze, G., 147 Derrida, J., 13,20,53, 66,77, 83, 87, 111, 146-149 Descartes, R., 69, 75 Descombes, Y, 146

Dewey, J., 91 Dilthey, W., 21, 28, 31, 49, 54, 128 Dostoievskí, F., 61 Dreyfus, H., 95, 102 Dufrenne, M., 78, 124 Duméry, H., 66, 131 Dummett, M., 89 Durkheim, É., 114-115 Edie, J., 94 Eley, L., 55 Eliade, M., 128 Elias, N., 52 Eucken, R., 28, 43 Evans, C., 149 Ey, H.? 104, 109-110 Farber, M., 51, 90, 94, 118 Fédida, P, 107, 109 Fellmann, E, 43, 122 Fichte, J.G., 15, 82 Fink, E., 49-50, 53-54, 108, 139 Fischer, M., 127 F0Üesdal, D , 19, 94 Formaggio, D., 127 Foucault, M., 45, 59,74,78,98, 108, 111, 147 Franck, D., 78, 81 Frege,G.,16,19,54,89,94, 117 Freud, S., 16, 28, 64, 79, 103, 109-110, 116 Funke, G., 55 Gadamer, H.-G., 14, 51, 55, 61 Galílei, Galileo, 45-46 Garfinkel, H., 114 Garin, E., 86 Gebsattel, V.E. von, 106

Í N D I C E DE NOMBRES

Gehlen, A., 31, 114 Geiger, M., 25, 27, 52, 92, 122 Gelb, A., 92, 105 Gethmann, C.F., 55, 117

Gíbson, J.J., 102 Giorgi, A., 101 Goffman, E., 102, 114 Goldstein, K., 52, 92, 105, 107-108, 109 Goyard-Fabre, S., 112 Granel, G-, 81 Grathoff, R., 52, 55,90-92, 114115 Graumann, C.-E, 99, 101 Gurvitch, G., 64 Gurwitsch, A., 44, 51, 64, 67, 90,93,98,99,101,105,113, 116, 118 Haar, M., 62, 81 H a b e r m a s J . , 31, 55, 115, 137 Halder, A., 56, 132 Hartmann, E. von, 15 Hartmann, N . , 14, 31 Hegel, G.W.E, 15, 50, 65, 68, 110411, 137 Heidegger, M., 11,13,17,18-22, 25, 27, 32, 37, 41, 44, 45, 4954, 57, 62, 64, 66-67, 73-77, 80, 84, 87, 89,94, 97-98,102, 106, 116, 118-120, 122, 129133, 135-137, 139, 142-144, 147 Held, K., 56 Heller, A., 143 Henckmann, W., 122 Henry, M , 83-84, 111, 131, 139 Hering, J., 25, 74, 131 Herzog, M., 99

187

Hesnard, A., 104, 109 Hilbert, D., 117-119 Hildebrand, D. von, 26, 31 Hintikka, M.B., 94 Hólderlin, E , 129 Holenstein, E., 56, 146 Horkheimer, M., 136 Husserl, E., 11, 13, 15-24,25-33, 35-47, 49-54, 57-61, 64-68, 70, 72-81, 84, 85-94, 97-104,106108, 110-113, 116423, 126, 128, 129, 130, 135-137, 138149 Husserl, G., 111 Hyppolite, J., 82, 137 Ihde, D., 80, 95, 127 Ijsseling, S., 53 Imdahl, H . , 123 Ingarden, R., 26-27, 32-33, 51, 123, 127, 141-142 Iser, W-, 123 Isutzu, X , 131 Jakobson, R., 72,107, 121, 141, 145 James, W., 91, 99 Janicaud, D., 81, 84, 133 Janssen, P., 12 Jaspers, K., 67, 78, 103 Jauss, H.R., 123 Joñas, H., 52, 90 Joyce, J., 37 Kalinowski, G., 112 Kandinsky, W., 83 Kant, L, 15, 1 8 , 2 3 , 2 9 , 31, 60, 82, 85, 100, 121 Katz, D., 52, 99

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Kaufmann, Félix, 51, 111 Kaufmann, Fritz, 123 Kelsen, H., 111 Keller, W., 100 Kern, I , 21 Kersten, E, 93 Kierkegaard, S., 61, 65, 129 Kimura, B., 106 Kirchhoff, G.R., 15 Kisiel, Th. J., 118 Kisker, K.P., 104, 106 Kiwitz, R, 115 Kockelmans, J.J., 60, 94, 118 Koffka, K., 52, 99-102 Kohler, W., 52, 93, 99 Kojéve, A., 64, 68, 137 Kolakowski, L., 143 Kosík, K., 142 Koyré, A., 25, 64, 118 Kracauer, S., 52, 112 Krasnodebski, 2., 143 Kruse, L., 102 Kuhn, H., 52, 54 Kuhn, R., 106 Kuhn, Th. S., 45 Kuki, S., 51, 130 Kunz, H., 100 Kwant, R., 53

Lanteri-Laura, G., 103 Lask, E., 58 Lautmann, A., 119 Lefebvre, H., 139 Lefort, C , 72, 83, 138 Leibniz, G. W., 117 Lévi-Strauss, C., 72, 146 Levinas, E., 19, 22, 51, 53, 66, 67, 69, 74-78, 83, 87, 105, 131-133, 143, 147 Lévy-Bruhi, L., 41 Lewin, K., 99, 102 Liebsch, B., 120 Lingis, A., 94-95 Linschoten, J., 99, 101 Lippitz, W., 116 Lipps, H., 25 Lipps, Th., 26, 99, 122 Loch, W., 116 Losev, A., 141 Lotze, H., 15, 16 Lowith, K., 51, 90 Lübbe, H., 17, 55 Luckmann, Th., 55, 91, 114 Luhmann, N., 55, 115 Lukács, G., 143 Lutero, M., 61 Lyotard, J.-F., 74, 83, 125

Lacan, J., 39, 53, 72, 74, 93,110, 146, 147 Ladriére, J., 120 Lagache, D., 104, 109 Laing, R.D., 108 Lamben, J.H., 15 Landgrebe, L., 46, 49, 53-55, 115-116, 144 Landsberg, P.L., 31, 52 Langeveld, M.J., 101, 115

Mach, K, 15, 17 Maíne de Biran, H., 84 Maldiney, H., 107 Mannheim, K., 31 Marcel, G., 63, 65, 78 Marcuse, H., 135 Marión, J.-L., 82, 84, 133 Martineau, E., 82 . Marty, A., 121 Marx, K., 83, 135-139

Í N D I C E DE NOMBRES

Marx, W., 54, 56, 90 Masaryk, Th., 141 Mattéi, J.-E, 82 Matthiesen, U., 115 Mays, W., 89 Mead, G.H., 91 Meinong, A., 16, 99 Meíster Eckhart, 131 Merleau-Ponty, M., 11, 13, 19, 27, 36, 38, 45, 50, 53, 63, 65-74, 76, 77, 81-83, 87, 89, 93-94, 98-101, 105-106, 109110, 114-116, 120, 121, 124126,131,137-139,146,147 Métraux, A., 92, 101, 115 Metzger, A., 136 Meyer-Drawe, K., 116 Michotte, A., 53, 100 Mickunas, A., 94 Mili, J. St., 21 Minkowski, E., 64, 104, 107-109 Mohanty, J.N., 19,94, 117 Mukarovsky, J., 122 Mulligan, K., 90 Musíl, R-, 17, 20, 51 Natanson, M., 92, 113 Natorp, R, 21, 85 Nietzsche, E, 28, 61, 65, 95, 97 Nishida, K., 130 Nina, Y., 131 O'Neill, J., 115, 144 Olivetti, M.M., 132 Ortega y Gasset, J., 31-32, 51, 143 Orth, E.W., 55 Otto, R., 29, 128

189

Paci, E., 13, 86-87,98,127,140 Parret, H., 121 Pascal, B., 29 Patocka, J., 33, 44, 51, 83, 116, 141, 142 Pazanin, A., 144 Peperzak, A., 53 Petit, J.-L-, 81 Pfánder, A., 26, 94 Pfeiffer, G., 74 Piaget, J., 67, 70, 116, 120 Picconc, P , 140 Piguet, J.-R, 126 Pirón, H., 103 Planty-Bonjour, G., 82 Platón, 57, 77, 85, 120 Plessner, H., 14, 26, 31, 52, 54, 101 Plügge, H., 106 Poggcler, O., 50, 56, 57 Poíin, R., 66 PoKtzer, G., 100, 109 Pos, H J . de, 53, 121, 146 Poulet, G., 126 Preti, G., 86 Príni, R, 86 Proust, M., 72 Psathas, G., 114 Quine, W.O., 94 Reínach, A., 25-27, 111, 130 Reiner, J., 31 Reíter, J., 132 Richard, J,R, 125-126 Richardson, WJ., 57 Richir, M., 53, 74, 81-83 Rickert, H., 58, 146 Ricoeur, R, 11-12, 13, 22, 26, 60,

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64-66,78-81,82,98,110,116, 128, 131-132, 144, 145 Rogers, C.R., 101 Rombach, H., 54 Rosenzweig, F., 75 Rousset, J., 126 Rovatti, P.A., 87, 140 Rubín, E., 99 Rümke, H.C., 106 Rurapf, H., 116 Russell, B., 117 Ryle, G., 89 Sallís, J.? 94 Sartre, J.-R, 13,19, 64-66, 66-69, 69-71, 77, 92, 93, 103, 108, 109,124,125,131,136,137138 Saussure, E de, 72, 146 Schaller, K., 116 Schapp, W., 26 Scheler, M., 23, 25-26, 27-32, 43-44, 51, 54, 59, 64, 67, 9192, 98, 101, 103, 104, 111, 112, 124, 128-131,135,143 Schelling, EWJ., 28, 82, 124 Schestow, L., 64 Schilder, Pl, 108 Schmitz, H., 54 Schrag, C , 92 Scrmhmann, K., 51, 53, 94 Schütz, A., 13, 17, 44, 51, 90-93, 99,105,107,111,113-115,126 Schütze, E, 115 Searle, J., 19 Seebohm, Th., 55, 94 Seewald, R., 116 Semerari, G., 140 Siemek, M., 144

Símmel, G., 87, 112 Simons, R, 90 Smith, B., 90 Sokolowski, R., 94 Sommer, M., 17 Spet, G., 26, 141 Spiegelberg, H., 12, 51, 89, 94, 101, 102, 103 Spinoza, B., 124 Srubar, I,, 92, 142 Starobinski, J., 126 Stavenhagen, K., 130 Stein, E., 49, 52, 112 Strasser, S., 53, 76, 101 Straus, E., 52, 105 Strauss, A., 114 Stroker, E„ 12, 23, 54, 55, 118 Stumpf, C , 16, 92, 99, 126 Szilazi, W., 51, 118 Takeuchi, Y., 160 Tamininaux, J., 53, 58, 62, 81, 83 Tanabe, H., 51, 130 Tellenbach, H„ 106 Theunissen, M., 55, 113 Thinés, G., 53, 100-101 Tiffeneau, D., 81 Tischner, J., 52, 143 Tonnies, F., 112 Tran Duc Thao, 138 Tsujimura, K., 130 Tugendhat, E., 55 Turner, R., 114 Twardowski, K., 32 Tyminiecka, A.-T., 94 Uslar, D. von, 100 Utítz, E., 122

Í N D I C E DE NOMBRES

Vajda, M., 143 Valéry, R, 72 Van Breda, H.L., 53 Van den Berg, J.H., 101, 106 Van der Leeuw, G., 53, 128 Vanni Rovíghi, S., 86, 88 Vattimo, G., 87 Vedóte, A., 53, 110 Vierkant, A., 112

|

Waelhens, A. de, 53, 71,74, 110 Wahi, J., 64 Waidenfels, B., 18, 43, 47, 55, 56, 97, 99, 102, 113, 115, 124, 143, 144 Walther, G., 112

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Weber, M., 28, 44, 91 Weizsácker, V. von, 101,104,106 Welsch, W., 122 Welton, D., 94 Wertheimer, M., 52, 92, 99 Weyl, H., 118 Whitehead, A.N., 86-87 Wild, J., 94 Winnicott, D.W., 116 Wktgenstein, L., 19, 42, 44, 89 Wyss, D., 106 Yamaguchí, I., 131 Zaner, R., 93 Zecchi, S., 12, 127

De Husserl a Derrida Bernhard Waldenfels

Las nociones que analiza este libro no sólo han sido compañeras inseparables del siglo XX desde sus inicios, sino que además se cuentan, actualmente, entre los más importantes paradigmas de la filosofía universal. Por una parte, pues, los grandes pensadores de la feno­ menología, como Husserl, Scheler, Heidegger, Sartre, Merleau-Ponty, Levinas,'Ricoeur, Schütz, Gurwitsch, Ingarden, Patocka y Paci. Por otra, el propio trabajo fenomenológico, que ha conducido a un vivo intercambio con las ciencias: desde las ciencias humanas y sociales hasta las ciencias del lenguaje, el arte y la religión, pasando por la lógica y la matemática. Y, finalmente, la polémica con corrientes de pensamiento contemporáneas como el marxismo, la filosofía analítica, el estructuralismo y el desconstruccionismo, cuyo máximo representante podría ser Derrida. De uno a otro extremo, una obra fundamental, un libro que se atiene escrupulosamente a su método incluso en la estrategia adoptada para su exposición: dejar que el objeto de estudio hable por sí mismo. Bernhard Waldenfels (1934) es profesor de Filosofía en la Ruhr-Universitát Bochum. Estudió con Merleau-Ponty y Ricoeur en París, y hoy en día está considerado como uno de los más importantes representantes de la filosofía fenomenológica. Ha publicado, entre otros libros, In den Netzen der Lebenswelt (1985), Der Stachel des Fremden (1990) y Antwortregister (1994).

33816' UNIVERSIDAD D!.~ B I B . No. r

ISBN 84-493-0347-8 31116

9 788449"303470

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